En estos días de guardar muchos temas hay que replantearnos. Por supuesto, dentro de las múltiples posibilidades y preocupaciones están los medios, tan benditos como malditos, porque nos permiten abrir puertas y mente a muchos temas y nos han ofrecido múltiples posibilidades en el aislamiento: del entretenimiento a la información, por supuesto. Sin embargo, una factura presente y siempre pendiente son los contenidos.

¿Qué queremos ver y leer? ¿Tenemos albedrío y derechos las audiencias en esta decisión y preferencias de contenidos? Apenas hace unos días, la Secretaría de Cultura del Gobierno de México organizó un foro sobre prácticas sanas del periodismo en un país pluricultural. En ese espacio virtual escuchamos especialistas renombrados y de bagaje probado sobre medios: Aleida Calleja, directora del IMER; Jenaro Villamil, coordinador del Sistema Público de Radio y Televisión; Gabriel Sosa Plata, director de Radio Educación, entre otros. Ahí, pusieron en la mesa la realidad, la reflexión y el reto de trabajar por medios que hagan posible la inclusión nacional a sectores de la población excluidos del proceso de comunicación, como son los pueblos originarios, y que han visto ancestralmente invisibilizadas sus problemáticas, sus aportes y, sobre todo, sus derechos. Señalaron que esa tarea es de todos los medios, pero sobre todo de los públicos, porque la inclusión de los indígenas, su cultura, sus necesidades y posibilidades es precaria y mínima.

De las palabras fueron a los hechos, por ejemplo, Jenaro Villamil dijo que existe un rezago en la cobertura en entidades donde hay población originaria, lo cual es, por decir lo menos, apabullante. En Hidalgo y Chiapas, apenas llegan al 41 por ciento, en Guerrero al 36.6 por ciento y en Oaxaca al 35 por ciento.

Frente a esta triste realidad respecto de los derechos de los públicos de los medios, donde aún no hemos remontado cobertura, conectividad y garantía en contenidos, hoy nos enfrentamos a un reto y dilema de los medios web, de las redes sociales, donde el filtro pasa por la plena “libertad”, pero también por una educación mediática de espectadores que nos lleva a reproducir y reforzar las miradas y contenidos con los que hemos crecido: la espectacularidad noticiosa como moneda de cambio y como conducta la inoculación a la violencia. Evidencia de ello son las recientes y reiteradas noticias sobre ajusticiamiento social, de propia mano. Delincuentes que han sido golpeados y hasta inmolados en fuego, aún vivo uno de ellos, por asaltar en transporte público y tener la desgracia de no huir a tiempo y victorioso.

La información cotidiana en todos los medios, nos muestra la sangre y la vida degenerada por la pobreza como “atractivo”, como “gancho” para atraer audiencias, pero sin contexto ni reflexión. La sobreexposición nos está inmunizando y nutriendo de actos y datos de sangre que los vamos incorporando “naturalmente” a nuestra forma de vida.

El peligro de esta naturalización es que la violencia se vuelve parte de nosotros como sociedad y nos conduce a la denostación como seres humanos y sociales. Mueve y conmueve la justicia por propia mano, por lo que representa el que roba como los que golpean hasta la muerte y la crueldad de quemar vivo a un joven. Son generaciones perdidas, los que roban y los que castigan. Frente a la urgencia y necesidad de incorporar a toda la población a la virtud informativa, cabe señalar que lo que hoy vemos no es lo que necesitamos y quizá queremos: el morbo por la violencia sin filtros, porque esa nos reeduca y la promueve. Es aquí donde vemos que no existe una responsabilidad social de los medios, que el Estado y sus instituciones son responsables por omisión. Cuando la pobreza, la desigualdad, se vuelve show y ratifica el clasismo, el sexismo y racismo vulneran no solo a las audiencias sino que sangra literalmente los valores de la sociedad. La forma de transmitir la noticia pasa por la clase social, la raza y el género. No hay instancia ni medio que contenga el flujo de contenidos; la calidad y cantidad no se depuran como bien social que son, hoy las redes sociales muestran que no hay límites y que existe una cultura de consumo y reproducción mediática. Los hechos que transmiten son precedente y ejemplo de que urge asumir responsabilidad en lo que se emite.

El foro celebrado sobre prácticas sanas en el periodismo mueve a la reflexión porque mucho tenemos que reflexionar sobre lo que somos, lo que vivimos y lo que aspiramos. No basta la amplia cobertura, no es suficiente ofrecer garantía y facilidades para medios de pueblos originarios si no hay una cultura mediática mediada que potencie la bondad y luz de los medios para ser un virtuoso vehículo de intercambio y acercamiento, porque en esta industria prevalece el negocio y se maneja a modo la libertad de expresión y la noticia. Los derechos de lo que las audiencias queremos y necesitamos ver, oír y leer no existen. El lucro, material o político, desdibujan garantías por la ganancia, la clase a la que perteneces o si eres hombre o mujer. Mucho que tejer en torno a la justicia, la igualdad y la equidad en materia de medios.

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Josefina Hernández Téllez
Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM y especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Periodista colaboradora en medios desde 1987. Defensora de lectores y articulista del diario Libre por Convicción Independiente de Hidalgo. Integrante del consejo editorial de la agencia de noticias Comunicación e Información de la Mujer AC. Docente universitaria desde 1995 en la UNAM. Profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo desde 2008. Integrante y cocoordinadora del grupo de investigación Género y Comunicación en la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación. Línea de investigación y publicaciones sobre periodismo, comunicación y género.