A Rocío y Antonia,t
los dos amores de mi vida

La fábrica era muy grande y había en ella muchas trabajadoras y trabajadores, todas y todos vestidos de azul oscuro, con pantalón y chaquetilla de tergal. Las mujeres con el pelo recogido para evitar accidentes, los hombres con los dedos prestos para hurgar entre las máquinas, con las manos llenas de grasa. Ellas y ellos pensando en el baile del domingo.
El ruido insoportable, el algodón en minúsculas partículas incrustándose en los pulmones, siendo ya parte de cada organismo individual y de todos al unísono, sin distinción de sexo, edad o condición laboral; solo los oficinistas se libran de respirar esa contaminación de blancuras imperceptibles. El aire acondicionado al máximo, pero inservible. El calor asfixiante convertido en gotas gordas de sudor que caen en el metal frío.
La masa respira pero no encuentra oxígeno, no halla tampoco tiempo en el trabajo inmenso de esas nocturnidades insomnes. Otra exhalación. El corazón se acelera y busca refugio en las miradas cómplices de algunas con algunos, de estos con las otras y de estas con aquellos.
Pesadumbre en el enorme espacio, cansancio infinito que guía las agonías del trabajo; búsqueda incansable del salario por el sudor, que forma una marea irresistible que sube y se une a las nubes de algodón, que cae en forma de cascada por las rejillas de ventilación.
Entre todos esos pesares existe uno que importa a K, uno que lo siente en carne propia. Su mamá está ahí para alimentarlo, para que él pueda tener cubiertas sus necesidades. Es el desgaste de una mujer, pero sobre todo es el sacrificio de una madre por amor a su hijo. Él entonces lo ignora, pero ahora llora.
Agarra la mano de su mujer y le dice algo; ella sonríe y también le dice una cosa al oído, él también sonríe. Quien observa esa escena considera que ambos se están diciendo ternuras compartidas.
Vuelve K a acordarse de los espacios de su infancia, cuando se abría la boca inmensa de la fábrica y su mamá salía por ella respirando alegría al verlo; chiquito él, inmensa ella al contemplarlo. El portero, cancerbero de ese Hades moderno, los saluda. Ahora K ve ese pasado en los ojos de su esposa. Su tristeza se confunde con los susurros de airecillos tiernos de ella.
K no es capaz de encontrar una diferencia sustantiva entre el espacio de su mamá acercándose con una sonrisa de oreja a oreja, pese al cansancio de la noche eterna que arrastra tras de sí, y el de su mujer que comparte como unidad.
M es: el parque y la manzana; la lluvia que los moja en un abrazo; los primeros ojos después de la noche oscura, de las sombras negras de los objetos en la pared de enfrente; la mañana de luz diáfana que alumbra su destino. Es la vida misma hecha exactitud de encuentro.
Cae la tarde, la fábrica se hace más enorme, inmensa, lo engulle todo, se traga a las trabajadoras y trabajadores. Su mamá desaparece entre sus fauces. Su mujer también desaparece en la esquina de una calle desconocida de hace 10 años.
Los espacios se bifurcan, se confunden, son puzles para armar con piezas que no encajan, composiciones que cambian. K permanece sentado en su mecedora viviendo un recuerdo construido: la Mirinda está sabrosa, la mamá le acaricia el cabello.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.