Desde hace muchos años el pueblo mexicano ha sido vacunado contra la enfermedad del progreso. Ha sido enajenado por una retórica vacía de mentecatos y palafreneros al servicio de intereses extra fronteras. Badulaques manipuladores de conciencias políticas que mantienen engañado al pueblo, mientras ellos saquean y depredan.
Desde que se tiene memoria, el discurso oficial y los argumentos “sólidos” de las burocracias partidistas de todo signo se han aferrado –hasta la obsesión– en sostener que las desgracias mexicanas deben su origen a los acontecimientos internacionales. Toda decisión fundamental de política pública es atribuida a los cambios en el escenario exterior.
Ninguna obedece al razonamiento elemental de proteger los intereses populares, fomentar el desarrollo con base en nuestras propias posibilidades, crecer de acuerdo con nuestra idiosincrasia, fomentar las palancas económicas que ofrece el mercado interno. No. Todo, venturas y desgracias, han de venir de fuera. La retórica aldeana en toda su magnitud rastacuera.

Lemas y convocatorias, armas en contra de la población

Cualquier decisión que toman los gobiernitos provinciales que han “partido el bacalao” en este sufrido país es atribuida a las amenazas externas o decisiones que se adoptan en otras latitudes, que fuerzan a “prevenirse de males mayores”, a salvar escollos de incapaces e ignorantes, que buscan inmediatamente la solución en arremeter contra la economía popular para resarcir o compensar sus errores y su falta de previsión política.
Nuestra historia política está atiborrada de un repertorio falaz y mentiroso de arengas, lemas, símbolos, convocatorias y mitos extravagantes sin escrúpulos ni fundamento, que ha sido utilizado como auténtica arma de destrucción masiva contra la memoria colectiva.
No solo eso, porque también han insultado elementales razonamientos e inteligencias populares, rebajado la moral pública de la población hasta el grado de convertirla en simple comparsa de vaciedades retóricas, consignas insulsas y agresiones impunes.

Manipulación de la opinión popular, para proyectos dinásticos

El autoritarismo rampante y los despotismos de todo tipo han sido el principal obstáculo para impedir que las personas no entiendan –y menos reflexionen– sobre el significado y las causas verdaderas de nuestra desgracia como una nación avasallada y arrasada por los mismos badulaques y entreguistas que se autodefinen como salvadores.
La opinión pública se dejaba llevar plácidamente, de manera comodina, sobre algunos indicadores magnificados artificiosamente, que reflejaban cierta movilidad ascendente de las clases medias y supuestas filantropías gubernamentales propias de paranoicos… en función de sentimentalismos patrioteros, símbolos religiosos y mitos políticos que se inventaban para construir proyectos políticos de largo aliento, perpetuadores de verdaderas dinastías de mentecatos, alejadas de la necesidad apremiante y las carencias sin límite de la población, desastrada por mendaces y aprovechados.
Un poco de estabilidad nos resignaba a ser pasivos

En contra, al pueblo lo infestaban sobre todo lo que nos recetaban desde las cúpulas para acrecentar cotidianamente nuestra desinformación y despolitización, asientos sobre los que se erigieron los monumentos a la corrupción, represión, intolerancia y pobreza. Un poco de estabilidad nos resignaba a ser pasivos defensores del orden.
Esta armazón denigrante ha formado parte de toda la parafernalia económica y del engaño de los intelecuales –¡por cuales!– para apoyar promesas seductoras de teorías fracasadas, sobre el neoliberalismo, el monetarismo, la desregulación, la globalización y hasta el apoyo a las economías belicistas.
Es el retintín de siempre. El mismo que ahora apoya el grupo parlamentario del PRI en la Cámara de Diputados para sostener que el aumento en los precios de los combustibles y la electricidad doméstica “es producto de las certezas que brinda a los mexicanos la reforma estructural energética”.

Tienen cerradas las puertas del endeudamiento externo

El ridículo verbal de estos lacayos no tiene medida, ni pies y menos cabeza. Tienen la desvergüenza de afirmar que no es una decisión arbitraria, sino se ha tomado para defender al pueblo de las variaciones a la baja de los precios de los energéticos en el mercado internacional, pues ésta atenta contra el confort de la burocracia, contra el malgasto gubernamental, que se esmera en derrochar en favor de sus capas doradas de favoritos y protegidos.
Cuando todo el mundo sabe que la dificultad para resarcir los ingresos y el déficit gubernamental se debe a la baja captación tributaria porque han paralizado la planta productiva y secado la economía a base de desvíos, robos y decisiones fiscales regresivas, que les han cerrado –afortunadamente– las puertas financieras internacionales para seguir acumulando deudas externas históricas sin ton ni son.

