“Nacerás porque yo quiero.”

En la discusión acerca de las nuevas técnicas de reproducción humana se suele utilizar como argumento, a favor o en contra, el “derecho al hijo”. Para unos no existe tal derecho y, por lo tanto, se le invoca falazmente cuando se trata de justificar con él el recurso a las técnicas de reproducción, por otro lado existen también posturas regidas por el derecho a toda costa de tener un hijo.
El hijo no es un derecho, sino un don. El “don más excelente del matrimonio” es una persona humana. El hijo no puede ser considerado como un objeto de propiedad, a lo que conduciría el reconocimiento de un pretendido “derecho al hijo”. Una primera consideración que debe hacerse es acerca del deseo-derecho de los padres a tener un hijo. Esta afirmación se hace sin más y así es aceptada muchas veces sin tener en cuenta lo de verdad o lo de falsedad que puede haber en ella.
Conviene que las personas, las parejas, los matrimonios, la sociedad, quienes abordan este tema, sean cuidadosos para matizar las afirmaciones, de tal modo que los diversos derechos que se contemplan estén bien articulados y que los menos importantes cedan ante los más primarios. Una visión superficial de este punto puede suponer la agresión a principios importantes de dignidad humana y que tienen una repercusión social difícilmente mensurable a corto plazo. Se trata de conocer una verdad que lleve a comportarse de acuerdo con ella. El caso concreto es el de una pareja que tiene dificultades para tener hijos y presenta ante la sociedad su derecho a tener un hijo. No se trata de una relación privada de unas personas con un médico, puesto que también aparece la vida de un tercero, la nueva criatura. ¿Qué se entiende por el derecho a tener un hijo?
Los hijos representan para la pareja la plenitud de la unión y del amor conyugal. Por eso mismo, la pareja que trata de vencer las dificultades de la esterilidad ha de ser apoyada y animada por todos. Sin embargo, existen algunas exigencias éticas que deberían ser respetadas en esta búsqueda por tener un hijo. No existe un derecho ilimitado a transmitir la vida por cualquier medio y a cualquier precio. El principal límite ético es el valor que tiene en sí el hijo que se busca. El hijo no es un bien útil que sirve para satisfacer necesidades de los individuos o de las parejas. Es necesario, por lo tanto, partir del hijo sin caer en el vértigo de ideas individualistas y libertarias.

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