“Las palabras son cuchillas
cuando las manejan
orgullos y pasiones”
Los Prisioneros, 1990

Es común escuchar que en la política se vale todo cuando nuestro objetivo final es importante, idea que hemos expresado y reafirmado una y otra vez durante siglos con la famosa frase atribuida a Nicolás Maquiavelo: “El fin justifica los medios”, aunque ya todos sabemos que el verdadero autor es N Bonaparte, pero de tanto repetirla se ha transformado en la única lectura posible del famoso libro de Maquiavelo El príncipe, y hemos olvidado la propuesta de tener el poder a través de la virtud. El impacto de esta forma de pensar nos hizo romper con la tradición política nacida en los albores de la civilización occidental en Grecia, con los que hoy conocemos como los filósofos clásicos, donde la política tenía como fin no el poder bruto y violento del abuso sistemático de la coacción, del uso de la fuerza contra los ciudadanos, sino la búsqueda de la felicidad mediante la construcción del bien común, que solo se obtiene a través del servicio público desinteresado, el uso del poder como herramienta para el beneficio de todos los ciudadanos.

Aunque no nos guste, esta maquiavélica forma de pensar nos ha hecho como individuos y como sociedad transgredir una y otra vez los límites del bien común, para buscar los beneficios individuales sobre los colectivos. Es muy difícil encontrar hoy a algún político que haga de su proyecto de vida uno de búsqueda de la felicidad de los ciudadanos, de ese anhelado bien común, un líder que sitúe el gozo público sobre el gozo individual, o que el gozo individual se realice plenamente en el gozo público.

Este tipo de creencias en el ámbito político tienen un efecto perverso sobre nuestros supuestos líderes, ya que gana y triunfa, la mayoría de las veces, quien logra vilipendiar a su adversario con mayor fuerza, es decir, no ganan por sus méritos en la procuración del bien común, sino en inventar un perfil del enemigo que logre ser reconocido por la opinión pública como alguien con menos merecimiento que él. Esas son las medallas de oro de la política, es algo así como que ganará en una carrera atlética quien hace trampa para llegar a la meta, quien usará sustancias ilegales para mejorar su rendimiento. Claro, es mejor invertir recursos y tiempo en producir contenidos que minimicen los triunfos del adversario, que invertir en resaltar y mostrar los reales méritos de un proyecto de vida, cuya columna vertebral es aportar al lograr del bien común.

Los políticos que implementan como estrategia de posicionamiento la denostación sistemática, no ven más allá de su corta nariz, no reconocen que estas mediocres acciones perjudican a toda la sociedad, agravian a la sociedad, ya que colocan sus mezquinos intereses sobre el bien común. Estos perversos mecanismos limitan las expectativas de nuestros mejores hombres, ciudadanos que esperan con entusiasmo abrir esas pequeñas ventanas que le mostraran lo más grande del mundo a metros de tu casa, de tu lugar de estudio, en el lugar donde nací.

Existen muchos grupos políticos que obviamente defienden un conjunto muy específico y limitado de interés que utilizan cualquier recurso, cualquier información, verdadera o no, confirmada o no, para denostar a sus adversarios, sin tener conciencia que injuriando a su competidor empequeñece la confrontación, empequeñece su propia situación dentro del escenario político, estructurando un sistema de tacañería en el cual envuelven a toda la sociedad. Esta estrechez de corazón, esta falta de pasión por aportar a engrandecer a toda la comunidad, siendo o no el artífice de dichas acciones, esa posibilidad de reconocer en los otros la visión y la capacidad para instrumentalizar obras que dejaran huellas en la historia de la sociedad, de la cual los grupos denostadores carecen, le impiden realizarse en los logros de los otros o con los otros.

Como ciudadanos podemos entender que nuestros políticos puedan tener estrechez de mente, también podemos soportar la falta de experiencia, pero no podemos aguantar ¡estrechez de corazón! Lamento profundamente que por la ruindad estructurada que prima en nuestro Estado, por esas palabras, por esas cuchillas. manejadas por orgullos y pasiones obscuras, no tenga tal vez la única oportunidad, que tendría hasta ahora, para conversar con un extraordinario guionista, productor y director de cine que cambió la forma de hacer y de ver películas, quiero y anhelo un estado de Hidalgo, con corazón, con pasión, un Hidalgo de todos.

Comentarios