Puede parecer drástico este término porque significa el estado más grave de escasez y falta de acceso de alimentos, ya sea por guerras, pobreza generalizada, impactos del cambio climático y claro hoy, por las condiciones de la pandemia que no hemos podido, ya no eliminar, sino tan solo desacelerar.

¿Acaso la ciencia y la tecnología están fallando a la humanidad? La pandemia es un desafío a la investigación, pero ¿esta situación propiciará que se revisen las políticas públicas sobre investigación farmacéutica? sobre todo en apoyos presupuestales a la investigación, o ¿siempre serán las trasnacionales las que realicen la investigación, propiedad intelectual y por ende sean las propietarias de las vacunas y medicamentos, estableciendo sus precios de venta, fuera del alcance social? Ya veremos.

En la medida que el PIB per cápita decrece, se incrementa la pobreza extrema, al profundizarse la recesión económica, la pobreza y el hambre están aumentando, lesionándose seriamente la seguridad y la soberanía alimentaria, conceptos diferentes pero convergen en una situación de crisis estructurales, que ya se venían registrando, pero hoy a consecuencia de la pandemia se están profundizando.

La seguridad alimentaria se logra, según la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cuando todas las personas, a nivel individual, familiar, nacional, regional y global tienen en todo momento, acceso físico y económico a suficientes alimentos, sanos y nutritivos, que les permiten satisfacer sus necesidades y sus preferencias, para llevar una vida activa y sana.

Soberanía Alimentaria es el derecho de cada nación a mantener y desarrollar su capacidad de producir alimentos básicos, en lo concerniente a la diversidad cultural, productiva y el derecho a producir su propio alimento, en su propio territorio.

En el Forum de Organizaciones no Gubernamentales y Organizaciones de la Sociedad Civil, en 2002, se concluyó que la soberanía alimentaria sostiene la alimentación de un pueblo, por lo tanto es un asunto que se torna de seguridad y de soberanía nacional.

Lo que implica que no solo las grandes trasnacionales sean las que determinen las redes de investigación y desarrollo tecnológico, sustentando sus cadenas productivas, donde la competencia se centra en el desarrollo de nuevas tecnologías, como la agricultura sin agricultores, la aplicación del glifosato y semillas transgénicas, para reducir costos de producción, dañando los cultivos tradicionales.

Soberanía alimentaria significa también no depender ni tecnológicamente ni de las importaciones de alimentos, porque las superpotencias los utilizan como instrumento de presión política; ¿acaso esto está previsto en el T-MEC? También debería de crearse la soberanía científico-tecnológica, que podría entenderse como el derecho de que cada nación desarrolle sus capacidades tecnológicas, donde los centros públicos de investigación y las instituciones públicas de educación superior cuenten con los recursos necesarios para desarrollar las capacidades científico-tecnológicas del país, atendiendo las necesidades de productividad, sustentabilidad y competitividad de la estructura productiva nacional como del sector público de salud.

El colapso económico tendrá efectos mayores todavía, no será el optimismo oficial, ni el catastrofismo de la ultra derecha panista y comparsas sino la objetividad, lo que nos puede guiar hacia la aplicación de estrategias más allá de las coyunturales como los apoyos financieros a jóvenes y a las personas de la tercera edad.

La problemática estructural hace imprescindible e impostergable insertarse en la dinámica de una investigación y un desarrollo tecnológico, que lleve a los pequeños productores del campo, a utilizar riego inteligente, drones, software especializado, geolocalización, así como la captación de información sobre el estrés hídrico de los cultivos, las deficiencias nutricionales de las plantas, la incidencia de las plagas, así como el estado de desarrollo y fenológico de las plantas.

Pero sobre todo entender y aplicar la agricultura regenerativa que se sustenta en dos vertientes principales: una es la producción de alimentos de alta calidad y la otra mejorar los ecosistemas naturales, reconociendo la complejidad de la tecnología natural, los mecanismos y procesos de las zonas cultivables, en sí una comprensión científica del suelo, el agua y las relaciones existentes entre los ecosistemas naturales, para crear un sistema alimentario que produzca suficientes alimentos saludables, accesibles y competitivos. De no hacerlo la hambruna nos puede alcanzar.

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