En la construcción del concepto de “patrimonio” se encuentran implícitos los términos de identidad, tradición, historia y monumentos, que han sido aceptados para su uso. La mayoría de los textos en torno al patrimonio cultural lo describen desde una perspectiva del pasado, sin embargo, en la actualidad, en donde los procesos de globalización eminentemente conllevan a procesos de transformación ¿es necesario repensar el patrimonio?

Distintos conceptos como turismo, mercantilización, comunicación masiva cobran mayor eco al vincularlos con el patrimonio, aunque las diversas opiniones apunten más al hecho de que esos se relacionen de manera no favorable. Néstor García Canclini, en su artículo “Los usos sociales del patrimonio cultural”, explica que en realidad no es una relación errónea o inadecuada la que existe entre esos términos, ya que identifica como problema principal la forma incorrecta en la que se relaciona al patrimonio en el marco de las relaciones sociales que lo condicionan. Explica cómo en México y en otras partes del mundo las distintas normativas con relación al patrimonio han marcado movimientos que no solo incluye aspectos de la herencia pasada de un pueblo, sino también aspectos del presente, entonces, es posible pensar en la política patrimonial de conservación y administración de los productos del pasado respondiendo o entrelazándose con las necesidades materiales o espirituales actuales y eso obligadamente nos lleva a pensar en los usos sociales del patrimonio a partir de su valor de contemporaneidad.

Alöis Riegl en El culto moderno a los monumentos (1987), afirma que “este valor viene establecido desde y para el presente, depende de la capacidad del bien cultural para satisfacer las necesidades actuales de una sociedad contemporánea”, otorgándole así significado a la función original y a su uso social actual.

La historia ha demostrado que los usos van evolucionando, es difícil hallar un monumento que conserve intacta su función original, el cambio puede ser lento pero es inevitable. La función y el uso social como portadores de valor, como lo menciona Riegl, nos plantea la reflexión del papel que juega el patrimonio en una sociedad contemporánea. Queda claro que es prioritaria la participación social en la construcción de políticas de preservación y desarrollo del patrimonio a partir de conocer y entender cómo esos se relacionan con los bienes culturales y los distintos usos sociales que le otorgan. De ahí que el valor de contemporaneidad no prevalece sobre el valor de histórico o de antigüedad, al contrario, lo complementa y rememora, pero es evidente que los cambios de revaloración social del patrimonio cultural que produce la globalización exigen nuevos planteamientos en su concepción y tratamiento.

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