Errores humanos

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Roberto Pichardo Ramirez

El error es innato en los seres humanos. No obstante, y sin intenciones de caer en un lugar común, es bien sabido que el hombre es el único animal que tropieza dos –o mil– veces con la misma piedra. Nos equivocamos una y otra vez, todo el día, todos los días de nuestra vida. Sin embargo, no todos tienen el mismo derecho a equivocarse. En la vida pública existe un grupo selecto de profesionistas, hombres y mujeres, cuyo margen de error es cero: líderes mundiales, doctores, rescatistas, bomberos, detectives y, por su puesto, los árbitros en el deporte.
Desde pequeños, cuando se nos inculca el amor por el más apasionante de todos los deportes, aprendemos que la frase “árbitro vendido” es el arma principal de justificación cuando a tu equipo no le va bien. Goles anulados, partidos perdidos, campeonatos esfumados: todo es culpa del silbante. Hay muchas formas de referirse a un árbitro: referee, central o abanderado, juez, ciego, vendido, americanista, títere y una extensa variedad de alusiones a su orientación sexual y su progenitora que hacen que los 20 mil de paga por partido (más otro tanto de sueldo base mensual) valga cada centavo.
Pero nada de eso importa para los clubes. Muy pocas veces observamos a alguien con una postura neutral respecto al trabajo arbitral. Por el contrario, la mayoría de las veces nos topamos con personajes que tunden una y otra vez a los silbantes por desfavorecer a su equipo, pero los vemos callar cuando la balanza se ha inclinado a su favor. Algo así como una retórica al estilo Trump: “estoy en contra de todo aquel que no piense como yo”.
A lo largo de la historia hemos sido testigos de robos claros, descarados, insultantes y por demás ridículos. Desde la “mano de Dios”, pasando por el atraco a Inglaterra en el Mundial de Sudáfrica –o en casi todas las Copas del Mundo–, el de México a Panamá en la Copa Oro, del Barcelona al Chelsea y del Real Madrid al Atlético en Champions League. La opción que ya es palpable en algunas ligas es la tecnología: repeticiones, sensores en las porterías y otros recursos para evitar los escándalos que hoy nos ocupan.
No obstante, en retrospectiva, todo se remite a una constante ineludible: somos seres imperfectos. ¿Por qué la tecnología, extensión de nuestros sentidos, ha de ser perfecta?

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