Óscar Baños Huerta*

El tiempo solo es; la humanidad a lo largo de milenios ha tratado de encapsularlo, de medirlo, de controlarlo, pero es una bestia que devora sin misericordia. De tiempo están tejidas nuestras vidas, de tiempo está hecho el peso que quiebra nuestros frágiles huesos, de tiempo se nubla la vista, pues al parecer el tiempo es gris.

En esa materia líquida vivimos, reímos, asesinamos. En algún rincón de la intangible vastedad que es el tiempo aquella noche rasgó el silencio el llanto de un niño, era el anuncio de su llegada a este mundo revuelto y viejo. Dentro del jacal la comadrona se afanaba poniendo compresas de agua fría en la frente de la madre primeriza, su carne ardía, era necesario bajar la fiebre pues empezaba a convulsionar, afuera los grillos continuaban su monótono canto, indiferentes a los asuntos ajenos, era una noche caliente de primavera en la Sierra.

El hombre sentado en el rústico banco asesinaba a su sombrero tratando de contener la tensión. Se fue, dijo la partera, y la afirmación se clavó en el pecho del hombre para no salir nunca. El niño vivirá, es machito, así que habrá que cuidarlo muy bien porque son más delicados que las hembras; este es diferente, dijo la vieja y su voz estaba cargada, densa como el barro de los caminos solitarios. Traiga ceniza del fogón, al mal paso darle prisa, hay que saber qué es lo que tenemos aquí y si podemos vivir con él. La ceniza fue esparcida alrededor de la vivienda, la espera se tornó lenta, era imperioso que se conociera cuál era su animal guía, las marcas en el polvo delatarían a su bestia protectora, a su compañero espiritual, pues indudablemente vendría de visita al percibir la llegada del infante al mundo, merodearía alrededor de la casa para cerciorarse, esperando el día en que el niño fuera a su encuentro.

Se preparó mientras tanto a la joven madre para que partiera hacia la eternidad, las mujeres del pueblo realizaron los rituales como desde hacía siglos se habían hecho, sin prisas, sin hablar, pero sobre todo, sin demostrar emociones. Los ojos del hombre paseaban por toda la choza como buscando algo, se percataron de la ceniza en el exterior, sabía qué significaba, pero al menos por el momento no tenía idea de la magnitud de los hechos hasta que lo confirmara la curandera y estaría por verse, pues la anciana era como una roca en esos asuntos.

La mañana siguiente, el cielo apareció vestido con su traje más azul, sin manchas blancas, grises o negras; el camposanto lucía alegre, lleno de flores, algunas pertenecientes a las tumbas, la mayoría regalo de los aguaceros de abril. La comitiva la integraba todo el pueblo, si es que así se le podía decir a la pequeña localidad de 20 casas acomodadas en la ribera del río. Sin ceremonias, pues de eso ya había habido bastante la noche anterior, se entregó el cuerpo a la tierra húmeda.

De regreso, las piernas pesaban como anclas, se hundían en la vereda y se negaban a seguir. Paulino, impasible y con el niño en brazos, se encaminó a su casa. Todavía no asimilaba las cosas que desde el día anterior transformaban su vida sin remedio. Esa mañana muy temprano salió de la vivienda, más que para aliviar las necesidades del cuerpo para verificar en la ceniza el vaticinio de la vieja Amanda; iba con los ojos entreabiertos, como si quisiera negarse a lo que pudieran descubrir, fue inútil, las huellas estaban claras aun en los jirones de penumbra que se resistían a partir ante la llegada del amanecer.

Podía vislumbrarse el rastro inverosímil; a pesar de que el hecho en sí mismo era suficiente como para atormentarlo, no estaba de ninguna manera preparado para lo que le reveló el destino aquella madrugada.

De todas las cosas que hubiera podido ocurrir esa era la más inesperada, un leve mareo golpeó su equilibrio a la vez que el frío se enredaba en su columna. Por eso, durante el entierro de su mujer estuvo distante, pensativo, en sus ojos podía notarse que no miraba hacia fuera, estaba perdido en los rincones de su mente con quién sabe qué ideas royéndole el cráneo.

Varias ocasiones Paulino repitió el acto de la ceniza para cerciorarse de que fuera cierto lo que no quería que lo fuera, lo era sin embargo, así que sin más por hacer, se dedicó a criar a su hijo de la mejor manera que pudo.

Había que ponerle nombre y era tradición que llevara el del abuelo materno, así que de criatura anónima se convirtió en Mario y así lo llamaron todos hasta el final de sus días. No lo bautizaron, pues él estaba más allá de eso, fue en el cruce de caminos en el que acompañado de Amanda, a falta de parientes paternos que lo hicieran, su animal protector salió de entre la espesura para reconocerlo; esperaron alrededor de cuatro horas hasta que en medio de la penumbra la respiración profunda de la criatura se aproximó lo suficiente para ser escuchada, era un jadeo ininterrumpido, gutural, que lograba mover la vegetación que lo encubría, los ojos-brasas se paseaban detrás de su escondite reconociendo el terreno, tanteándolo.

Cerca de la hora tercera, cuando la tensión clavaba sus colmillos en el cuello de la anciana, la bestia se presentó a medias iluminada por la cuchilla de una Luna en cuarto creciente. Amanda había sido testigo de numerosos actos parecidos, pero este en particular le era nuevo, de oídas estaba enterada que podía ocurrir algo así, que la bestia mítica, la que no se deja ver, la casi inexistente, de vez en cuando acoge a algún protegido o protegida y se hace presente en este plano para reconocerlo, para, si su corazón es lo suficientemente fuerte, llamarlo hermano.

