El primer día de este mes fue reformada la ley de salud, que ahora establece lo siguiente, de acuerdo con información publicada por El Financiero en línea, dice que al artículo 210, referente al etiquetado de envases, agregarán el párrafo siguiente: “Cualquier alimento o producto alimenticio que en su composición nutricional contenga energía, sodio, azúcares o grasa saturada en cantidades superiores a las establecidas, o se le haya adicionado sodio, azúcares o grasas saturadas, y su contenido supere el valor establecido por la Secretaría de Salud, deberá rotular mediante un etiquetado de advertencia, la o las características nutricionales en las que supera el valor establecido”.

Agregan que a ese tipo de productos les será incorporado un símbolo octagonal de fondo color negro y borde blanco. En su interior tendrá el texto “alto en” seguido de su característica, como: grasas saturadas, sodio, azúcares o calorías, en uno o más símbolos independientes, según corresponda, indica el añadido al artículo 212. El texto de advertencia estará escrito con letras mayúsculas y de color blanco. Debajo del octágono aparecerá la leyenda: “Secretaría de Salud”.

En el caso de alimentos y bebidas endulzantes o azucaradas, deberán tener un etiquetado con la leyenda: “El consumo excesivo de alimentos o bebidas endulzantes o azucaradas aumenta el riesgo de enfermedades graves como diabetes, obesidad, cáncer, enfermedades cardiovasculares, mala salud bucal, entre otras, afectando severamente la salud o provocando la muerte de las personas sin importar edad o género”.

La reforma a la ley de salud es mantenida dentro de los estándares normales, en términos de lograr cierta funcionalidad de un tipo de consumidor modelo, en el sentido de que quedará bajo su responsabilidad su adquisición. Creo que, considerando el contexto actual, es una excelente medida, pero debería acompañarse de otras tantas decisiones asociadas a las instituciones de salud que permitan al consumidor que está fuera de la norma del consumidor ideal, hacer un correcto uso de esas medidas.

Veamos en sus aspectos más generales el contexto del problema. La reforma se mantiene dentro de una constante en donde la alimentación es parte de la lógica de los controles que subyacen en toda sociedad. La alimentación está dentro de ciertos mecanismos no visibles de control humano de carácter biopolítico. Entre ellos, los seres humanos se alimentan no en función de lo que requieren como personas, sino como sujetos pertenecientes a un tipo de sociedad que les impone determinado tipo de consumo. El cerdo es impropio consumirlo para los judíos y la vaca es sagrada en la India.

Puede parecer muy quisquilloso, pero es un tema actual ocultado e invisibilizado socialmente por intereses que poco a poco van conformando un acuerdo en las voluntades individuales que a la larga le dan “sentido” a cosas que no lo tienen. La sociedad actual nos impuso una manera de consumo, aunque desigual, marcada por la acumulación de calorías en el organismo con el fin de que, posteriormente, esas sirvieran de algo así como un suplemento energético dirigido a consumirlo en el trabajo, de manera específica en la industria.

Lo anterior, el consumo en general, también debe incrustarse en lo que ha sido el punto al que nos ha llevado la sociedad industrial, la creación de una sociedad del riesgo (Beck). Existe otro tema que es el resultado negativo de la misma: los riesgos no solamente ambientales que deja el consumo de alimentos, sino también el riesgo de consumir determinados productos, lleven o no un etiquetado adecuado.

Un poco de historia. En Europa, en donde encontramos la evidencia más importante de ese argumento, se adoptó la papa (con altos contenidos calóricos), que a la postre significó un alimento de primera línea en aquella sociedad, ávida de hombres y mujeres capaces de soportar extenuantes jornadas laborales. Más tarde, la dieta calórica se complementó con el uso de las proteínas y los minerales. Ahora para poder cumplir, laboralmente, hombres y mujeres buscan un activador proteínico que permita aguantar las jornadas de trabajo. Se modeló un tipo de cuerpo, robusto o “bien comido”.

A esa fase, algunos estudiosos le pueden acoplar la idea de una “conciencia cientifizada” (Beck). Se consumió una dieta y se sigue consumiendo en razón de propósitos asociados al sistema industrial, cultural y científico del capitalismo (no obstante lo débil que es encontrado como sistema productivo y creador de valor), porque además el consumo de determinados alimentos es justificado con el uso de la naciente y ahora potente ciencia. Por supuesto que en el pasado el tema del etiquetado ni siquiera existía.

Durante siglos, la conciencia cientifizada, debilitada por el discurso científico, ha servido para crear una conciencia social débil, carente de capacidad para cuestionar aquello que le venden para consumir. A la conciencia se le ha adormilado aceptando por bueno lo malo, nada más por el hecho de que algún laboratorio nos dice que es posible consumir, como en el caso de los productos light (para mantener el mercado), o que el producto lácteo proteínico de las farmacias similares es para diabéticos.

La reforma no toca aspectos nodales y puede ser entendible, pero también comprensible que aquí cuestionemos aspectos de la reforma que nos toca tanto de la sociedad industrial y del riesgo a la que nos ha llevado en materia de consumo. La reforma no los toma en consideración porque igual no eran sus propósitos. Eso no quita que desde otra perspectiva se hagan algunos señalamientos. Un ejemplo es el uso del café o el cigarro como droga laboral o la sustitución del agua por el refresco o las papitas doradas por un auténtico alimento, que en sí mismo constituyen serios problemas de elevados riesgos para la salud.

Si estas medidas mínimas no se dan a conocer y se crea una conciencia, pueden quedar en el papel. Bueno, pues así está el etiquetado y de alguna manera debemos buscar evitar que la sociedad del riesgo nos toque con el consumo de determinados productos, a pesar de la etiqueta…

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