Durante años, muy al margen de que se trató de uno de los emblemas de la filosofía del pesimismo, de que su trabajo se convirtió en el pretexto para una enorme cantidad de extraviados, en la causa para justificar su propio desaire por una existencia sin suficientes elementos para ser explicada o amortiguada, la obra de Cioran pese a lo rotunda, a la clave aforística, siempre se vio encubierta por la capacidad del autor para llevar una doble vida.

En “Sobre la realidad del cuerpo”, Cioran dice: “¿Cómo se puede concebir la vida sin el cuerpo, cómo se puede imaginar una existencia autónoma y original del espíritu? Porque el espíritu es el fruto de un desequilibrio de la vida, de la misma manera que el ser humano no es más que un animal que ha traicionado sus orígenes…” Pero aunque el autor se convertiría en una suerte de apóstata de los desesperados y prácticamente no hubo renglón que le fuese ajeno a los depresivos, lo cierto es que el filósofo fue un humorista de primer nivel.
A diferencia de lo que suelen creer quienes aventuran hipótesis sobre el escritor, aquellos que llegaron a conocerlo en vida se maravillaban ante la presencia de un sujeto con una lucidez cegadora y un sentido del humor rebosante de inteligencia, sin caer en la broma barata o mediante observaciones agudas, capaces más de enmudecer que de permitir una carcajada fácil.

De la misma forma, es sabido que cuando Cioran se extendía en explicaciones, algunas se reconocían después en publicaciones sobre las que había trabajado o estaba a punto de hacerle llegar a un editor, pero en la boca del autor se percibían como comentarios de una sabiduría que sus oyentes no alcanzaban a descifrar en su totalidad, aunque se percataban del volumen de la reflexión detrás de cada idea que decía. Paradójicamente, más de un interlocutor se maravilló ante el hecho de estar cara a cara con el Filósofo del Pesimismo, que nada tenía de pesado en su reflexión y acaso era un sujeto envolvente y carismático. El tipo de inteligencia difícil de pasar desapercibida.

No obstante, su pensamiento se instaló entre las proezas más significativas del siglo XX, gracias a que con su intervención, sin detenerse a mirar aquellos trabajos dedicados a una forma de pensamiento propio de la investigación filosófica, Cioran instaló además de una vertiente central para el hombre moderno, uno de los síntomas propios de la expectativa de lo que traería el nuevo milenio, en vista del ocaso de los sistemas: un sujeto cuyo horizonte, ya sin la referencia de la lucha entre el capitalismo y el socialismo, se encontraría más y más consigo mismo.
La siguiente obra que en más de un aspecto continuaría tal empresa es el trabajo de Byung-Chul Han, cuya La expulsión de lo diferente, que sirve como bitácora de trabajo respecto al hombre del que Cioran habló, para darle paso a ese sujeto que Chul Han refiere en su obra. Uno que renuncia ante el peso de la singular existencia del individuo, para integrarse sin reparos en la uniformidad geométrica de la más rabiosa modernidad.
Y porque Cioran se ha convertido en el más explícito apestado que dieran las letras, en una riada de duplicidades por todos lados, Melville AD le dedicó un título de su producción, humildemente llamado 11 Electric poems for EM Cioran. No faltará quien crea que la obra de Cioran se prestaría para una interpretación punk, de experimental metal o hasta sinfónica, pero análoga al tono de su obra.
En cambio, los protagonistas de Melville AD eligieron un tono más intimista, con toques de indie, que más bien parecen toques de una reflexión colectiva orientada hacia ese acierto del autor que no se encuentra del todo explorado ni pretende ocupar un lugar, usurpando la proeza del autor. Acaso constituye una genuina rareza que todavía ciertos compositores dediquen su tiempo a uno de los pensadores más emblemáticos del siglo XX.

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