El cierre del año futbolístico ha favorecido la reflexión sobre lo que rodea a la pelota. El viejo continente nos ha dado cátedra de la importancia de conservar un estilo de juego, el cual no solo es identitario: es la ruta que cada club sigue en su camino hacia la gloria.

México no es la excepción. Si algo nos ha demostrado las semifinales de ida es que existe una considerable crisis de identidad en nuestro futbol. Daría la impresión de que, lejos de haber configurado un esquema colaborativo y con variantes, los cuatro semifinalistas han echado mano del “músculo” por encima del control. Vale la pena señalar la situación de esos clubes como síntomas de un fenómeno –no necesariamente malo, usted decidirá– propio de nuestro balompié.

Tigres suele jugar al contragolpe, valiéndose de la explosividad de la delantera y el juego por las bandas. No obstante, cuando la cosa se percibe riesgosa, se vuelcan hacia atrás. El famoso “camión” aparece en el fondo y se apuesta por el error ajeno antes del acierto propio. Por eso, varios piden la cabeza del Tuca.
Por su parte, Rayados conserva cierto valor de posesión que es del gusto de Diego Alonso, pero juega mucho a sacrificar a sus hombres habilidosos. Es importante el desgaste de gente como Rodolfo Pizarro, Dorlan Pabón y Avilés Hurtado. Otra vez, mucho músculo y poco control, salvo cuando Ortiz y Rodríguez levantan la mano.

En América las deficiencias son muy puntuales: el todavía campeón carece de gol y creatividad al frente. Los desbordes de Renato Ibarra y Andrés Ibargüen resultan estériles cuando los delanteros no están en posición de remate. Miguel Herrera no solo extraña a Benedetti, sino que tiene que lidiar con la sequía de Castillo.
León es el único que ha dado un golpe de autoridad en las eliminatorias. Le pasó por encima a Tijuana jugando de manera colectiva y ágil, tal como ha hecho durante todo el torneo. No obstante, en la Corregidora fueron consumidos por la explosividad de las Águilas. No es gratuito que el gol cayera luego de 20 toques consecutivos: la fiera tuvo una y con eso le bastó.

Llegados a este punto, nadie ha demostrado un estilo sólido y resistente. Los Panzas Verdes son los que más se acercan, pero hasta ellos han sucumbido por lapsos a un ritmo que pareciera caracterizar a nuestro futbol: dependencia de las individualidades, potencia sin mucha claridad y una seria falta de gol.

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