Se contaban muchas historias acerca de los modos en que el animal se mostraba, incluso existían personas que con solo verlo enloquecían, quedaban atrapadas en un limbo del que nunca retornaban, aunque era más común que se quedaran ciegas, ya que según se relataba, la bestia les quitaba la visión como castigo a la osadía de descubrirla, porque por lo regular deambulaba en las regiones más indómitas, entre este mundo y los montes sin edad.

Algunos atrevidos lograron robarse la imagen tan temida, su figura adorna gran parte de las monumentales estructuras que dejaron como legado las antiguas culturas, los bajorrelieves que de ella se hicieron siguen fascinando aún después de varios siglos, pero ella permanece, es símbolo de estas tierras salvajes y elementales, es hermana de los puntos cardinales, comanda a las tormentas pues suyo es el viento y de lo que está hecho. Tan impresionante es su paso por la tierra, que aquellos que se vistieron con su imagen, los pocos elegidos que han podido llamarla hermana, fueron considerados dioses, aunque únicamente se tenga recuerdo de uno de ellos, el que volvió al mar y prometió regresar, el señor del viento, lucero de la mañana.

En aquella semioscuridad, la criatura se deslizó en el aire como si estuviera hecha del mismo material, sus ojos del color del carbón al rojo vivo resplandecían entre aquella penumbra, justo donde terminaba la cabeza terrible un penacho de plumas doradas adornaba el inicio de su alargado cuerpo cubierto de escamas que relucían a pesar de que la luz no era suficiente para hacerlas brillar, al final de su cuerpo se encontraba un cascabel ámbar transparente, lo más impresionante, sin embargo, era su tamaño, pues contradecía todo lo que de serpientes se sabe en esta geografía, medía aproximadamente 15 metros.

La criatura habló sin palabras, con el silencio de su mente anciana y sabia dijo con pensamientos que elegía a aquel niño como gemelo humano, que sus caminos desde ese día serían uno, que vivirían los mismos dolores, las mismas alegrías, que el destino de ambos estaba fusionado, tejido con los hilos de la eternidad. Después, como cuando se vuelve de un sueño perturbador, Amanda regresó al poblado, aturdida, con los ojos de la criatura clavados en la memoria, pero no ciega.

Lejos en distancia física, pero no en tiempo, otro niño moreno no muy diferente de Mario abría sus ojos de sombra y reconocía a su hermano protector, el merodeador tenebroso, el que mata de una mordida, el que se confunde con las sombras y su momento es la noche. Su piel dorada resplandecía como mil soles, las estrellas oscuras en su cuerpo eran lagos negros, el brujo temblaba a la vez que ponía al pequeño al alcance de las fauces de la bestia, las pupilas amarillas colorearon de luz la mirada del chiquillo: lo había aceptado.

Mario no era como los otros, y estos reconocían sus diferencias con miedo, con envidia, se tropezaba a menudo con los que son como él pero que no pueden ni por mucho comparársele; los animales del monte, incluso los que tenían hermanos humanos, le mostraban un respeto que rayaba en el temor, sabían quién era su protector, había que andarse con cuidado, los hombres y mujeres de su condición le evitaban de igual manera, solo Amanda, la de las manos de tierra, la de los caminos incontables en el rostro, hablaba con él, le enseñaba las cosas secretas que únicamente entienden los que llevan escamas en el alma y su corazón engendra el sonido del cascabel que anuncia la muerte.

Desde entonces y a pesar de los demás, él se volvió cada día más fuerte, se le podía ver entrando a la selva y regresar con presas que cazaba en aquella inmensidad, no faltó quien quisiera causarle mal pero su destino era otro, no caería por manos mezquinas. La tierra completó numerosos ciclos alrededor del Sol, Mario creció, se volvió hombre.

De entre todos los seres especiales parecidos a él, existía una mujer en un pueblo vecino, una que hablaba con los tigrillos pues era una de ellos, ella lo venteó entre la madrugada, siguió sus pasos, furtiva, esperó en lo alto de una ceiba, Mario estaba acostumbrado a andar sin temores, se había vuelto descuidado, no notó la presencia de quien lo observaba. Como mujer nagual que era, poseía las habilidades de su alma animal, así que en el más completo silencio saltó del gran árbol y le enterró las garras en la espalda, lo cazó, lo mantuvo atado a sus pechos y su vientre, marcó con saliva su carne como territorio propio, lo llevó hasta los abismos que eran sus ojos y le dio asilo en su piel y su corazón. Todas las noches que siguieron a la cacería, Mario buscó en lugares escarpados su cuerpo, todas las veces, lo tuvo como algo suyo.

* Nació en Pachuca. Ha participado en revistas de divulgación cultural dentro de Hidalgo. Obtuvo una mención honorífica en el 22 Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción convocado por el gobierno de Puebla y la Secretaría de Cultura de ese estado en 2006. Fue becario de letras por parte del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo en 2010.

Ganó el primer lugar en el 24 Certamen de Composición Poética “Orquídea de plata” en 2010. Fue columnista y articulista de la revista Chispas para Encender Ideas, del Consejo Nacional de Fomento Educativo.

Su libro Orígenes e historias obtuvo el Premio Internacional de Cuento Mito y Leyenda “Andrés Henestrosa” en 2013.

El Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo publicó su libro de cuentos cortos A ras de lona en 2015.

El Programa de apoyo para las culturas municipales y comunitarias (Pacmyc) aprobó el recurso para la publicación de sus libros Los señores de la tierra, publicado en 2017; Palabras viajeras, 2018, y el libro bilingüe náhuatl-castellano Bernardo y la abuela Venchulina en 2019.

Es colaborador en el “Maldito vicio”, la sección literaria del periódico Libre por convicción Independiente de Hidalgo.

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