Alfonso Cuarón nunca quiso desafiar a la expectativa del público al darse el lujo de rodar sin ataduras, de crear un filme para la satisfacción personal después de haberse rendido a las exigencias de Hollywood, gracias a lo cual se convirtió en el primer cineasta mexicano en ganar una estatuilla de la caprichosa academia del Oscar.

No quiso hacerlo, pero Roma, que ya cosecha las palmas de la crítica festivalera internacional, apareció para desconcertar aquello que el público pensó que vería del hijo que volvió a su tierra, ataviado de éxitos, para hacer lo que más le apasiona. A muy pocos les interesó que se tratara de un ejercicio íntimo, de reconciliación con el pasado que el realizador decidió compartir. En México, los comentarios soltados al aire de las redes sociales cuestionaron su historia plana, extensa, carente de oralidades o discursos robustos o actuaciones histriónicas.

El fenómeno Roma pasó después a una fase polarizante, en la que quienes no tuvieron reservas para expresar su decepción del filme detonaron el enojo de quienes, a su juicio, sí la supieron apreciar. Hubo entonces una suerte de lucha entre un bando, vamos a llamarlo “superficial”, que “no supo entender la profundidad” de la obra, y otro “intelectual” e “intolerante” que elevó la cinta a un nivel casi de culto, para segmentos muy, pero muy, reducidos.

Ni por un bando ni por otro, en Roma hay más simplismo de lo que se pudiera debatir, aunque eso no la descarta de ser una joya, justo ese detalle le ha valido el éxito. Alfonso Cuarón se comparte a sí mismo a través de un proceso creativo ampliamente libre, en el que sencillamente decide avanzar sin contemplar los estándares de la cinematografía que conoce de pé a pa, de los elementos que tradicionalmente llegan a trascender entre el público.

El desagrado de muchos viene, quizá, en que, como dijo el propio representante de Cuarón, Steve Golin, Roma “es la película casera más costosa del mundo”. Gastar tanto para una película casera suena absurdo, pero hasta los alcances de ese género de aficionados quedó resignificado, si se quiere ver así. Toda la inversión, tan evidente, es un esfuerzo canalizado en estilizar al cotidiano, el de Alfonso y el de miles que también vieron su cotidiano devuelto en la colonia Roma de la década de 1970, en medio de un México cuya economía crecía a pasos de gigante, al tiempo en que la desigualdad se alojaba en el cinturón de miseria de la capital mexicana. Eso era parte de aquel cotidiano del que habla el director.

Roma abre al mundo un cuento de un pasado íntimo con el que buscó reconciliarse, y también abrió al mundo un fragmento de la historia que no termina de sanar en México, un país galopante pero con un gobierno descaradamente represor, una ciudad capital llena de oportunidades pero hasta cierto punto abusiva con cientos de mujeres que llegaron no solo para hacerse cargo del trabajo doméstico de las familias acomodadas, sino de sus responsabilidades personales, ellas eran madres, padres, confidentes, nanas, y también reservaban un momento para ellas mismas, bajo la leve luz de una vela.

Aquí hay una mención importante para Cuarón, haberse permitido retratar, con detalles muy escrupulosos, el contexto de su pasado: la campaña presidencial de “tu amigo Luis Echeverría”, persistente en su mensaje a través de afiches y hasta en los cerros de la zona metropolitana, donde comenzaron a vivir todos los empleados de la gran ciudad.

Yalitza Aparicio

La gran protagonista de Roma, no es que sea una revelación, no como las revelaciones a las que estamos acostumbrados. Una luz actoral naciente en el séptimo arte es regularmente una figura nueva que desea convertirse en estrella, que ha estudiado para eso y que ha participado en un proyecto con el que logró hacerse un lugar entre los grandes. Pero este no es el caso de Yalitza, ella logró cubrir las necesidades del proyecto de Cuarón de una manera que solo una no actriz pudo hacerlo. Ella y su naturalidad contribuyeron en gran medida a construir la estilización del cotidiano que se propone aroma. Yalitza, quien reivindica a Libo, la segunda madre del director, en su expresión sin exageraciones, logra adentrar al público a un torbellino de emociones, que puede hacer suyas, para quedarse con un extraño sentimiento al final, con el correr de los créditos.

@lejandroGALINDO

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