Estudiante ausente, deserción presente

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Silvia Mendoza

Es la segunda semana de clases en la universidad, los pasillos están llenos, de las aulas salen voces de estudiantes y profesores; los alumnos de nuevo ingreso se muestran tímidos e inseguros, apenas se hablan entre ellos y se les nota incómodos cuando preguntan sobre lugares comunes: los baños, la cafetería, la biblioteca y el servicio de fotocopiado.
Los estudiantes de semestres más avanzados apenas los miran porque están enfrascados en ponerse al día con sus compañeros sobre las vacaciones, los programas de las materias, los horarios, el salón o salones de clase, incluso la fecha y el lugar de la fiesta de bienvenida.
En los primeros semestres, los profesores sabemos que el número de estudiantes se reduce, la deserción tiene varias razones: falta de vocación, no adaptación a la nueva ciudad por parte de los alumnos foráneos, embarazos no planeados, problemas económicos y/o bajo desempeño. Así hasta la mitad de la carrera, entonces sabemos que los estudiantes sobrevivientes tienen altas probabilidades de terminar su formación profesional universitaria.
En este semestre que inicia algo cambió, el número de estudiantes ausentes fue mayor, no me refiero a los jóvenes cuyas calificaciones anunciaban con bombo y platillo su deserción, tampoco me preocupo por los estudiantes que abiertamente expresaron su interés por cambiar de carrera o de institución educativa, en realidad lamento la ausencia de estudiantes convencidos de su vocación pero atropellados por la situación económica de sus familias.
En las sesiones de tutoría del semestre anterior habíamos tenido el anuncio de deserción escolar ante el desempleo del padre o la insuficiencia del ingreso familiar, incluso la incompatibilidad de horarios escolares y el trabajo para los jóvenes que estudian y trabajan.
En el año escolar que inicia, el anuncio se hizo realidad, las aulas muestran la ausencia de estudiantes que obligados por la situación económica han tenido que dejar temporalmente sus estudios, algunos quizá de manera definitiva.
¿Qué hace posible que los jóvenes puedan llegar a las aulas de nivel superior? Sin lugar a dudas, ese mérito se debe al esfuerzo familiar, al sentido de responsabilidad de los jóvenes para mantener un promedio que les ha permitido transitar por los distintos niveles escolares, también se debe al financiamiento familiar para cubrir las necesidades básicas y, por supuesto, un ambiente familiar que hace posible la vida diaria.
Algo vital es la mayor cobertura educativa en el nivel medio superior y superior pero en el año que inicia los problemas estructurales que tiene el país están rebasando los esfuerzos familiares.
Las o los jefes de familia pueden tener ingresos, los estudiantes pueden conseguir becas, pero no hay dinero que alcance ante el alza en los costos de la vida, en las aulas se está notando con la deserción parcial o definitiva de estudiantes que ya habían pasado por todos los filtros pero que la apremiante necesidad económica los está haciendo desertar.
Me parece que hasta el momento nos hemos centrado en enojarnos y protestar por el alza de precio de los combustibles, solo que el gasolinazo es solo una expresión de problemas con consecuencias a mediano y largo plazo, pues la deserción en las escuelas, la desatención de la salud, la disminución en la variedad alimenticia, entre otras dificultades asociadas a los problemas económicos de las familias, en poco tiempo pasarán sus costos al resto de la sociedad.
Mientras tanto echo de menos la presencia en el aula de Eréndira, Daniel, Gema, cuyo regreso a las aulas universitarias es incierto.

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