La noche era un embudo inverso de cristal estrellado; del centro, un pequeño destello comenzó a caer directo hacia él, un diminuto grano titilante, una estrella fugaz que creció hasta ser una roca gigantesca imparable que se estrellería contra la tierra, con él en el centro, destruyéndolo todo.
Hoöcc despertó sudando justo cuando la roca estaba a un instante de impactarlo, la pesadilla perduraba en su mente y fue innecesario rememorar sus estudios sobre alegorías oníricas para descifrar su sueño: el último grano del reloj, la muerte.
Por completo despierto, se sentó en la cama y miró su reloj, con la perpetua cuarteadura en el bulbo superior, culpa de un torpe y casi fatídico accidente infantil; los escasos granos de arena caían veloces hacia el pequeño monte de la base, Hoöcc sabía que el flujo terminaría al mediodía de mañana, y luego…
Descorrió las cortinas para que entrara el Sol, la sombra de la ventana proyectada en las ranuras del piso le dijo que aún tenía poco más de tres horas para la prueba, tiempo suficiente para llegar puntual aunque corto, absurdamente corto para estar con Sareet. Se vistió aprisa, salió de su cuarto y encontró a sus padres y hermano mayor desayunando, sentados a la mesa frente a la repisa donde descansaban cada uno de sus relojes, cada uno desgranándose a diferente velocidad, cada uno gastándose mucho más despacio que el de Hoöcc.
Rechazó el desayuno excusándose con llegar lo más puntual a la prueba del maese R, sus padres le desearon triunfo, de su hermano mayor solamente hubo un intercambio hosco de miradas. Hoöcc salió de casa y, bajo el habitual Sol inclemente, apuró el paso hacia la casa de Sareet, la pasión de su existencia, la razón por la que estaba dispuesto a viajar a tierras ignotas para desgranar las montañas de la eternidad y vivir hasta el último grano de arena a su lado; Sareet, con su indomable cabello nocturno, ojos de estrellas que amurallaba en cristales y hoyuelos en las mejillas que delataban su felicidad; Sareet, quien no había resuelto el enigma presentado por el maese R.
Igual que Hoöcc, era hija segunda, por lo tanto su tiempo era más limitado y debían esforzarse más para pasar la prueba, así tendría la oportunidad de salir de las murallas para enfrenar el desierto en el que estaban atrapados en busca de los invaluables granos que extenderían su existencia y, si tenían suerte, encontrarían un depósito suficiente para abastecer los relojes de los demás habitantes de la ciudad.
Llegó acalorado, tocó con prisa la puerta y tras un instante eterno abrió el padre de Sareet quien, sin esperar saludo alguno, rechazó la visita de Hoöcc argumentando que Sareet no deseaba ver a nadie. La puerta fue cerrada; desmoralizado, Hoöcc permaneció inmóvil, ¿cómo podría no querer verlo? Ambos sabían que no les quedaba tiempo, que esas serían sus últimas horas juntos. ¿Qué hacer ahora? La prueba, debía apurarse para hacer la prueba, si la pasaba podría encontrar tiempo para Sareet, y entonces su anhelada vida juntos sería posible.
Era una probabilidad remota, no, una fantasía. En miles y miles de años, ningún viajero había encontrado tiempo en menos de un día. Hoöcc se encaminó hacía la entrada de la muralla donde ocurriría la prueba, ¿qué hacer? Le parecía injusto que los hijos segundos recibieran menos tiempo que los hijos primeros, “relojes tenemos en abundancia, pero los granos son escasos, debemos racionarlos al máximo para que todos podamos vivir aunque sea un poco”, le dijo el maese R en alguna ocasión, “si quieres vivir más, pasa la prueba y encuentra tiempo”, había añadido.
Debe existir una forma de salvarla, de salvarnos, no es posible que el reloj de Sareet se agote solo por no pasar una estúpida prueba, se decía Hoöcc mientras caminaba. El maese R daba más tiempo a quienes resolvían el enigma, junto con la opción de salir en búsqueda de más granos o quedarse en la ciudad a tener una vida placentera; Hoöcc pensó en compartir el tiempo que ganaría luego de pasar la prueba, luego desechó la idea, era imposible hacer esa trampa, muchos lo habían intentado con resultados mortales: romper su reloj para llenar de arena el de alguien más, pero el tiempo era intransferible.
Era injusto, se repitió. Injusto que alguien como su hermano resolviera el enigma y optara por quedarse en la comodidad del hogar en lugar de buscar más tiempo para los demás, en lugar que alguien tan imprescindible como Sareet… No, no quería pensar en eso, mejor idear una salida para estar con ella.
Hoöcc llegó a la muralla justo a tiempo, donde primeros y segundos estaban listos para la prueba; el maese R habló.

***

Era casi mediodía, sentada en la parte superior de la muralla, Sareet contemplada a los exploradores partir de la ciudad, mientras su reloj agotaba las últimas migajas; ya se había perdonado no resolver su enigma: distinguir entre granos de tiempo de los comunes.
Suspiró, y suavemente se dejó caer para ser recibida en el abrazo de Hoöcc. “¿Cuál fue tu enigma?”, preguntó ella, “¿cómo podemos vivir eternamente?”, respondió él, “y ¿qué respondiste?”. Hoöcc sonrió y besó la nariz de Sareet, haciendo brotar sus hoyuelos. El Sol del cenit hizo brotar destellos de dos relojes de arena que se agotaron, mientras un amor de segundos alcanzaba la eternidad.

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Egresado de la UAEH, amante de la ciencia ficción, cafeinómano empedernido y simpatizante indiscriminado del chocolate