Empezó a preguntarse muy joven sobre las oportunidades que le brindaría la vida y si sabría aprovecharlas o las desperdiciaría al no verlas venir e irse por otro camino que, en ese momento, viera más promisorio.

La verdad es que pasado el tiempo se dio cuenta de lo absurdo de esas inquietudes y el daño que le habían hecho: le habían impedido ser feliz, aunque tan solo de una forma incierta.

Sus caminos se habían bifurcado, habían formado raíces laberínticas por las que atravesaba con algunos afanes y demasiados cuidados. También con un sentimiento de pérdida.

Ahora, al final de su vida, hacía un recuento de todo aquello y se sentía un tanto desdichado por cómo la había enfrentado. Si fuera ahora, se decía, hubiese actuado de tal o cual forma diferente, pero no de la manera ilusoria en que lo había hecho.

En cierto modo, pese a esos pequeños reclamos que se hacía, se daba perfecta cuenta de algunas cosas esenciales, entre ellas no era menor la de que había sido un buen hombre con una excelente esposa e hijos y unos magníficos amigos.

Algo había tenido que haber hecho bien para merecer a esas personas, que en conjunto lo habían acompañado por el trecho más largo de su vida. “Si hubiese sido mala persona con ellos hace tiempo lo hubiesen dejado a su suerte”, pensaba.

Aquello no había sucedido, pues después de tanto camino recorrido los que seguían con vida seguían apreciándolo como el primer día. Por si eso fuera poco, sus hijos permanecían a su lado cuidándolo y al pendiente de él.

Nada le faltaba ni nada le había faltado nunca, mucho menos afecto. Entonces, por qué se sentía de aquella manera, tan próxima a la frustración que apenas sí podía ser otra cosa distinta.

Hizo un gran esfuerzo por recordar las esperanzas que había tenido de niño y en cómo le había ido con ellas. Se sorprendió al comprobar que ninguna se había cumplido: todas habían quedado en el olvido demasiado pronto.

Una a una las había considerado caprichos que debían ser descartados a la edad adulta. Nada de viajar por todo el mundo en globo rescatando princesas de la India de una turba furiosa, nada de ver un rayo verde en el confín del mundo.

La oficina se había tragado, masticado hasta el último de sus sueños, engulléndolos con las fauces de la rutina. Se miró al espejo y su imagen de viejo se reflejó en sus ojos. Salió huyendo allí, de sí mismo. Ya no recordaba.

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