Óscar Baños Huerta*

Los momentos, como los recuerdos, no se cuantifican, viven dentro de nosotros en un espacio intemporal, un lugar en el que las leyes que gobiernan son tan flexibles como las urgencias de la memoria. Los acontecimientos son circulares, se repiten sin interrupción hasta que algo rompe el equilibrio, los hijos de la Sierra miden el tiempo en espirales, el ciclo de la cosecha, el de la vida y la muerte, incluso el de los grandes acontecimientos, la realidad es cíclica, pero no por ello algunas acciones pierden su piel de impredecibles, de sorprendentes.

Mario anduvo sin sobresaltos durante algún tiempo, aquella mujer que lo acechara en el pasado, le prodigaba reposo al cuerpo y al alma, vivían para cazarse uno al otro, para perderse en los confines de sus carnes, para entenderse; como tigra ella era cautelosa, mantenía a los curiosos a distancia, él volaba pleno, surcaba el viento cabalgándolo, deslizándose. Hasta esa mañana cuando los presagios se negaron a aparecer.

La encontró tendida a los pies del manantial en el que se surtían de agua, a la sombra de los árboles con el rostro tranquilo, pues quien muere sin saber la razón no tiene oportunidad de luchar ni de arrepentirse. Buscó con calma aunque con dolor la causa de aquel acto; sus sentidos le contaron lo ocurrido, fue un animal de sangre caliente, un asesino más fuerte que el tigrillo, mas furtivo, una sola herida en el cráneo le abrió los ojos a la verdad, él llegó como parte de una realidad que se negaba a aceptar, llegó a quitarle la paz, a retarlo, marcó su casa con orines, marco su vida con desgracia para que no lo olvidara, para que lo tuviera presente. El jaguar estaba aquí.

Los acontecimientos se sucedieron uno a uno con tal fluidez que parecían cosa natural, primero su padre Paulino derribado de un solo salto en los cafetales, después la vieja Amanda del mismo modo mientras recolectaba plantas medicinales, apenas tuvo tiempo de lanzar un alarido dentro de su mente advirtiéndole, un alarido tan corporal que le provocó un dolor en el abdomen; los hombres y mujeres nagual se reunieron en el monte, trataron de entender qué pasaba, de detenerlo, pero era inútil, no podían ni con ayuda de su alma animal, se escondieron entonces ayudados por sus conocimientos del mundo agreste, se ocultaron esperando no ser los siguientes, no todos lo fueron, pero el príncipe arrogante se llevó a algunos.

Mario encontró una a una a las víctimas de la bestia, pues las dejaba para que las hallara sin problema, todas mostraban las mismas características, un solo ataque, certero, mortal. Todas abandonaron este plano incompletas, pues el felino de sombras no solo asesinó su carne, también masticó sus espíritus, dejó huecos por donde se fugaba la luz vital, la que debió guiarlas por el camino de lo desconocido, quedarían perdidas para siempre, sobresaltando a los animales desprevenidos. Ciegas, buscarían cuerpos para sosegar su orfandad, les robarían el sueño a los vivos, se vestirían de pesadillas.

Después de enterrar a sus muertos y de entregarle a los otros al monte, su mirada de brasa apuntaba únicamente a un momento, la llegada del crepúsculo, con sus ecos y sus secretos.

No conoció el temor hasta entonces, la bestia que buscaba no era como las que se camuflan entre la enramada, muy adentro, donde todavía pueden encontrarse aquellos animales; este era especial y lo buscaba a él, llamaba su atención dejando rastros para que lo siguiera, era una trampa, pero no tenía opción. Deseó contar con la sabiduría de Amanda, seguro ella podría guiarlo hasta la guarida de su enemigo, la oscuridad no sería tan larga y él no estaría solo. Poco aprendió de los modos del nagual, del alma animal, pues los mismos de su clase lo segregaron, la mujer tigrilla no pudo ayudarle tampoco, estaba exiliada como él, y la vieja Amanda fungía solo como puente para ese reino desconocido para la mayoría de mortales, ella no era mujer nagual.

