JEANNINE ZAMBRANO
Pachuca.- Esther Díaz es una referente en el pensamiento contemporáneo en torno a la sexualidad. Feminista, argentina, doctora en filosofía, autora de varios libros y ensayos, foucaultiana y deleuziana, de raros peinados y cara de niña traviesa, esa filósofa es también una escritora fascinante. Su libro de relatos El himen como obstáculo epistemológico escapa a todos los convencionalismos literarios y recrea historias donde tienen cabida las más diversas prácticas sexuales: de ricos y pobres, posmodernos y románticos, hombres y mujeres, niños y ancianos. Un libro que ha dejado en shock a más de uno.

Ha publicado varios artículos y libros de filosofía que son casi obligada materia de consulta de todo intelectual y toda feminista posmodernos (posmodernos en el mejor sentido, no en el de moda ni de pose).

Aquí, algunas citas claves del pensamiento de Díaz sobre la sexualidad, la obra de Foucault, Lacan, los platónicos y los románticos.

“Foucault se dio cuenta de que la sexualidad es un invento moderno, la sexualidad no existía antes del siglo XVIII. No es que no hubiese nada, lo que había era carne. No había una construcción histórico-cultural, que es mucho más que genitalidad. Lo que no existía es todo el imaginario social que hecho alrededor de la genitalidad y el deseo. Hoy puede haber luces, olores, figuras, que son sexuales aunque no estén mostrando ningún órgano sexual, porque hemos hecho todo un imaginario a partir del deseo, que corresponden a nuestra determinada época histórica.

“La locura y la muerte, para los románticos, dejan de ser un medio y pasan a ser un fin. En el ideal platónico, la manía y el anonadamiento constituían un camino de renuncia al sí mismo para acceder a una trascendencia que retornaba enriquecida a la comunidad. En cambio, para el romántico, Eros se ensimisma en la subjetividad. El amor aniquila al amante, lo trastorna, lo mata. Hay que morir de amor o matar por amor; en ambos, hay locura de amor. Hay que manchar las blancas camelias con rojos vómitos de sangre, como la Margarita Gautier de Alejandro Dumas.

“A veces, parecería que, en el romanticismo lo más importante es el otro, ya que se enloquece o se muere por amor a otra persona. Y eso podría interpretarse como un modo de trascendencia. Pero si se adopta esa postura, lo que no es tomado en cuenta es que –en realidad– se enloquece o se muere por uno mismo. Lo que no es posible soportar es la herida narcisista. Ese dolor profundo, ese ataque al yo que significa la indiferencia, el desprecio o el abandono. En el romántico la energía erótica se vuelve sobre el sujeto, destruyéndolo. Hegel categorizó la figura histórica del romanticismo como “alma bella”. Es el alma que sufre por la belleza pero se agota en el anhelo, ensimismándose en la subjetividad.

“El poder es una relación, una acción ejercida por unos sobre otros. Quienes ejercen poder intentan dirigir las conductas de los demás. Estos últimos, por su parte, pueden resistir. De ese interjuego entre poder y resistencia surgen relaciones estratégicas. Una manera muy eficaz de ejercer poder es apuntar al deseo del otro. Reglamentar lo que el otro debe hacer con su cuerpo, con sus apetitos, con sus presuntos placeres. Eso es logrado por medio de discursos, normas, planificaciones y prácticas que circulan capilarmente por la sociedad, y atraviesan ámbitos jurídicos, castrenses, escolares, familiares, religiosos, recreativos, morales, tecnocientíficos y gubernamentales. El objetivo no suele ser reprimir, sino obtener diversos resultados; por ejemplo, eficacia económica, obediencia laboral o sometimiento moral.

“Una vez que puesto en marcha un dispositivo de poder se producen dos corrientes de efectos: los buscados y los no buscados. Se trata de una especie de astucia del dispositivo, de un plus. Cierto ejercicio de poder busca constituir sujetos dóciles, manejables e intercambiables, y llegado el caso, descartables. No obstante, al operar sobre su deseo, lo provocan y producen sexualidad. La sexualidad sería impensable sin los discursos que se ocupan de ella.

