Ella fue traicionada por su dispositivo. Posiblemente sus estudios, su profesión, su clase social, su autonomía económica, pero sobre todo su construcción feminista, le permitieron tomar su decisión:

“Me declaro absolutamente cobarde para enfrentar otra vez el reto maternal. Me declaro absolutamente egoísta porque en este momento pienso en mí y en mi desarrollo profesional. Me declaro absolutamente pecadora porque no quiero cumplir con los sagrados mandamientos. Me declaro absolutamente herida porque mi decisión no puede hacerme feliz.Me declaro absolutamente traicionada porque yo no elegí esta situación. Me declaro absolutamente deprimida porque preferiría no tener que decidir. Me declaro absolutamente inmoral porque no cumplo la ética patriarcal. Me declaro absolutamente valiente porque pese a todo dije no. Me declaro absolutamente responsable de mi cuerpo porque es mío. Me declaro absolutamente una mujer que está segura de interrumpir un embarazo no deseado.”

El caso de esa mujer, de 34 años, ocurrió cuando pese a usar método anticonceptivo, se embarazó sin desearlo ni planearlo. Al tener tres días de no menstruar prefirió acudir al médico, ella conocía su cuerpo y ese retraso no era normal. El médico, indiferente pero tajante, le dijo: “Si no lo planeó, pues ya se jodió”. Prefirió buscar otra ayuda. Si bien tenía un hijo que amaba y había sido planeado, las condiciones del segundo embarazo no eran nada ideales. Vivía una situación inestable con su pareja y eso la tenía en un estado de absoluta depresión. Acudió con una mujer médico con perspectiva feminista que le dio dos opciones: “Si lo quieres tener, te apoyamos. Si es un embarazo no deseado que te hace infeliz, te puedo recomendar con alguien”. Fue así como llegó con un médico, en una clínica clandestina: “Mi dedo pulgar sangra, lo muerdo de miedo, lo muerdo con desesperación, por solidaridad conmigo misma. Por algunos segundos o minutos el ginecólogo deja de bombear y pregunta si estoy bien. La última succión es terrible, siento que con ella se va la matriz, los ovarios, el corazón y mi alma. Solo alcanzo a musitar: “Adiós cosita, perdóname”.

Una mujer abortó y siempre ofrece públicamente su testimonio porque jamás lo hizo en tono triunfalista, lo vivió con dolor, pero con la certeza de que había sido su decisión. Seguramente en eso radique la postura de que el aborto es una epifanía de lo numinoso. Bien lo indicó la periodista y feminista Elsa Lever: “… lo numinoso es todo lo que escapa a la regla, es entonces potencia. Lo que amenaza las normas y las trastoca es, también, lo más fuerte. Y hay quienes prefieren aprovechar los poderes que da el sobrepasar reglas, asumiendo la angustia que ello supone. La trasgresión de la regla más respetada confiere poder, potencia numinosa, porque tiene la fortaleza suficiente para colarse fuera de la condición humana… la máxima expresión de la numinosidad es la sublimación, la armonía interior que permite al ser humano participar entre la condición humana y la potencia extrahumana, poque está hecha de cultura y naturaleza. En este nivel lo numinoso deja de ser angustiante para convertirse en potencia.”

Esa mujer, fui yo.

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