“El silencio” “Los pájaros desde el silencio cantan.

Desde enjambres de amor y de tormento cantan.

Desde prisiones y en la dilatada casa del aire cantan.

Entre cipreses de la muerte cantan.

Pero un pájaro solo que ha atravesado el Fuego solo en lo alto solo y extático en misteriosos cielos de silencio y alma canta.”

No todas las princesas esperan ser rescatadas por un príncipe, ni esperan el beso del verdadero amor, no todas las princesas son frágiles. Existieron princesas que tuvieron mayor gallardía que muchos que les eran contemporáneos o les antecedieron, incluso, algunas princesas no tuvieron castillo. Esas mujeres son las que buscaron cambiar la historia, las que en su búsqueda lograron hacer el cambio en sus vidas, pero también son las mujeres que apostaron todo, para no dejar que las limitaciones de la sociedad les impidieran ser exitosas y diferentes.

Es así que inició esa historia de ciencia, números y letras que domaron el corazón de una mujer. Mujer apasionada, de temple firme e indiscutible, de ella que se hizo leyenda, con mucha afición por las letras y las matemáticas, por ello, siempre vio a la poesía y a las matemáticas como una relación estrecha, debido a su gran capacidad para profundizar en la realidad, lo que no se puede ver a simple vista. Aspecto que no todas las personas pueden hacer, cuando se habla de Esther Cáceres, se habla de una leyenda. Nació en Montevideo, el 4 de septiembre de1903, en una familia de clase media acomodada, lo cual la hizo afortunada, ya que gracias a eso, tuvo acceso a la cultura, aun cuando desde niña lucho en contra de los prejuicios.

Fue hija de madre soltera, por lo que se crio en casa de su abuelo, quien vendía productos y artesanías de oro y plata, le enseño severa disciplina y desde luego la acerco al arte y a las letras; conto también con el apoyo de uno de sus tíos el doctor Luis Correch, quien fue su sustento para poder realizar sus sueños. Claro que es importante remarcar que aun cuando la vida le dio algunas facilidades, nunca falto el compromiso y la audacia de Esther para comprometerse con lo que amaba y disfrutaba hacer, estudiar. Quizás su tío, su mamá y su abuelo, siempre supieron que la mejor herencia que le podían dejar, era el acceso a la educación y al conocimiento.

Los estudios que realizó, fueron de medicina en la Universidad de Mujeres, de Montevideo, y ahí fue alumna de María Eugenia Vaz Ferreira, mujer a la que admiraba de manera profunda y que se podría decir, influyo en su vida y sus decisiones. De estudiante, conoció al doctor Alfredo Cacéres, quien era un destacado médico psiquiatra; se conocieron debido a que el doctor Alfredo era hermano mayor de un compañero de clases, y terminando su carrera se casó con él.

Se graduó de la carrera de medicina, en noviembre de 1929 siendo la única mujer en su generación y también en comenzar su labor como médica inspectora del asilo Dámaso Larrañaga. En ese mismo año y gracias a su gran talento, publicó su primer libro de poesía, sí, así es, Esther era una poeta que amaba expresar los sucesos espirituales a través de la poesía, por lo que su primer libro se tituló Las ínsulas extrañas.

Ese libro contiene 20 poemas que se comulgan con un alma ardiente y delicada, ungida de piedad y melancolía, expresados a través de la soledad en busca de un dios: “Lo que voy a decir aquí es mi agonía, mi lucha por el cristianismo, la agonía del cristianismo en mí, su muerte y resurrección en cada momento de mi vida íntima. Esta agonía sintió San Pablo, que sentía nacer y agonizar y morir en él a Cristo” (Poema titulado “Unamuno” en su libro Las ínsulas extrañas, 1929).

En los siguientes años continuo con sus escritos y su pasión literaria, pero además, ejerció la medicina en el hospital Maciel y en la intendencia de Montevideo. Esther tuvo la oportunidad de dar numerosas conferencias sobre literatura, filosofía, arte y religión. También fue profesora de literatura en secundaria y en el instituto normal, pero de ninguna manera se permitió abandonar la medicina ni la poesía, hacía todas a la vez. De 1945 a 1948 estudió en La Sorbona. También fue agregada cultural de la embajada de Uruguay en Washington, y desde 1961 integró la Academia Nacional de Letras, organismo al que representó en varios congresos internacionales (Piaggio).

Su poesía estaba cargada de simbolismos respecto a los goces y dolores de la vida, con perspectiva religiosa, y la búsqueda espiritual. Durante su juventud fue de pensamientos anarquistas siendo activista en el Partido Socialista. Cuando entró al cristianismo se sintió completa con su fe, sus ideas políticas y su filosofía, brindó ayuda a diferentes artistas y escritores. Su hogar fue el punto de reunión para que asistieran intelectuales de su época, en el último piso del edificio Rex.

Su actividad literaria le permitió escribir en prosa: Las ínsulas extrañas de 1929, Canción de Esther de Cáceres de 1931, Libro de la soledad de 1933, Los cielos de 1935, Cruz y éxtasis de la pasión de 1937, El alma y el ángel de 1937, Espejo sin muerte de 1941, Concierto de amor de 1944. Antología de 1945, etcétera. Además escribió artículos y ensayos, ejemplo de ellos los siguientes: “En el crepúsculo me voy encontrando” de la Revista Cartel, Montevideo, 1930. “Carlos Vaz Ferreira y la cultura uruguaya”, el Liceo Santo Domingo, número 14. Montevideo, 1949.

Es importante mencionar que Esther, viajó a Uruguay para recibir el Premio Nacional de Literatura, en los años 1933,1934 y 1941. Viajó a París donde estudió de 1945 a 1948, luego a Estados Unidos integrándose a la Academia Nacional de Letras desde 1961, finalmente, fundó y presidió el Museo Torres García, en honor al pintor Joaquín Torres García.

Esther murió de 67 años en España en 1971. Es importante reconocer su gran talento, personalidad y compromiso consigo misma, siempre con la convicción de hacer algo distinto que cambiaría el rumbo de su vida y la de otros, por supuesto con la mirada puesta en la rebeldía y sus ganas de cambiar el mundo, perteneciendo a una familia acomodada en algunos aspectos de su vida, sin embargo, nunca dejó de pensar en aquellos desposeídos por los privilegios que ella tenía, y en expresar por medio de la poesía sus pensamientos e ideas para con el mundo que le rodeaba y lo que realmente sentía. Adiós encantadoras poesías.

“¡Soy yo, soy yo, yo misma perdida entre los árboles, sola entre oscuros árboles! ¡Soy yo, soy yo, yo misma en cristal apagado y dormidos esmaltes!”

Comentarios