“Las historias bíblicas abundan en ese tipo de incentivos. Reyes, como Salomón, que en su senectud “es pervertido” por exóticas mujeres (tuvo alrededor de mil). Poderosos, como David, que viola y embaraza a una vecina casada, sacando del medio al marido por el simple trámite de mandarlo al frente en una batalla. También hay hijas, como las de Lot, que emborrachan a su padre para engendrar hijos con él. O mujeres estériles, como Sara, que introduce en el lecho de su esposo a una joven esclava para que le dé descendencia. Existen asimismo bellas prostitutas como María Magdalena, que, aun convertida, no olvida sus seductoras artes y perfuma con esencias los pies del señor. Sin olvidar las poesías, como El cantar de los cantares, que será una metáfora del amor divino, pero es bastante explícito respecto del amor humano.

“Es obvio que desde que existen seres humanos existió genitalidad. Pero el concepto de sexualidad implica mucho más que diferencia genital. La sexualidad constituye un conjunto de prácticas, discursos, normas, reglas, sobreentendidos, miradas y actitudes del orden del deseo, relacionadas no solo con lo genital, sino también con todos los orificios, las eminencias y las mucosas propias y ajenas. Las significaciones se hacen extensivas al cuerpo en general y también a animales y objetos. El imaginario de la sexualidad alcanza asimismo a ciertas músicas, figuras, olores, colores, ademanes, temperaturas, texturas y –en nuestro tiempo– también a los medios masivos y digitales.

“El deseo, en sí mismo no tiene objeto, simplemente desea. Pero cuando se quiere ejercer dominio sobre los cuerpos o la vida de las poblaciones, el deseo es codificado, le dan una representación, construyen objetos de deseo. Luego se establece lo que es “normal” en la búsqueda de satisfacción y se sanciona a quien no se atiene en esa pretendida normalidad. La sexualidad es una codificación del deseo, no es deseo en estado puro.

“La modernidad fue hipersexualista. La moralina victoriana es prueba fehaciente de ello, con la excusa de elidir la manifestación de los sentimientos, la exposición de los cuerpos y la satisfacción de las pulsiones, desplegaba un escenario social en el que todo el mundo estaba pendiente de aquello de lo que no era hablado. Con la excusa de higienizar las costumbres, se hurgaba en los más intrincados recovecos del deseo y con la de fortalecer la moral mediante la abstinencia se gestaban las más recónditas perversiones.

“El hipersexualismo entonces tiene su nacimiento histórico en la madurez moderna, nosotros simplemente estamos asistiendo a su defunción. La sexualidad –tal como la entendió la modernidad– es una estrella apagada. Pero cuando todavía esa estrella brillaba con luz propia se constituyó la figura de la histeria como paradigma de la frustración. También esa figura está perdiendo vigencia. La satisfacción actual ya no responde obligatoriamente al presupuesto de la penetración, la eyaculación y el orgasmo pénico-vaginal. Nuevas prácticas sociales han creado nuevas representaciones del deseo. Por su parte, la masturbación, tan despreciada hasta las postrimerías del siglo XX, ha comenzado a mostrar sus virtudes en épocas de mediatización, biotecnología, informática y sida.

“¿Una nueva histeria navega en el ciberespacio? Sí, porque elidir el cuerpo material en las relaciones eróticas no necesariamente significa “histeria” en sentido freudiano. Significa más bien la instauración de nuevas formas de realización del deseo que, como no podría ser de otra manera, traen aparejadas nuevas formas de satisfacción y, obviamente, también de frustración.

“¿El sexo virtual es una forma actual de la histeria actual y diferente? Hoy, quien se excita y excita, a través de los medios sin consumación carnal, no necesariamente queda insatisfecho como el histérico decimonónico; porque siendo otras las formas de desear, otras son también
las formas de disfrutar.”

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