Caía la tarde en la airosa y húmeda plaza Mayor de la añeja villa del mineral de Pachuca, el tiempo era fresco con nublado cielo que cubría la ciudad de argento y se dejaban ver tímidamente y temerosas algunas estrellas, en esos años de la segunda mitad del siglo XX. La anciana abuela, tirando a su recua de pelones alrededor de la antigua plaza Real, Mayor, plaza de Mercaderes, plaza Constitución, en grandísimo suspiro, no se sabe si al de las palabras o a estas, repitió frases de Alejandro de Humboldt de cuando estuvo en Pachuca y México en los años 1798-1803 “así para conocer adecuadamente el origen de las artes es necesario estudiar la naturaleza del lugar que les vio nacer”.
Le brillaron los ojos y dijo conocer del acucioso historiador, investigador, escritor Joaquín García Icazbalceta “bibliófilo” que recibió en el siglo XIX, 1849, de manos de José María Andrade, otro enfermo igual que él que padecía de la necesidad de buscar en libros y documentos antiguos, en legajos amarillentos, en polvosas bibliotecas y húmedos conventos, el libro Diálogos latinos, escrito por el doctor Francisco Cervantes de Salazar, brillante profesor de la Real y Pontificia Universidad de México, salido de una de las primeras imprentas del virreinato novohispano, la de Juan Pablos 1554. Los diálogos, después conocidos como México en 1554, aseguraba que fueron escritos para ensalzar y vanagloriar a los gachupines invasores en la fundación de la ciudad novohispana y relatar la grandeza de la sede del nuevo virreinato español, la crónica del libro relata con “hermosa castilla del siglo XVI” por vez primera las plazas, las plazuelas, los canales, las fincas, las acequias y las calles de la nueva Ciudad de México.
“¡Ahí!” rugió la anciana, están perfectamente descritas las primeras calles callejones y callejas, las plazas y plazuelas de la nueva corona del virreinato, donde los españoles levantaron sus primeras casas, el recinto del cabildo, la herrería de fragua, las fundiciones, la picota, la horca, las viejas calzadas de agua, los enormes solares que se repartieron entre los gachupines vencedores, las largas calles de agua con sus diques. Ella dijo que fue la ciudad que en noviembre de 1521, por mandato de Hernando de Cortes, trazó el excelente “geométrico-lineador” don Alonso García Bravo, esa disposición del Marques del Valle de Oaxaca que tanto presumió al rey de las Españas Carlos V vanagloriándose de ella resaltaba “donde hay calles muy anchas, donde pueden andar 10 de acaballo, la otra de tierra muy derecha digo tiradas a cordel con importantes calzadas de agua como Tlacopan, Iztapalapan, Tepeaquilla… con acequias algunas que correspondían a las espaldas de las casas”.
De sus relatos volvía la viejilla a su realidad, postrada en una hermosa banca en esta principal plaza Real o plaza Mayor, Constitución, para nosotros dijo “es aquí la más vieja traza importante del real minero de la villa de Pachuca de la segunda mitad del siglo XVI”, está exactamente en la planicie de la desembocadura de la añeja barranca y cerro de la Santa Apolonia en el lado oriente del viejo arroyo de Pachuca. Este perímetro de la plaza con las características y exigencias de la corona española y la traza de influencia renacentista europea en su orientación al Norte tiene al templo y atrio católico romano de la Asunción de María de finales del siglo XVI, que se unía a una plazuela al sur de la finca de la Real Caja de Azogues, a solo unas 200 varas se encontraba y se miraban gruesas húmedas y altas bardas de piedra tierra y adobes que circundaban y protegían los ingenios mineros de Bartolomé de Medina la Purísima Grande aledaña a la de Prendes. Con enorme portón alto de grueso tablón claveteado con pesados y toscos herrajes, trancas y aldabones, fierros de fragua habilitados ingeniosamente.
La abuela compungida lamentaba no encontrar informes de la ubicación exacta de este acceso a los ingenios mineros de labor al Norte de la plaza Mayor, pero proveía sus curiosos pormenores a los pelones que no quitaban ni un segundo la atención, daba señas de los que ella recibió de sus viejos y a su vez los vio y recorrió como vestigios que existían en los inicios del siglo XX, los mismos de los que ahora quedan restos que están ahí esperando una seria investigación o sucumbir en la apatía e ignorancia.
La vieja aseguraba que esa puerta de acceso estuvo colocada hasta finales del siglo XIX a un costado del puente de tablones y tierra dicho Tello y a la hoy calleja Peñiñuri, que se unía al empedrado camino real-Galeana para seguir a los reales Mineros de Atotonilco el Chico y Real de Arriba. A ella le parecía que debió haber sido rara la ubicación y aspecto de aquella prístina ciudad minera, triste consiente de la vertiginosa destrucción del pasado de la falta de datos, señas y señales. Volvía a sus pensamientos a las palabras de Humboldt “uno lamenta que no estén acompañadas de estampas que puedan dar una idea exacta de tantos momentos destruidos por el fanatismo o arruinados por efectos de una culpable indiferencia”. Nuestra primera traza debió haberla hecho un principal o émulo de don Alonso Gracia Bravo a finales del siglo XVI o principios el siglo XVII.
El cascabel al gato suena. Ante la futura millonaria inversión de empresarios cerveceros en la zona de los llanos cebaderos de Apan, en pleno Altiplano, Fayad se la quiere cobijar declarando “pero estos logros no se dan por casualidad…”. En la decisión estratégica pesó más la compra de cientos de toneladas de cebada cosechada por agricultores de la región, la mano de obra barata y disponible dado los altos niveles de desempleo, las vías de comunicación carretera y las añejas vías FFCC al puerto de Veracruz, que el riesgo por el nivel de corrupción en el estado. La vieja abuela soltaría “ahora sí violín de rancho, hasta que te agarró un profesor”. ¡Ah! Igual declaró como disculpándose el aludido “…los empresarios cerveceros escogieron bien…”. Los que saben dicen que la decisión es resultado de seis años de trabajo en el proyecto de inversión.

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