No volvió a ver a la gran serpiente desde el día en que, cuando niño lo llevaron al cruce de caminos a encontrarse con ella y de eso no guardaba recuerdo alguno. Amanda, sin embargo, era una hechicera poderosa y si bien es cierto que las mujeres y los hombres nagual guardan sus secretos celosamente, ella poseía conocimientos muy elevados sobre la naturaleza de las cosas, la verdadera naturaleza de estas, sobre el manejo de los elementos, sobre el alma y sus enigmas. Le enseñó a buscar otras realidades en el agua, decía que el agua en su quietud moja, empapa, pero cuando el agua fluye mueve hacia existencias diversas. Lo llevó a los arroyos ocultos de la selva, le hizo mirar su reflejo distorsionado en la corriente del líquido mientras en cada una de sus manos sostenía una piedra oscura, sus brazos, sumergidos hasta los codos en el elemento. Miró el movimiento de humedades hasta que la descubrió, volando entre montes, sobre templos antiquísimos, toda resplandor en las escamas, sus ojos como ascuas encendidas, la vio engullir la noche y teñir con la sangre del jaguar las oscuridades dentro de las cuevas. La vio y por primera vez en toda su vida y se sintió honrado por ser el elegido.

Aprendió a lo largo de los años a vivir con modos de serpiente, con ojos de fuego que espantaban a los animales y provocaban murmuraciones en las personas, se entregó al hecho de ser diferente entre los diferentes, y de que su piel se descamara cada estación de lluvias para renacer con otra nueva vestimenta, el tiempo no se instalaba en sus músculos, pues incluso él lo respetaba, lo renovaba. Todo el camino andado para llegar hasta hoy, él decidió encontrarse con su sino.

La penumbra llegó, la gran sombra empezó por cobijar los montes más lejanos y se fue acercando lenta pero inexorablemente, un soplo de viento frío le heló la piel de la espalda, esperó intentando librar a su mente de los pensamientos, que rastreros, no hacían más que llenarlo de incertidumbre. Un ruido casi imperceptible llegó de la jungla, en la espesura logró vislumbrar dos ojos amarillo brillante, emitían una luz parecida a los rayos del Sol. Un olor montaraz hirió su olfato, la criatura se mostró y aunque estaba consciente de lo que le aguardaba, no imaginó siquiera cómo sería, nunca en el tiempo que llevaba en el mundo contempló bestia más hermosa, era básicamente un jaguar, pero a diferencia de los de su especie, este mostraba en su piel el color mismo de los cometas, sus garras eran negras y brillantes como la obsidiana sagrada, sus ojos, sin el refugio de la oscuridad, parecían esferas incandescentes, era majestuoso, su tamaño antinatural lo separaba del resto de las criaturas, igualaba en dimensiones al doble del toro cimarrón más corpulento, lo que lo hizo temblar, sin embargo, fue la clara inteligencia que mostraban sus pupilas felinas.

Habló a su pensamiento y su voz era como un címbalo grave y potente, llenó su cráneo de imágenes; en ellas aparecía la mujer tigrilla, Paulino, Amanda, algunos hombres y mujeres nagual, él mismo en el arroyo contemplando sus aguas incansables; lo conocía, lo había estado vigilando, sabía cuántos pasos daba al día y en qué dirección.
El primer zarpazo logró partir en dos su machete, el segundo le rasgó la camisa de manta blanca, cuando el jaguar se lanzó por los aires para asestarle el golpe final, pues mataba de un solo salto, algo dentro de los huesos de Mario se movió, algo primitivo, eterno, algo que lo hizo volar hasta la copa de un ahuehuete que moraba a la orilla del río; el felino, desconcertado, pues era la primera vez que fallaba, se quedó unos momentos evaluando la acción y siguió con la mirada al hombre que surcaba el cielo nocturno.

