Aparentemente, México y el mundo vive un parteaguas histórico a raíz del brote del Covid-19 en China a finales del año pasado. Como hacía mucho que el mundo no experimentaba una pandemia de tales dimensiones, es una experiencia nueva y única para la mayoría de la población, al grado de afirmarse que nunca volveremos a la antigua “normalidad”.

Mucho se ha especulado de si se trata una conspiración mundial de los poderes hegemónicos para disminuir la población mundial o simplemente se trata de una nueva enfermedad que proviene del reino animal y que no se sabe a ciencia cierta cómo combatir. Es pronto para saberlo, sin embargo, las epidemias y pandemias han sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad y México no ha sido la excepción.

Hay algunas que son verdaderas historias de terror, como la peste negra del siglo XIV, que acabó con la mitad de la población europea, o la gripe española de principios del siglo XX que nuestros padres y abuelos recuerdan. Esta enfermedad mató aproximadamente a 40 millones de personas en todo el mundo.

En la antigüedad se creía que las epidemias eran castigo de Dios por el pecado y que era necesario hacer actos públicos de arrepentimiento y contrición, y así surgieron imágenes religiosas protectoras (o les adjudicaron dicha virtud a las ya existentes) y grupos flagelantes que recorrían los pueblos golpeándose la espalda hasta sangrar y haciendo penitencia, entre muchas otras manifestaciones de fe pública contra la enfermedad. La misma Virgen de Guadalupe fue invocada como protectora ante la epidemia de matlazáhuatl de 1737.

Prácticamente no se tiene información sobre las epidemias durante el periodo prehispánico, pero esas hicieron mucho ruido cuando llegaron a bordo de los barcos europeos a fines del siglo XV y principios del XVI. Se considera como el inicio de la guerra bacteriológica a las enfermedades traídas por los europeos a raíz de la conquista de América, aunque este efecto no haya sido deliberado.

Sin la inmunidad que otorga la misma enfermedad, las poblaciones prehispánicas fueron presa de dichas enfermedades. Se dice por ejemplo que un negro (Francisco de Eguía se llamaba) que venía con la hueste de Pánfilo de Narváez que envió Diego Velásquez desde Cuba para apresar a Hernán Cortés, diseminó a través del abasto de agua a la gran Tenochtitlán la viruela, y esa, se considera, fue la estocada final para acabar con la resistencia mexica y el triunfo español del 13 de agosto de 1521.

Los demógrafos del periodo colonial temprano calculan que la mortandad epidémica de origen europeo hizo pasar a la población nativa entre 1519 y 1600, de aproximadamente 20 millones a solo 2 millones de indígenas. A esto evidentemente, hay que agregarle la explotación y la propia guerra de conquista.

Hacia 1531 hubo una segunda peste que ahora se sabe fue sarampión que fue llamada záhuatl tepiton (lepra chica en náhuatl).

Otra epidemia devastadora ocurrió hacia 1545, se conoció como cocoliztli (simplemente “mal o enfermedad” en náhuatl), padecimiento viral que producía una fiebre hemorrágica. Estudios recientes demostraron que la salmonella entérica fue el agente causal. El “coco” que nos ha asustado desde niños tiene su origen en este concepto de enfermedad o mal.

Otras enfermedades que diezmaron a la población nativa de México fueron la parotiditis y el tifus El cocoliztli volvió a aparecer esporádicamente entre los siglos XVI y XVIII y en ocasiones se le llamó matlazáhuatl. Ese tuvo efectos devastadores en los periodos 1575-76, 1588, 1585-96, 1641, 1667 y 1698. No se sabe con certeza qué enfermedad era el matlazáhuatl pero algunos creen que era el tifus que se propagaba a través de ratas y piojos. Fue hasta el siglo XX que se inventó la vacuna contra el tifus, pero este sigue siendo mortal en el tercer mundo al igual que el ébola y la malaria.

Es paradójico que, con todo el avance científico, la población actual esté a merced del contagio y que de la misma forma que en el pasado, la mejor prevención sea la reclusión domiciliaria.

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