Un silbido a la distancia lo sacó de sus pensamientos. ¿Había llegado algún visitante o la hielera se había vuelto a descomponer? Esa misma noche lo quiso averiguar, pero el clima decía que los lustros sacaban ampollas. Corrió entre cactáceas y se encontró con el silencio. ¿Era una nube o un pájaro carpintero que otra vez no encontraba sus anteojos?

Compró una legua de sangre y se revolcó en arroz con leche. No era una idea cualquiera, se trataba de un anhelo nacido en el propio seno de sus agudas fiestas de aguamiel y de sus afiladas guayaberas con tenazas de cangrejo y bolsas en las canicas.

Con una sombrilla, espantó a los mosquitos. No tenía mucho calor y se refrescó con cenizas de barro mientras los vikingos alucinaban con faldas largas y jetas cortas. Los electrodos atacaban a los alacranes a la par en que los triángulos sufrían el declive de la civilización. No era nuevo, sucedió ayer y hace un milenio o dos, o tres o… ¡Gooool! ¿Quién habla? El que sea, lo que sea y donde sea; aunque sea…

Pero no era todo, era mucho ¿era suficiente? Érase que se era el inicio de otra era, guerrera más no postrera. Los alebrijes revoloteaban desde el submarino y aunque las botargas no se abotargaban, se cortaban las uñas como muestra de lealtad a sus fieles intestinos. En un desmedido arranque de orgullo, lamieron las botas de un desarrapado con lumbre en la saliva. No era muy humilde de su parte, pero las cloacas regalaban su etéreo perfume y la alegría se esparcía entre los contentos coetáneos subcutáneos que estaban aterrados.

No queriendo, se animó a participar en la repartición de participantes. Nada que ver. Las lágrimas le carcomieron los callos y las arracadas. Huyó de la escena, pero el cine lo alcanzó. Era una tragicomedia musical en un solo clavicordio con forma de abanico. ¡Oh sole mío! Sonó al rugir el cañón, pero ya sabemos cómo es, y por eso ya lo invitan.

Abrió la blusa y encontró una pluma, y una idea, y una musa, y una angustia, y un taller… ¿De hierro? No, de mentiras. Cobró a su presa y presuroso apresó una prisa. ¿Prisionera? Pintoresca. Abrió la caja. Pandora no estaba ¿De parte de quién? Salió a comer. No importa, la rosa se tiñó el pelo y el cabello rosa no le sienta mal. Las arrugas se alargaron y entonces, el horizonte cambió de rumbo, ya le había dicho que, si no se sabe regresar, mejor no salga, pero es necio y cargó su cruz de azufre cual brújula de rinoceronte en estampida.

Los dedos se fundieron, las teclas se callaron y el ímpetu cesó. Volteó por la ventana y meditó: “Es asombroso lo que puede generar un poco de tensión”. Tomó una taza, un bocadillo, una bocanada y un respiro.

Y allí paró.

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