Arriba, en el ramaje de la copa del viejo del agua, Mario se deshacía en temblores, en espasmos, mudaba de piel, su carne se volvía flexible, se protegía con escamas tornasoladas, sus extremidades se recogían dentro de su cuerpo, quedaba rastro del hombre que fue solo en la decisión de su mirada, que se había vuelto fuego. El gato ya estaba trepando por el antiguo tronco, cuando un golpe de viento demoledor lo aporreó sin aviso arrojándolo al suelo. Pero los felinos siempre caen de pie, recuperado del golpe se preparó para la siguiente embestida, que no llegó. Venteó el aire buscando el rastro de Mario pero sus sentidos estaban embotados, no lograba percibir su presencia, sus ojos hurgaban entre las sombras sin descubrirlo, anduvo infructuosamente a la orilla del río tratando de encontrar sus pisadas, cuando de pronto escuchó una especie de llovizna, como arena que cae en un recipiente de madera, no lograba ubicar su procedencia, parecía estar en todos lados a la vez, tarde se percató de cuál era la fuente, sintió el fuego correrle por una de sus patas traseras al tiempo que de la espesura dos colmillos como dagas se clavaban en su carne inyectando la muerte líquida.

El gato rugió encolerizado y tuvo tiempo, antes de que el reptil de viento regresara a la posición de ataque, para con su formidable garra abrir un tajo mortal poco más abajo de la cabeza de la serpiente mítica.

Allí, tendidas en la arena a un lado del río, las dos bestias inmóviles se miraban una a la otra reconociéndose. Desde siempre fueron protegidos de dos grandes fuerzas elementales que por capricho o naturaleza decidieron tomar la forma de jaguar y serpiente emplumada, fuerzas en eterno movimiento que necesitan reconstruirse, resucitar del pasado para no romper el curso de la naturaleza; energías que proporcionan al que acogen el don de pertenecer a dos materias distintas, de ver con ojos animales, y, si su espíritu es fuerte, vestirse con la piel de la bestia que lo protege y ser esta.

Mario, con sus nuevos ojos, distinguía al fin el rostro humano del que llegó por la noche, era una cara no muy diferente a la suya, un hombre moreno con bigote negro, solo su mirada delataba a la bestia que le vivía dentro. Comprendió que estaban allí para seguir una batalla que iba más allá del tiempo, de la carne y del pensamiento, pues se remonta a los primeros encuentros de la humanidad y las bestias, estos sucesos definieron la esencia dual de cada uno de ellos, sus diferentes y complementarias presencias, con un límite tan difuso que no alcanzaba a separarlas y por lo tanto es muy fácil de cruzar.

Estaban aquí para continuar el ciclo, nadie lo había roto aún, no serían ellos. El jaguar, con la vista nublada por el veneno en sus entrañas, la gran serpiente, su enemiga más antigua y respetada, dejando ir su sangre hasta la tierra para alimentarla, sabía que era inútil, pues su hambre nunca se sacia.

*Nació en Pachuca. Ha participado en revistas de divulgación cultural dentro de Hidalgo. Obtuvo una mención honorífica en el 22 Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción convocado por el gobierno de Puebla y la Secretaría de Cultura de ese estado en 2006. Fue becario de letras por parte del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo en 2010.

Ganó el primer lugar en el 24 Certamen de Composición Poética “Orquídea de plata” en 2010. Fue columnista y articulista de la revista Chispas para Encender Ideas del Consejo Nacional de Fomento Educativo.

Su libro Orígenes e historias obtuvo el Premio Internacional de Cuento Mito y Leyenda “Andrés Henestrosa” en 2013.

El Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo publicó su libro de cuentos cortos A ras de lona en 2015.

El Programa de apoyo para las culturas municipales y comunitarias (Pacmyc) aprobó el recurso para la publicación de sus libros Los señores de la tierra, publicado en 2017; Palabras viajeras, 2018, y el libro bilingüe náhuatl-castellano Bernardo y la abuela Venchulina en 2019.

Es colaborador en el “Maldito vicio”, la sección literaria del periódico Libre por convicción Independiente de Hidalgo.

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