A estas alturas del nuevo gobierno, casi todos, o todos, deberíamos estar enterados de las propuestas que contiene el llamado “Nuevo plan educativo de AMLO”, que básicamente se resume en 20 puntos que integran la propuesta de reforma educativa que se analiza y discute en las instancias institucionales que corresponden, propuesta que busca cambiar lo esencial de la última reforma educativa que aprobó el Congreso durante el sexenio pasado, encabezado por Enrique Peña Nieto y que fue duramentemente criticada y rechazada desde el gremio magisterial nacional.

Podríamos resumir el plan educativo en tres líneas de acción complementarias que buscan “responder a la demanda de los maestros para revalorizar su trabajo”. La primera de ellas enfatiza el papel fundamental del docente como agente de transformación social, la segunda considera la evaluación al docente como una instancia de diagnóstico para la capacitación y mejora y, la tercera, reafirma el derecho a la educación bajo la figura de la obligatoriedad de cursar todos los niveles educativos, incorporando en esta ocasión el nivel superior. Sin duda, eso fortalece a los académicos como actores principales de la calidad del sistema educativo, como ejecutores y evaluadores de su propio quehacer, privilegiando con ello la escolarización, es decir, la incorporación y permanencia en las aulas de todos los mexicanos en edad escolar, a nivel constitucional, olvidando la importancia del aprendizaje, es decir, de la adquisición de conocimientos y habilidades en un contexto de valores y actitudes acorde a la sociedad en la cual vivimos, que nos permite transformar y, al mismo tiempo, apropiarnos de ella.

Durante siglos, desde que existe el sistema educativo moderno, hemos privilegiado la institucionalidad del mismo, la escolarización como proceso de transmisión de los conocimientos y saberes que necesita nuestra sociedad para perdurar en el tiempo como un orden inminentemente humano. Sin embargo, olvidamos lo intrínsicamente conservador que resulta ese proceso cuando se busca transformar a la sociedad y generar bienestar, y no solo disciplinar, para mantener un orden. Así, el aprendizaje nos permite generar el conocimiento y las nuevas prácticas que harán de nuestra sociedad lo que deseamos en el futuro.

En ese sentido, para muchos no hay ninguna contradicción aparente entre escolarización y aprendizaje, son dos procesos que van de la mano y no existe uno sin el otro, por lo tanto, solo debemos preocuparnos de que los jóvenes lleguen a las aulas para lograr que tengan la información suficiente y necesaria que les transmite el profesor para cambiar y transformar nuestra sociedad. Esa cuestión no es menor, ya que se ha evidenciado hace ya algunos años que la sola escolarización no garantiza el aprendizaje, como ejemplo, hay millones de jóvenes que han cursado la primaria, pero en secundaria han demostrado que no saben leer ni escribir. La premisa es que todo el siglo pasado nunca se protegió el derecho al aprendizaje, solo a la escolarización. Difícilmente podremos enfrentar los desafíos del siglo XXI, con la sola escolarización y la acción de la mano invisible de los agentes de la transformación social.

La crisis del aprendizaje, como lo demuestran numerosos estudios, donde desatacan los del Banco Mundial, hace que la educación no sea un factor determinante para poner fin a la pobreza, ya que lo que hace es ampliar la brecha social. En efecto, esa falta de aprendizaje hace que muchos jóvenes que se encuentran en un contexto de desventaja lleguen a la edad adulta sin las habilidades necesarias para desenvolverse en la vida económica del país.

Sin lugar a dudas, el profesorado es un importante agente de transformación en el proceso educativo de los jóvenes, en especial de los más vulnerables, pero no podemos confundir escolarización con aprendizaje, ya que sin aprendizaje no hay nada y mientras este no se garantice para todos los mexicanos, no habrá transformación posible. Debemos atrevernos en estos momentos cruciales a pensar distinto y a colocar primero lo importante y luego lo que sigue, los actores del proceso educativo.

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