No lo olvida Jesús Lugo Piña: minutos, unos cuantos, cambiaron su destino, tanto como vivir o morir.

En una avioneta que estaba a punto de abordar, tuvo que ceder el espacio a otras personas. Poco después, por causas no bien precisadas, la nave se estrelló. Todos los ocupantes murieron.

Pero el episodio no lo venció. Hoy, a los 39 años, se dedica a un proyecto de defensa personal para mujeres: Panteras Kapal.

Jovial en sus expresiones, sin perder una aureola de meditaciones al hablar, dice que es “pachuqueño de cepa” y que creció al sur de la ciudad, por la Rovirosa.

Cursó primaria en la escuela Ramón G Bonfil, en la colonia ISSSTE; siguiente nivel en la secundaria general cinco, considerándose estudiante regular, “pero que cumplía con sus tareas”.

El bachillerato lo hizo en la preparatoria David Alfaro Siqueiros. Y hasta ahí parecía ser el relato abreviado de infancia y adolescencia, hasta que comentó que desde entonces tenía una indisoluble meta de cara al futuro: ser piloto aviador.

“Sueño de niño, tal vez, pero atraído por ese maravilloso mundo que es la aviación. Mi padre era gerente de la división de combustibles de ASA; mi mamá, su secretaria. Un padrino, piloto.

“Habían perdido cercanísimos amigos en percances.”

Fue que… “me habían invitado, con un amigo, a subirme a una avioneta. También mi tío, y ya estaba listo el piloto. El campo aéreo Guillermo Villasana con poca afluencia. Ya dispuestos, llegó un capitán, de apellido Agis, con un familiar. Y con el mismo propósito entraron a la nave.

“La matrícula era Extra Bravo Metro Óscar Whiski XB-Mow. Se celebraba el festival aéreo por del Día del Niño: 30 de abril. Nosotros nos fuimos a la torre del control. Yo tenía entre 13 y 14 años.

“Despegó la avioneta. Mi amigo me comentó: ‘en esa nos íbamos a subir’… y tras un silencio, porque yo estaba de espaldas, agregó, impresionado: ‘Se acaba de caer… ¡se desplomó!’
“Giré y busqué ansioso el aparato, que ya estaba en tierra, entre la tienda Comercial Mexicana y la 18 Zona Militar.

“De inmediato acordonaron. Vi una zapatilla y los cuerpos calcinados. Me dio miedo, mucho miedo de todo. Más adelante, un mayor de la Fuerza Aérea supo de su vocación. Mis papás le dijeron que practicara conmigo. Hasta ahí; ya no.”

Jesús Lugo entró al ICLA y se casó a los 19 años. Empezó a trabajar de intendente en una empresa.

Cambió su afición y se dedicó a las artes marciales. Origen del proyecto que acometería de defensa personal sobre violencia en casa.

Confiesa: “Yo era violento. Reñía, peleaba. Llegué a tomar. Recurrí a muchos terapeutas, entre ellos dos que califica de importantes, de sincera ayuda. Fue algo que se me incubó en la infancia”.

Muy joven empezó a competir, iniciándose con taekwondo.

Reconoce el apoyo que siempre recibió de su maestro Ricardo Falcón Peña.

“Me becó. Cuatro años con él en el Moo Duk Kwan Campestre.”

Permite que se le pregunte sobre la figura que más le influyó. “Bruce Lee. Mi ídolo”.

Compitió en rangos como cinta negra. Ganó torneos. Estuvo en preselectivos para la Olimpiada de Sidney, en 2000.

En 1999 dejó el taekwondo y retomó artes marciales hasta 2012.

Además, se dedica a la fabricación de señalamientos carreteros.

De ese entonces, manifiesta que se sentía deprimido. Pesaba 115 kilos. “Vi una escuela de kick boxing y retomé las prácticas. Perdí 20 kilos en seis meses, practiqué también el boxeo”.

Se le ve fuerte, elástico; emplea lentes de negra moldura; brinda cordialidad.

“Como parte de terapias, empecé a escribir situaciones de violencia vividas. Proyecto un libro. El concepto central está claro; no debo demorarme.”

Integró también un proyecto de defensa personal para mujeres que viven violencia.

“Se conforma de acuerdo con edades y habilidades físicas. El punto es ayudarlas por medio de un entrenamiento. No hay tiempo definido, es un proceso. He trabajado con fundaciones y asociaciones civiles. He impartido talleres a aproximadamente 300 mujeres.

“Contemplo variados capítulos como agresiones en casa, posibles estrangulamientos, jalones de cabello. Y prevalece un concepto que se repite insistentemente: preservar la vida y no pretender matar, a nadie. Es defensa. Ellas alertas en su entorno.”

Explicó más a fondo que una alumna recibió orientaciones prácticas, de diferentes formas de protegerse contra intencionado propósito de estrangulamiento.

“Tuve una alumna con facultades muy naturales. Le ayudaban su edad, su disposición. Era bien guerrera, pero se fue. En cada una de las alumnas se buscan habilidades. Enfoco más al desarrollo del ser y del espíritu.

“No se olvida que las artes marciales tuvieron su cuna en pueblos invadidos y las personas, a través de generaciones, aprendieron a defenderse.”

Ha aprendido a controlar impulsos, no dejarse llevar por la ira. Lo pone en práctica.

“Hace un mes hubo un problema vial. Un conductor, me parece que imprudentemente se me cruzó. El hombre, sin más, profirió improperios, unos francamente ofensivos. No respondí, ni siquiera el menor intento de bajarme de mi auto. Prevaleció la serenidad.

“Por eso recomiendo evitar respuestas agresivas y ser conscientes, serenos en los conflictos. Nada positivo deja enfrascarse en grescas callejeras.”

Conoce el llamado sistema kapat kravma ga.

“Se desarrolla en fuerzas especiales de la milicia israelí derivado de un grupo denominado Yaman, unidad de élite antiterrorista, de la mano de un mayor Avinardia, exmilitar. Ha preparado a unidades de la Marina de Estados Unidos.”

Lugo Piña relata que tomó un curso antisecuestro en 2018; eso fue en Guadalajara.

“Nos falta mucho por recorrer en este camino de las artes marciales. Pero hemos avanzado con buenos resultados.

Y en el final, no alude a violencia y sí a la gratitud.

“Gratitud a mis padres. Siempre de la mano conmigo. Y eso le llamo una bendición.”

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