Alexia Vázquez Ostria y Rebeca Guzmán Saldaña

En décadas recientes el mundo ha experimentado profundas transformaciones demográficas y epidemiológicas que han condicionado un enorme aumento en la prevalencia e incidencia de las enfermedades crónicas no transmisibles. La epidemia de padecimientos crónicos amenaza el desarrollo social y económico, la vida y la salud de millones de personas.

La enfermedad renal crónica (ERC) es un padecimiento que consiste en la pérdida progresiva, permanente e irreversible de las funciones de los riñones, como la capacidad de filtrar sustancias tóxicas de la sangre, la eliminación natural de líquidos y la capacidad endócrina (producción de hormonas).

Está clasificada en cinco estadios de progresión del daño renal, por eso es caracterizada como silenciosa en las primeras fases de evolución, por lo tanto, es complicada la detección temprana ya que la mayoría de las personas no hace acciones pertinentes de nefroprotección e incluso desconocen si existe daño renal a corta edad, lo que tiene como consecuencia que el padecimiento avance a las últimas etapas con mayores complicaciones, lo que genera un mayor impacto en el sector salud porque, además de generar costos elevados en la atención, presenta repercusiones no solo físicas, sino también psicológicas y sociales que por lo regular son negativas para quienes lo padecen.

En México de manera reciente se estima una incidencia de pacientes en un rango de edad entre 18 a 65 años con ERC de 500 casos por millón de habitantes, la mayoría de los pacientes son adultos que solicitan el servicio médico cuando presentan cuadros graves de alteración renal, lo que indica que las detecciones en jóvenes son escasas.

Aproximadamente el 7 por ciento de las personas puede tener ERC y la mayoría no lo sabe derivado a que en los estadios uno y dos la enfermedad es asintomática. Al disminuir la función renal son acumuladas las sustancias tóxicas en el torrente sanguíneo que ocasionan uremia y presenta la fase tres con pacientes que presentan síntomas y complicaciones como hipertensión, anemia y alteraciones del metabolismo óseo, además de otros síntomas como fatiga asociada con anemia, edemas por retención de agua corporal, insomnio y calambres musculares, cambios en la frecuencia urinaria, espuma cuando hay proteinuria y coloración oscura que refleja hematuria. El estadio cuatro presenta alteraciones cardiovasculares y suman a los síntomas del anterior las náuseas, sabor metálico, aliento urémico, anorexia, dificultad para concentrarse y alteraciones nerviosas como entumecimiento u hormigueo de las extremidades. En el periodo cinco el tratamiento sustitutivo necesita hemodiálisis, diálisis o un trasplante necesario para vivir.

Si bien, es causada principalmente por padecimientos crónico degenerativos mal controlados, entre los que destacan la diabetes mellitus y la hipertensión arterial, también existen otros factores de riesgo biopsicosociales como el estilo de vida de las personas que ha cambiado en los últimos años, el surgimiento de una población altamente urbanizada, sedentaria y la adopción de hábitos alimentarios poco saludables con alto consumo de hidratos de carbono, grasas, sodio, bebidas azucaradas en exceso, aunado a un consumo mínimo o nulo de agua simple y eso puede contribuir a aumentar el gasto de energía que un individuo ingiere al día, lo que genera altos índices de obesidad, diabetes y probable daño renal.

Los factores de riesgo psicológicos relacionados son depresión, estrés y ansiedad, eso favorece a la activación del sistema nerviosos simpático y a la mayor liberación de citosinas que pueden influir directamente en la patogénesis del daño renal.

Otro factor importante y de gran relevancia es el estrato socioeconómico en la prevalencia de la enfermedad, asociada a la falta de información sobre las características, síntomas y precauciones que deberían implementarse para que prevalezca la salud renal, así como la falta de acceso a los servicios de salud pertinentes para detección o seguimiento del padecimiento, ya que generan costos catastróficos que las personas no pueden solventar por falta de recursos económicos que los llevan a tener una mala calidad de vida, repercusiones psicológicas y físicas, lo que resulta como consecuencia el avance de la enfermedad e incidencia en la población.

Estudios recientes reportan que la ERC aparece en poblaciones cada vez más jóvenes debido a las deficiencias en los estilos de vida adoptados desde la infancia y que son implementados a edades adultas, la mayoría de los factores de riesgo asociados al padecimiento son modificables que influyen en su prevalencia como estilos de vida poco saludables, que se basan normalmente en modelos de comportamiento establecidos, esos son forjados durante etapas tempranas del desarrollo por la interacción de factores genéticos y ambientales, lo que hace que se mantengan o modifiquen por el entorno social en la vida adulta.

En el ámbito de la salud esos factores reducen la capacidad del individuo para adoptar un estilo de vida sano, por ello es importante la consideración de intervenciones en promoción y prevención de la salud, adherencia al tratamiento, mejorar la capacidad de las personas al manejo de las enfermedades crónicas y la adopción de estilos de vida saludables, al reducir las altas cifras de incidencia y complicaciones de ERC en la población.

El impacto del padecimiento es alarmante y se posiciona en las principales causas de muerte en el mundo, pero aún no recibe la atención suficiente, por lo que su detección generalmente es tardía, debido a que aún es considerada una enfermedad consecuente de otras enfermedades como diabetes e hipertensión. Para frenar la incidencia es necesario examinar todos los factores que rodean al padecimiento al determinar las principales causas a nivel conductual y así crear intervenciones eficaces en la prevención y promoción de salud en la población.

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