Ensayo de una escena indefinida

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En la actualidad, tratar de organizarse en colectivo con los distintos creadores escénicos en Hidalgo se ha vuelto una empresa tortuosa. Pareciera existir una confusión entre la disidencia y la tolerancia; si bien la primera es esencial para el crecimiento del ser humano, el término pareciera confundirse con soportar el machismo y la megalopatía presentes durante las reuniones de trabajo. Las dinámicas instauradas desde hace años siguen sin producir cambios, urge un dislocamiento de la mirada; una observación detallada de nuestro entorno.

Tal vez tendríamos que investigar a fondo qué hace imposible que consigamos un diálogo respetuoso y honesto, ¿por qué intentar organizarse entre nosotros se ha vuelto tan agobiante? y ¿por qué después de tanto intentarlo pareciera que las circunstancias no son susceptibles de ser modificadas?

Aparentemente la política enfocada al bien común, no resulta posible entre las distintas comunidades de creadores escénicos, tal vez habría que señalar que no es una comunidad la que busca ser escuchada, sino diferentes grupos teatrales con objetivos y aspiraciones distintas, tan valiosas unas como las otras. No obstante, estamos perdiendo la capacidad de visualizar la diversidad de opiniones y las necesidades concretas de cada comunidad y por eso reincidimos en tratar de unificarlas. A pesar de la fuerte necesidad de comunicarnos estamos perdiendo de vista los objetivos que buscamos construir, aunque también existe la posibilidad de que nunca hayan estado claros y por eso al tratar de dialogar nos instalamos rápidamente en una “comunicación” que genera ruido y descorazonamiento.

Quizá sea la ocasión de tomar en cuenta las palabras de uno de los escritores contemporáneos más consistentes. Tal vez exista en la literatura alguna especie de cura, una fuente que pueda ofrecernos una mirada vivificadora, revelarnos una salida en estos momentos en los que parecieran no existir alternativas para visualizar futuros mejores. Comparto ahora la cita que tanto he anunciado, aquella que nos puede sacar de la obscuridad más profunda:

El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio. Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles (1972).

Tal vez esta operación aparentemente sencilla, pero que reclama de nuestra presencia y voluntad, represente la última oportunidad de convivir pacíficamente con el mundo. ¿Acaso seremos capaces de identificar lo esencial y permitirle existir entre tanta inmediatez?

¿Tendremos la inteligencia de trabajar de manera colaborativa, considerando tanto las posibilidades como las capacidades del otro? o simplemente seguiremos confundidos en la repetición, hasta consumirnos en el infierno.

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