Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo como el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada”. El llano en llamas, Juan Rulfo.

La pobreza ha sido y es destrucción, un cetro de muerte, vergüenza de no ser eso que debíamos ser, la sombra miserable de una esperanza en agonía, monstruos que visitan nuestros sueños. Somos una sociedad con una extrema concentración de la riqueza, que la hace pobre. La pobreza no es nueva, ni es responsabilidad del neoliberalismo. En el siglo pasado, 1910 el noventa por ciento de la población era analfabeta, la pobreza, la miseria, empujó a cientos de miles de campesinos a luchar por tierra y libertad, de manera que, aseguraba Adolfo Gilly la revolución huele a tierra.

Entre finales de los cincuentas y los setentas, el modelo de Desarrollo Estabilizador consiguió mejorar la distribución del ingreso. Sin embargo, el incremento excesivo del déficit presupuestal (llego a ser del 16% del PIB); el endeudamiento, la incapacidad empresarial para transitar del modelo primario exportados al secundario, la petrolización de la economía, entre otras razones, hicieron inviable la continuidad del modelo.

Apareció como una realidad global el monetarismo, paradigma que suscribió la élite gobernante. Sus logros en México son evidentes: el equilibrio macroeconómico, que le ha dado estabilidad financiera, industrial, agrícola y exportadora al país.

Sería prolijo detallar las bondades que le ha permitido alcanzar a la economía mexicana este paradigma. Sin embargo, en el terreno de la mejora social, la distribución de la riqueza, el mejoramiento en la distribución del ingreso, hasta ahora, continúa siendo el grave déficit social desde los años setenta.

Es en ese contexto, que arranca la administración gubernamental en diciembre de 2018. Obviamente, esta conocía con precisión las enormes dificultades que debería enfrentar en el campo del crecimiento económico y el combate a la pobreza. Ese es un puerto de partida, nunca una conclusión, un puerto de llegada.

Desde diciembre de 2018, el gobierno federal sabía que estaba frente a un binomio complejo y de difícil solución, debería crear las condiciones para: alcanzar tasas crecientes del PIB y sentar las bases estructurales para superar la pobreza. No ha logrado ni lo uno, ni lo otro. Por eso era esperado con tanta expectativa el Informe (el primero de este año) que rendía el presidente de México.

Ese era el escenario y el mejor momento para proponer un proyecto de nación, pero no ocurrió, fue el discurso del no proyecto. Para el exsecretario de Hacienda Carlos Urzúa “el presidente López Obrador aún no alcanza a percibir la gravísima situación económica que estamos enfrentando debido al Covid-19”.

La 4T está aterida, lo reconoce así el documento de la SHCP que estima que el PIB en 2020 decrecerá hasta 3.

9 por ciento; Hacienda prevé que el escenario global resulte desfavorable nuevamente para el país, acepta que el balance público registrará un déficit de 3.3 por ciento del PIB.

El modelo económico de esta administración se empeña en continuar impulsando la relación corporativa, clientelar, cupular, ese es el eje de sus decisiones ¿Qué hacer frente a la adversidad? El retrato que hasta ahora ofrece la 4T es el de una propuesta errática, que hace lo que no debe hacer, es un movimiento trémulo, confuso, obscuro. Este movimiento quiere ser el borde del mar, el comienzo de la historia, pero hasta ahora es un desierto sin Sol y sin Luna.

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