La reciente visita (hace una semana) a nuestro país de Steven Levitsky, coautor con Daniel Ziblatt de un libro fundamental para entender el sinuoso y muchas veces difícil camino de la democracia: ¿Cómo mueren las democracias? Levitsky fue invitado por el Colegio de México a impartir dos conferencias.

La tesis central es que las democracias pueden ser frágiles, débiles, se pueden colapsar, son procesos reversibles por diversos motivos: expectativas incumplidas y/o ascenso de nuevas expectativas y exigencias sociales, es decir, la democracia puede morir a manos de gobiernos elegidos democráticamente que se sirven de ella para construir regímenes autoritarios, ejemplos sobran: la Venezuela de Hugo Chávez; Nicaragua; Rusia; Hungría. Frente a este escenario, es necesaria una opinión pública, una defensa irrestricta de la cultura de respeto hacia el Estado de Derecho capaz de enfrentar los intentos por debilitar instancias e instituciones que garantizan el pluralismo, la prensa crítica, la separación de poderes, un árbitro electoral sólido, independiente, transparente.

En esta ruta, donde las democracias languidecen, agonizan o mueren, es importante preguntarse porque los ciudadanos promueven, buscan y/o aceptan (con su voto) un presidente y una presidencia inmaculada, milagrosa, un personaje que, como describía Daniel Cosío Villegas, al entonces presidente Luis Echeverría, sea “el gran dispensador de bienes y favores, aun de milagros”. En México, este comportamiento no es reciente, ni mucho menos, por el contrario, ha sido una práctica constante a lo largo de su historia; así lo analiza el escritor y ex secretario de Educación Agustín Yáñez en su estudio Santa Anna espectro de una sociedad en este importante texto se plantea: “¿Cómo, en efecto, un individuo descalificado por modo absoluto –según la opinión dominante– pudo sacudir a un pueblo y llevarlo, con dócil textura, de los arrebatos del entusiasmo heroico a las furias desbocadas del odio? ¿Cómo una y muchas veces caído, pudo no solo levantarse sino hacerse levantar, obtener a cada vuelta redoblado poderío, hasta conseguir finalmente la máxima dictadura? ¿Qué clase de hombres eran sus coetáneos: estadistas, políticos, militares, clérigos, aristócratas, intelectuales, rentistas, todos avasallados por semejante personalidad? ¿Qué pueblo era ese, sometido a quien tras amargas experiencias regresaba entre aclamaciones? ¿Fue solo dolencia de una época que no afectó a la médula de la sociedad?”. La mirada aguda del historiador penetra las emociones, la aridez de los hechos, la lógica que representa distintas realidades, desde ese mirador concluye: “Santa Anna es el espectro donde se miran diferenciados los elementos de la sociedad mexicana en el periodo que va de la Independencia a la Reforma. El caudillo es fiel expresión de su pueblo y de su tiempo, que le permitieron encumbrarse porque hallaban cumplido en él, mejor que en otro alguno, el carácter dominante de las aspiraciones colectivas… Se buscaba, sobre todo, la verificación de la sociedad, practicada en la imagen y semejanza del individuo que presidió a la República en graves momentos”.

Santa Anna era el espejo empañado, oblicuo, borroso, donde se miraba la sociedad. Esa época dolorosa y terrible de la historia de México debería servir para alertar sobre los caudillos que vuelven como sombras del pasado, que se resisten a marcharse. Hoy, los caudillos “aunque pueden surgir de procesos democráticos, el populismo deriva en la antidemocracia debido a la personalización del poder: el populismo procede inevitablemente a exaltar y asegurar el papel prominente y el poder del líder. Esto ocurre por la simple razón de que el éxito de la narrativa descansa en el éxito del líder y ambos dependen de la autoridad del líder sobre el pueblo y sus partes” (Raúl Trejo Delarbre). Los ciudadanos deben ser vigilantes de que los avances democráticos no se transformen es retrocesos autoritarios.

Comentarios