“Vagaba enfermo por un lugar desconocido, hablaba con las bocas oscuras de un tiempo perdido que lo olvidaba.
“Se abría en canal con las lenguas de fuego que lo habían encontrado en esa muerte en vida que vivía como un sueño desde el lado inexistente de lo que ya era polvo, nada a la que agarrarse, pavor de la locura que expresaba con risa y llanto.
“Se le veía caminar cabizbajo y jorobado, con los ojos allende el mar, con la mirada en el pecho: flor que le quemaba.
“Su voz clara en cada palabra, la turbiedad maldita que acosaba su alma en sangre viva. ¿Y ahora qué?, le preguntaba a sus amigos del aire negro silencioso tragado por el tiempo. Él mismo se contestaba con otro silencio más doloroso que el anterior.
“Le encontraron un anochecer agarrado al frío y a la Luna, con la boca abierta tragando espumas. Después de eso todos los soles fueron blancos y las estrellas negras. Soles y estrellas le asfixiaban.
“Las salas, todas iguales, eran blancas y su deambular de ojos perdidos las cerraba con el candado de los párpados.
“Decían que estaba loco, que había caminado por demasiado pensamiento y eso lo enajenó. Padecía dentro y fuera de su jaula acolchonada. No se distinguía, ni distinguía a los demás que movían las bocas para decir silencios.
“Sufría del dolor muerto de la nostalgia de lo que pudo ser; se mutilaba en ese dolor, se sacrificaba en esa nostalgia, se reencontraba en esa pérdida que hacía suya como mortaja para envolver dulcemente su mente retorcida.”
M lo veía escribir con un gesto triste que le dolía. ¿Qué estaría narrando?, ¿por qué tenía aquella expresión de angustia en su rostro? Las palabras que salían de su pluma parecían dolerle demasiado. Una a una y todas a la vez salían a borbotones de su dolor dejándolo sin salida, asido al miedo de estar entre ellas.
K seguía con su trabajo de escribir desesperanzas que acogía como propias arrebujándolas en sus dedos. No tenía posibilidad de huir a ninguna parte y tampoco quería hacerlo. El dolor lo purificaba y de alguna forma que no sabía expresar lo hacía más digno.
Dejó de escribir y miró su propia desolación en los ojos de su mujer. Nunca había estado tan triste y tan alejado de todo lo que quería. Se había metido demasiado en la piel de su personaje y tenía que quitársela para sobrevivir de tantas miserias. La mirada de M fue el bálsamo que le hacía falta para no acabar de perderse. Se sintió él mismo y se acercó a ella con los labios en flor.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.