En la época dorada del capitalismo mundial, y en México durante el llamado desarrollo estabilizador, situado en la segunda posguerra, el entorno permitió un crecimiento económico sostenido que se extendió de la década de 1950 hasta la de 1970, crecimiento que no se ha podido replicar en los últimos 40 años.

Sin embargo, ese crecimiento estuvo basado en condiciones externas que favorecieron un tipo de cambio estable, con poder adquisitivo de la moneda mexicana, pero sin fortalecer las entrañas de la estructura económica mexicana, con una clase empresarial sobreprotegida, poco competitiva, con baja productividad y casi nula innovación tecnológica, que tampoco fue redistributivo para toda la población.

En la década de 1970 se experimentó un cambio mundial, entre otras situaciones, el agotamiento del sistema de producción fordista, derogación de los acuerdos de Bretton Woods y conflictos en Medio Oriente, mientras en México se buscó un desarrollo compartido, a través de la participación más activa del Estado. No obstante, en la búsqueda de un crecimiento redistributivo se descuidó el equilibrio macroeconómico, elevando el déficit fiscal y el externo, con una inflación de dos dígitos; el peso mexicano se sobrevaluó y las reservas que lo sostenían se agotaron para terminar con una dolorosa devaluación e importante pérdida del poder adquisitivo de la población.

Para finales de la década de 1970 se descubrieron grandes yacimientos de petróleo que profundizaron el gasto desmedido del Estado, sin transformar de fondo la estructura económica, y el desafío importante era cómo administrar la abundancia, sin atender los equilibrios macroeconómicos. Ante el enorme flujo de dólares por concepto de exportaciones petroleras, el Estado se endeudó con el exterior y agravó aún más el déficit fiscal y de cuenta corriente. Se decretaron aumentos de salarios sin estar respaldados por crecimiento y productividad, y de nuevo la moneda mexicana experimentó una devaluación traumática.

Ante una enorme deuda con el exterior y un abrupto aumento en las tasas de interés internacionales, entramos en la llamada crisis de la deuda, que tardó una década en resolver los desequilibrios con ayuda del Plan Brady a finales de la década de 1980, para reestructurar la deuda, y un cambio en la estrategia bajo la necesidad de controlar la inflación, que llegó a tres dígitos.

A partir de la década de 1990 se logró controlar la inflación y reducir el déficit fiscal; disminuyó el gasto de operación del Estado, reduciendo su tamaño y vendiendo empresas estatales poco competitivas que ofrecían todo tipo de bienes y servicios a la población. Se decidió abrir la economía al exterior, buscando generar nuestras propias divisas y después de una década de nulo crecimiento se volvió a crecer. Sin embargo, no se cuidaron los equilibrios macroeconómicos en un contexto global y se gestó un nuevo déficit externo, alimentado principalmente por flujos de dólares muy volátiles en inversión de portafolio.

Tras la crisis de finales de 1994 se volvió a experimentar una devaluación que configuró una nueva crisis, pero ahora con una salida casi inmediata bajo un efecto de arrastre por parte de Estados Unidos (EU), que vivía una década de crecimiento basada en la masificación informática, y México se encontraba inserto en una dinámica de integración maquiladora exportadora.

Para finales de esa década se volvió a priorizar el equilibrio macroeconómico con un banco central autónomo, un régimen cambiario flexible y un déficit fiscal moderado; se consiguió estabilidad de precios. Sin embargo, no se han logrado alcanzar las tasas que el país necesita para lograr el tan esperado desarrollo económico que permita una mayor distribución del ingreso y terminar con el lastre histórico de la pobreza. Si bien la estabilidad macroeconómica ha sido fundamental para no volver a sufrir crisis como las que habían golpeado al país, ello es solo una parte de lo que México necesita para vencer sus enormes retos en desigualdad; se necesita una transformación de la estructura productiva, basada en innovación, transferencia tecnológica, crecimiento de la productividad laboral, el desarrollo de una clase empresarial competitiva que a su vez desarrolle nuevas marcas que compitan en el mundo y un gobierno sólido que garantice un Estado de Derecho.

De esa manera, estarán potencializándose las variables que conforman el producto interno bruto (PIB) y se experimentará un crecimiento basado en un núcleo de acumulación sólido. Por ejemplo, algunos países latinoamericanos vivieron gran crecimiento económico tras un periodo de altos precios de materias básicas, sin embargo, con ese ingreso extraordinario no lograron transformar su estructura económica y han continuado como economías rentistas, con grandes problemas estructurales y actuales crisis económicas, como Argentina.

Como no ha existido esa transformación económica para nuestro país, no es posible terminar con el libre comercio, puesto que existe una dependencia macroeconómica al flujo de divisas del exterior para mantener el tipo de cambio, reservas internacionales, disminuir el déficit de cuenta corriente y obtener dólares para importar bienes y servicios que no se producen en el país y que se han vuelto tan necesarios en la vida cotidiana del ser humano, en una era tecnológica global.

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