ENID CARRILLO

“No es inútil viajar,
porque es cierto que todas las ciudades
amanecen de un modo parecido,
pero la noche llega en cada una
de manera distinta”

Luis García Montero

La ciudad es la invención humana más grande que existe. También es la más ambiciosa; la que más nos ha conmovido y, al mismo tiempo, la que más nos ha decepcionado. Las ciudades son gigantes inmóviles que se construyen sobre incalculables pedazos de tierra que nos exigen ser atravesados y alcanzados por encima de las posibilidades de nuestros cuerpos. Para transitarla hemos echado mano del ingenio y hemos creado formas y objetos para conquistarla, o al menos lo hemos intentado.

La ciudad nos enseña a movernos en ella, sus formas dictan las rutas a nuestra intuición y a nuestras capacidades físicas y económicas para elegir cómo recorrerla. A este fenómeno del recorrido se lo conoce como movilidad urbana y refiere a los desplazamientos que se producen en la ciudad con el objetivo de acortar las distancias entre lugares. Y es que en una ciudad las distancias son muchas, en ella conviven algunas que jamás podremos conquistar, como aquellas del pensamiento o la emoción; pero otras, que de a poco, hemos podido combatir… o al menos lo intentamos.

Hoy, algunos intrépidos le hacen frente a la separación montados en su bicicleta; pero la batalla es dura. La figura del ciclista urbano, contrario a lo que pudiera pensarse, no es universal. Hablar del ciclista en ciudades como Pachuca es hablar de un suicida en potencia. Análogamente, imaginar la figura del ciclista en las provincias latinoamericanas implica pensar en una persona con ciertos privilegios que elige pedalear como símbolo de una cultura de privilegios, civismo y una impuesta consciencia ambiental, pues como sabemos los de aquí: la bicicleta no es un medio de transporte funcional en ciudades planeadas para el automóvil.

No podemos darnos el lujo de romantizar el pedaleo, necesitamos ser objetivos porque el ciclista local dista de ser un ciudadano modelo, al menos no podemos generalizarlo; anda contra la corriente, literalmente, utiliza los carriles en dirección contraria a los coches y al transporte público; no aprecia la figura del peatón y tampoco respeta las señales de tránsito. Los ciclistas, al parecer, son mejores ciudadanos y las reglas no existen para ellos. Con esto no pretendo satanizarlos, pero más de uno estará de acuerdo con la descripción. Es cuestión de percepción.

Pero del otro lado de esta historia, los ciclistas también son valientes habitantes de las ciudades actuales que saben que su cuerpo es un motor, que montados en una bicicleta conquistan un poco aquello que se nos ha arrebatado y que, de tanto, ni siquiera sabemos cómo nombrarlo. Danzan en su bici entre el caos gris de la ciudad con el vals de cláxones e insultos expuestos al contacto, al desorden.

Y con todo eso, necesitamos bicicletas, sí. Necesitamos movernos de forma más libre, barata y segura. Pero antes, necesitamos desmitificar las promesas contemporáneas y decirlo en voz alta: el uso de la bicicleta no es innovador. Este transporte tiene más de 200 años de historia colectiva y, segura estoy, de que todos tenemos una historia personal con una bicicleta de la que nos caímos, con la que soñamos en los años nuevos de la infancia o esa que nos robaron en el estacionamiento de algún supermercado.

La verdadera innovación es tener una ciudad, es decir, un sistema de ciudad que soporte y apoye esta forma de movilidad, en la que se nos eduque para ser ciclistas; una ciudad con calles, parques y avenidas listas para ser transitadas por una bicicleta; ciudades que se dejen alcanzar en toda su belleza y toda su fealdad por los que les damos vida.

Esas ciudades existen, pero no son las nuestras. Pertenecen a una clase de ciudades privilegiadas que han sido planeadas desde la cabeza y no desde la necesidad y son un ejemplo de que el futuro existe, de que hay mejores formas de habitar y transitar. El camino es largo, la lucha naciente tiene muchas caras y voces, pero existe la posibilidad de que algún día, sin miedo al peligro, podamos pedalear a casa.

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