Incapacidad e ignorancia para ejercer el mando
La excesiva dependencia estructural de las decisiones del extranjero y el entreguismo a que han recurrido nuestros “salvadores”, de ninguna manera es culpa del pueblo, contra el que arremeten furiosos para poner a salvo sus “bisnes” y atracos burocráticos. Es producto de su incapacidad e ignorancia para ejercer el mando.
Las personas no tienen por qué pagar sus platos rotos. Mucho menos, cuando no se establece una mínima plataforma de servicios públicos, de oferta de empleo, capacitación para el trabajo, defensa de salarios, promoción de estímulos para la producción, de impulso a la cohesión del tejido social.

Descalifican cualquier intento de movilización popular

Cuando el discurso gubernamental no puede ir más allá de la represión a los derechos fundamentales, la falta de respeto a las soluciones dialogadas en convivencia pacífica, los mínimos recursos para enfrentar las adversidades que los mercachifles en el poder han provocado. Han creado un tinglado que forzosa y maquinadamente debe ser indefenso contra la penetración y el colonialismo extranjero.
‎Pero eso sí: mandan a toda la jauría de sus paniaguados y voceros a descalificar cualquier intento de movilización popular, cualquier valladar que opte por oponerse firmemente a su desenfrenada devastación de la economía, de la política y de la sociedad.

Los vocablos que la tolucopachucracia no logra entender

Si las mentes objetivas y lúcidas están observando que la rapiña de los partidos y sus arreglos tangenciales con otras franquicias partidistas no ofrecen solución posible a la desintegración nacional y proponen armar frentes opositores de amplio espectro bajo un programa común inteligente, de inmediato motejan la idea como “un sueño guajiro”.
Si alguien ofrece la salida a través de una nueva constitucionalidad que cobije programas sociales de largo alcance, respeto a las diferencias, a la diversidad e impulso a la universalidad y obligatoriedad de conquistas populares, lo descalifican de antemano, porque se sale de un guión macabro y depredador, debe ser calificado de insensato.
Si alguien propugna el incremento de los bajos salarios, insuficientes para cubrir las necesidades elementales de alimentación, educación y esparcimiento, lo tildan de fantasioso, sin reconocer que el político debe proponer lo imposible, para lograr lo necesario.
‎Igualdad de oportunidades, equidad de género, protección a las franjas vulnerables, fortalecimiento del mercado interno y del tejido social, justicia distributiva, transparencia administrativa, son vocablos que la tolucopachucracia no alcanza a entender. Su mentalidad reaccionaria no acepta obstáculos.
Todo debe obedecer al discurso de los chacales. Así no se va a llegar a ningún lado. En un país donde se piensa poco, nadie piensa‎ nada.
¿No cree usted?
Índice Flamígero: Suficientes argumentos tenía el jefe de Gobierno de la CDMX, Miguel Ángel Mancera, para haber acompañado a los dirigentes campesinos en el mitin del Zócalo, destinado originalmente –por Álvaro López Ríos y Federico Ovalle– para protestar por los nulos presupuestos efectivos a la producción agropecuaria y gruesos flujos de dinero para subsidiar a especuladores, intermediarios y coyotes, caciques regionales que, con la complicidad del gobierno federal, ahogan las cadenas productivas en el campo y crean miseria y abandono. Frente a los ataques mediáticos que seguramente se tripularán desde las oficinas del gobierno federal, es necesario recordar algunas líneas de acción en las que Mancera ha marcado la pauta y es un referente obligado. Los argumentos a flor de piel: en la CDMX se otorgó el primer registro oficial al Sindicato Independiente de Jornaleros Agrícolas ‎de Baja California; aquí se ha dado la lucha primigenia para adecuar las nuevas condiciones del salario mínimo, desindexándolo de otras medidas y multas; los programas del seguro de desempleo abarcan a miles de migrantes campesinos e indígenas; la atención a las franjas vulnerables de productores entre la población rural de la CDMX; los programas sociales que les atienden a domicilio; los sistemas de recolección de aguas pluviales, que benefician directamente a familias migrantes del campo a la Ciudad. Incluso, el cuidado del medio ambiente en la zona de la Megalópolis, tiende a beneficiar las condiciones de habitabilidad de los migrantes permanentes que demandan cotidianamente servicios públicos, infraestructura, empleo, agua y energía en la que participa el gobierno capitalino. Obligación que hasta la fecha han rehuido los gobernadores de sus estados de procedencia, pero que en la CDMX se atiende como renglón prioritario de sus políticas sociales. Ante el vacío ideológico y la falta de programa e ideas del gobierno federal, en la CDMX no se ha quitado el dedo del renglón en el apoyo a franjas y sectores vulnerables. Todo lo contrario. Cada día crece y se multiplica la oferta de bienestar de los mismos, que hoy abarca preferentemente a la población necesitada de las zonas deprimidas, de origen esencialmente campesino. + + + Lo dicho: la SHCP emitió el fin de semana un boletín en el que sostiene que “en México se mantienen por debajo de varios países como son los casos de Canadá, Brasil, Argentina, naciones de Europa y Asia, e incluso abajo del precio de las gasolinas del estado de California, Estados Unidos”. Mal de muchos…

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