En medio del bombardeo de noticias que dan seguimiento al contagio del Covid-19 en el mundo surgen otras líneas de noticias sobre las consecuencias indirectas de la situación a las que hay que voltear la mirada y que invitan a una serie de reflexiones necesarias.

Los reportes de calidad del aire de los lugares donde la gente debe guardar cuarentena reflejan disminución de los niveles de contaminación, la fauna retoma espacios que le ha arrebatado el desarrollo de pueblos y ciudades. Estos son algunos indicadores del impacto de la actividad humana en el planeta, vistos por nosotros mismos desde nuestras ventanas ahora que debemos mantenernos en la seguridad de nuestras viviendas.

Sorprende también el trato que se da a los animales, algunas noticias de abandono a los compañeros peludos por temor al contagio (infundado y desmitificado por expertos en salud y zoonosis), otras noticias sobre maltrato a los murciélagos tras asociarse la especie con el surgimiento del virus. Al parecer es muy frágil la relación que establecemos los humanos con el reino animal, el esparcimiento de noticias cuestionables rompe nuestra aparente armonía.

Si bien, es natural temerle a lo desconocido (y una enfermedad nueva es meritoria de tal sentimiento), justificamos en ese temor la toma de decisiones egoísta e impulsiva. Se pone sobre la mesa el debate del trato a las diferentes especies, se señala que, si los murciélagos viven libres del tráfico y la explotación en su contexto, son aliados para la vida humana gracias al control de plaga y su labor como polinizadores.

La irrupción de la vida humana en el mundo tiene claras evidencias, podemos cuestionar las prácticas que tenemos y que impactan en este momento. Lo que se vuelve menester es que estas experiencias, más que una tragedia, se conviertan en la oportunidad de generar un aprendizaje para el futuro inmediato.

¿Qué pasaría si encontramos una manera de convivir con las demás especies en el mismo hábitat? ¿Somos capaces de aprender un estilo de vida que genere menor contaminación? ¿Cuáles son las maneras sanas de relacionarnos entre nosotros mismos y con los animales (tanto los que son de compañía y los que no)? ¿Somos conscientes de los cambios que como humanidad podemos generar en el mundo? ¿Sabemos cuáles de nuestras actividades cotidianas impactan en estas noticias? Seguramente nuestras vidas se han visto modificadas en sus diferentes ámbitos: familiar, laboral, de esparcimiento, religioso, etcétera. Ya sea que mantengamos un periodo de cuarentena adoptando medidas diferentes o que debamos mantener en medida de lo posible la rutina, algunas cosas en nuestra cotidianidad han cambiado estas semanas.

Los seres humanos somos, como buenos mamíferos, seres de hábitos y trataremos de asirnos lo más posible a la vida a la que estamos acostumbrados. La percepción de cambio nos incomoda por naturaleza por el esfuerzo que nos exige y porque la mayoría de veces no estamos preparados para ello.

Sin embargo, tenemos en esto la decisión de nuestra actitud y la oportunidad de aprovechar esta coyuntura, podemos empezar a cuestionar nuestras prácticas, valorar cuáles aportan un beneficio o no, mantenerlas o modificarlas. Incluso la tarea de la reflexión es un paso que damos hacia adelante en este camino que se invita de aprendizaje.

Cuando un entorno se mueve (en justificación de una contingencia sanitaria) pongamos en ejercicio la observación global. Los procesos de aprendizaje no terminan, no son exclusivos de la infancia ni se limitan al entorno escolar. Hoy podemos aprender sobre lo que hacemos para mejorar el medio ambiente en el que vivimos.

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