Aquel día el niño Juanito jugaba al fútbol, como solía hacer a aquellas horas siempre que podía, cuando de un paradón extraordinario, que incluía un despeje de puños al lado de la cara de Alberto, el delantero centro del otro equipo, y unas rodillas por delante a la altura de los riñones de tan hábil jugador, el balón de cuero salió volando directito a la ventana de doña Eudovigilda, viuda del ingeniero Fernández, de Fernández y Fernández asociados.

La viuda era una señora, siempre vestida de negro, de unos 80 o 90 años, nadie sabía su edad exacta y ella era demasiado reservada para revelar tales intimidades. Además, hacía tiempo que no salía a la calle y solo se sabía que seguía viva por su criada de toda la vida, Sancha, quien se encargaba de hacer la compra los viernes de cada semana en la tienda de don Sebastián, el tendero del barrio, más conocido como “el tendero”.

El caso es que el formidable despeje hizo que el balón entrará como una bala por la ventana cerrada y perforara el cristal, desapareciendo en un cuarto en penumbras tan negro como el traje de fin de siglo, único conocido, de doña Eudovigilda, que seguramente sería el que se llevaría a su viaje eterno.

“¿Ahora qué hacemos?”, preguntó Alberto, un tanto aturdido todavía por la vibración que los puños del portero habían dejado en su oreja izquierda. “Alguien tendrá que ir por el balón. Es el único que tenemos.

” Sentenció Eduardo con una cara tan triste que presagiaba el final de todos los partidos, lo que era lo mismo que decir que había llegado el fin del mundo.

“Yo iré.”, dijo Juanito, quien se sentía culpable por haber perdido el balón en la casa de “la fantasma”, que era como llamaban a su dueña los muchachos. Estaba muy asustado, pero se hacía el valiente delante de los otros para que no se mofaran toda la vida de él con un mote que le hubiese quedado para los restos.

Tocó el timbre un tanto tembloroso. Detrás de él, a una prudente distancia y listos para correr a la mínima duda, los otros niños observaban asombrados la escena de valentía de su compañero. Tuvo que esperar unos minutos, que le parecieron eternos, a que le abrieran la puerta.

Sancha no llevaba el balón entre las manos, lo cual decepcionó mucho al famoso portero. Había tenido la esperanza de que todo el trámite se resolviera de forma rápida y sin tener que dar explicaciones por el cristal de la ventana roto.

Puso su cara de buena persona, un tanto llorona, que para su gusto le quedaba tan convincente que nadie podía negarle lo que quería, que en esos momentos no era otra cosa que el amado balón.

La sirvienta le dijo que la señora quería hablar con él y que después de eso le devolvería lo que buscaba para que siguiera jugando a su gusto. Eso sí, con cuidadito de no romperle más cristales.

“Eso puedo prometérselo.” Le dijo con una seguridad que estaba lejos de sentir. La mujer lo miró con ojos de incredulidad mientras lo empujaba hacia adelante por un pasillo tan oscuro como la boca de un lobo.

Encontró a la señora sentada en un sillón lleno de cojines por todas partes. Sus piernas estaban cubiertas por una manta de color sangre que estremeció al niño. El balón estaba en sus manos ajadas por el tiempo.

“Me disculpo. Realmente no era mi intención romperle el cristal de la ventana… Siempre pongo demasiado empeño en el juego…” No pudo decir más. Doña Eudovigilda le hizo una señal para que se acercara y la criada lo empujó hacia aquella dirección que se resistía a tomar.

“Es igualito a su padre a su edad. ¿No le parece Sancha?” “Igualito, igualito. Vamos, como dos gotas de agua recién horneadas.

” Contestó la sirvienta con acento gallego de aldea, como si en él los 50 años que llevaba en Madrid no hubiesen pasado.

Juanito puso cara de sorpresa. Él no había conocido a su padre y su madre nunca hablaba de él. La historia oficial, la de sus tíos y abuelos maternos, era que había muerto como un héroe en la guerra. Ese era el final y no había nada más que decir. No, por lo menos, hasta ese día que conoció la otra parte de la historia.

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