Georgina Ortega Luna

Tenía 16 años, sentada en una banca de mi preparatoria uno de mis grandes guías docentes se acercó para invitarme a colaborar en asesorías de matemáticas para primaria y secundaria, acepté y me enfrenté por primera vez a lo que significaba enseñar. Sentada en una mesa frente a mí estaba mi primera alumna: Elsa. Tuve que ideármela para explicarle las ecuaciones de primer grado, pero ella dijo que me entendió y a la siguiente semana volvió; me di cuenta de que era divertido explicarle, llegó después con su hermanita y con su primo… Ya tenía tres alumnos, después de tres años de sentarme en aquellas mesas a explicar el director de la escuela decidió darme la oportunidad de entrar con los grupos… ¡Qué miedo! Eran cursos para ingreso al bachillerato, yo era una estudiante de licenciatura, me carcomían los nervios, no sabía controlar a 25 adolescentes que cuchicheaban y se reían de cómo se me caían los marcadores y el borrador; por un momento pensé que no era lo mío, pero a falta de una docente yo era el comodín para cubrir las clases, empíricamente tuve que encontrar la forma de enseñar contando historias, chistes, regañando alumnos, desvelándome para poder resolver las dudas que jamás imaginé que los estudiantes tendrían.

Después les enseñé a ellos, a mis compañeros de universidad, claro, como yo daba asesorías de álgebra, entendía un poco de estadística y ahí estaba yo, asesorando a mis futuros colegas sobre las medidas de tendencia central y las medidas de dispersión, me enamoraban las aulas de la universidad… No dejaba de pensar cómo sería si yo diera un día clases ahí, pero, ¿acaso tendría oportunidad? Pues aún recuerdo el día de mi examen de tesis, cuando el coordinador de la carrera estuvo presente, recuerdo sus palabras: “¿Quieres dar una clase aquí?”… Yo ya lo sabía, sabía que quería ser docente; empecé a enseñar a la generación que venía atrás de mí, algunos mayores que yo, no importa, supe que era el momento de intentar más y más, la docencia no la ejercía porque “no encontré trabajo”, es que quería que fuera mi trabajo.

Después más retos, darle clase a mi mamá, a mi hermano, a mis amigos, aportar un poco para su formación, ser testigo de los logros de cada uno de ellos. Entrar a las aulas era como una droga, ya era sin duda lo que más amaba. De pronto, retos difíciles: grupos de bachilleratos particulares totalmente descontrolados, acoso por parte de alumnos, un sistema que no te deja ser a veces tan creativa ni avanzar, planeaciones, requerimientos, juntas, desvelos, exámenes por calificar, estudiantes muy retadores, contradictorios, sueldos que no alcanzan para cubrir todo… La realidad es que te das cuenta de que la docencia es noble e implica sacrificios, pero se aprende, cada día hay algo nuevo para leer, buscar, compartir, discutir.

Hoy (ayer) en la mañana me despertaron las etiquetas de Facebook, los mensajes por Whatsapp, los recordatorios de por qué decidí estar aquí encontrando mil estrategias más para lograr transmitir algo de lo poco que sé. La docencia es enseñar y aprender, es amar cada experiencia nueva con un grupo… Ah, y lo logré, hoy soy la maestra titular de estadística, hoy soy docente como lo soñé, en las universidades, en los posgrados, a veces me canso mucho, a veces me pregunto qué pasaría si me dedicara a lo que realmente estudié, pero al final, todas mis posibilidades me regresan al salón, con todos esos pares de ojos viendo hacia mí, con ganas de cumplir los nuevos retos… Con ganas de ser docente, ¡Feliz día, colegas! @Lucasvselmundo [email protected]

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