Si bien el espacio público es un espacio de conflicto en el que fuerzas sociales, políticas y hasta económicas se desenvuelven, a su vez, éste le pertenece a la gente y puede ser o al menos buscar la forma de ser el espacio de consenso de las comunidades.
Desde el punto de vista del arte y la intervención artística el espacio público, entre otras características, no le pertenece a los artistas ni a nadie en particular, ni siquiera al Estado que es el que erróneamente se encarga de administrarlo. Los gobiernos incluso se apropian de éste para su beneficio personal como un espacio de manipulación social, desde la manifestación política permitida (solo si se alinea a sus intereses) hasta el lugar idóneo para el pan y el circo de una sociedad del espectáculo.
Sin embargo, se debe hacer una reflexión desde los aspectos sociales en los que el espacio público es un territorio, con todas sus connotaciones, que le pertenece a la gente que lo habita y lo circula, es éste el que ubica también los sentidos de identidad y pertenencia de los pueblos, la memoria y hasta las tradiciones. Es un espacio: colectivo, definido por la convivencia de infinitas individualidades que interactúan cotidianamente en él y por lo tanto tiene su carácter específico, sus propias dinámicas y una diversidad cultural sin parangón, desde la plazoleta más aislada en la montaña hasta los grandes zócalos y plazas de las grandes urbes, por ejemplo. Hoy todo inundado de espectaculares de empresas privadas.
Entonces, respetar el espacio público como tal es respetar también a la gente que lo cohabita, por lo tanto la obra de arte en determinado espacio debe de responder primero a las necesidades sociales, de identidad y políticas de la comunidad y no al ego de los creadores ni a las políticas estéticas de los regímenes y mucho menos a directrices comerciales de trasnacionales. Imponer en el espacio público es coadyuvar en las estrategias culturales diseñadas para desvincular toda participación o gestión colectiva, comunitaria, solidaria y por tanto humanitaria. Es desvincular a las comunidades de su memoria histórica, de sus formas de convivencia, de organización comunitaria, es facilitarle reductos al colonialismo y entregarle herramientas a los regímenes neoliberales que apuestan a la globalización de la cultura y el sometimiento de los pueblos al poder hegemónico como hemos podido constatar en reiteradas ocasiones.
Así, el “arte urbano”, esta nueva modalidad donde los teóricos del arte en el capitalismo descubrieron el hilo negro una vez más, se vuelve un escape y al mismo tiempo una respuesta contra el arte político. Obras hermosas estéticamente que invaden los espacios públicos pero carentes de contenido o de funcionalidad social. A esto que seudo artistas y seudo especialistas le dicen “neo muralismo” se le suma el carácter comercial de empresas patrocinadoras que ahora también rigen sobre las rutas artísticas “correctas” que se deben de plasmar en las obras.
Compañías trasnacionales que en complicidad con gobiernos locales y federales ahora también intervienen en el espacio público patrocinando obras “artísticas” que en su mayoría solo reflejan lo banal y comercial de los discursos del Estado y el capitalismo. Por supuesto, las obras con contenido político o social quedan excluidas. Así, compañías como la empresa fabricante de tenis Convers, la trasnacional pinturas Comex o esta empresa disfrazada de “festival artístico” e inspirada en el muralismo mexicano All City Canvas se han dedicado hacer el trabajo sucio de los gobiernos, alineando “artistas” urbanos y grafiteros a cambio de unas monedas e imponiendo sobre la voluntad popular el uso y distribución del espacio público comunitario para su beneficio privado.

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