El improvisto impulso por demoler al otro, por terminar con su existencia. La tensión que nos impele de manera irracional a demostrar quien es el mas fuerte. “Y mientras esperaba que el detonador hiciera lo suyo me debatía entre escuchar una canción u otra; algunas poseían aquel ánimo destructivo descrito con precisión, en la letra y en la música; otras, la esencia, el acto mismo”. Es ese momento previo al exordio de rabia. En este Maldito Vicio leeremos un fragmento de Rabia | Ikari (Cecultah, 2015), el más reciente trabajo del escritor Rafael Tiburcio, que presentó en la pasada Feria Universitaria del Libro. Enfrente, un clásico: La naranja mecánica de Anthony Burgess Wilson. 

Exordio de Rabia | Ikari

Rafael Tiburcio García*

Uno de mis caprichos fue visitar Catemaco. Después de vivir una temporada en el Chilango, de cambiarnos los nombres y de vender la Caribe, Mutsumi-chan y yo vinimos al sur. Tras romper el último huevo al séptimo día de nuestra estancia, constaté que en su interior se hallaba una criatura viscosa, parecida a un dragón o a una lamprea, muerta entre el líquido negro. Las siguientes cuatro horas las pasé vomitando en la Laguna. Una bruja me había curado la rabia. Y aquello que había definido mi vida desde que tenía memoria disminuyó lentamente hasta desaparecer.

Lejos quedaba el día al pie del asta en la punta del Cerro del Lobo. Unas ratas callejeras dormían bajo la bandera desgarrada. Si hubieran despertado seguro me despellejaban a mordidas; así el placer era doble; triple, si quería disfrutar del espectáculo antes de doparme con su aliento a thinner y Resistol 5000.

Las motivaciones no estaban del todo claras. Nunca lo estuvieron. Y aquel día en la cumbre todo parecía hermoso; la sensación del viento contra la cara, inigualable; la satisfacción me hacía mantener la sonrisa mientras destapaba una Coca-Cola bien fría. Siete u ocho minutos antes, marqué a emergencias para movilizar a los cuerpos de rescate hacia los barrios puertorriqueños en la punta del cerro La Raza, con aquel señuelo de humo que instalamos unos días antes. En el cerro de enfrente, los vehículos subían, uno a uno, por una estrecha calle, dos, tres, cuatro cuadras arriba de la zona de seguridad. Recordé todas las veces que me dijeron en la escuela que no hiciera bromas a los números de emergencia. “A la chingada”, me dije. Al mismo tiempo, aquella sensación seguía revolviéndome por dentro.

Era una época en mi vida en la que la música lo era todo. Y mientras esperaba que el detonador hiciera lo suyo me debatía entre escuchar una canción u otra; algunas poseían aquel ánimo destructivo descrito con precisión, en la letra y en la música; otras, la esencia, el acto mismo. Una debía fijar en mi memoria ese momento. Pero, ¿cuál?

Empezó la demolición y aquella escena adquirió sentido: imaginar el suave y lejano rumor de las sirenas; ver de un cerro al otro la caravana de torretas, bomberos, ambulancias, patrullas que subían despacio e intentaban dar marcha atrás en aquella calle de un carril, mientras el polvo ascendía en puntos distantes de la ciudad, adivinar las caras de los cuerpos de rescate desesperados por tener que regresar.

Quizá después de aquello todo mi mundo terminaría de venirse abajo. O se arreglaría. Por el momento solo podía recordar cómo había llegado ahí.

La espiral empezó a dar vueltas en casa de la familia Neko. Observaba un video porno mientras cubría con mi cuerpo el monitor para que Kaede-chan no viera aquel lastimero espectáculo, inadecuado para su tierna edad.

Empezó justo en marzo. Agnosia aún no sabía de terrorismo, ni de asesinatos en iglesias. Los cárteles apenas empezaban su agencia de seguridad microempresarial, no había autopista Arco Norte, ni aeropuerto, ni refinería, ni agencia espacial. La región aún no era zona sísmica ni se abrían esos gigantescos hoyos a mitad de la ciudad que se tragaban casas y calles enteras. Los políticos se quedaban en el closet y aún había excedentes petroleros, antes de que los zombis salieran del drenaje profundo (antes, incluso, de que hubiera drenaje profundo; cuando 400 milímetros anuales de precipitación pluvial bastaban para damnificarse), antes de que hubiera Internet hasta en los relojes de pulsera, y paracaidismo a 200 kilómetros de altura. Nuestro presidente decía que nos quedaban pocos años de reservas de crudo, luego viviríamos de las remesas y el turismo, mientras se levantaba nuestro bloqueo tecnológico. En un país que no refina su azúcar, sus gustos o su petróleo, un país que importa maíz desde Iowa, un país steampunk, esas eran nuestras certezas desarrollistas. Un mundo donde las baterías de los autos eléctricos solo eran especulaciones en tesis universitarias y el petróleo la base de la economía. Un mundo donde los asesores del presidente, en orden de importancia, eran Suntory Yamazaki, Evan Williams, Johnnie Walker y Jesús.

La idea primigenia la aportó Kaede-chan. Ella tendría unos dos años y medio, jugaba en el piso mientras yo comprobaba, angustiado, la prodigiosa elasticidad del vocabulario de la actriz; y mientras la pantalla soltaba joyas como “Gimme ur tasty shittie dick”, Kaede-chan manipulaba los cerillos cerca de una torre de corcholatas.

Le di el golpe a una bocanada de azufre; al mirar, ella aplaudía su obra mientras arrugaba su nariz y sacudía sus deditos quemados. Aguantaba el llanto para que no la regañara.

Mejoró su método con un segundo intento: la columna de humo fue mayor y esta vez no quedó con los dedos amarillos. Terminó el video porno y a continuación vino un capítulo de “Evangelion” (de esos psicológicos que todos detestan). Entonces mi cabeza comenzó a trabajar y luego olvidó o, para ser más exacto, confinó aquella información para otro momento…

*Rafael Tiburcio García (Villahermosa, 1981).

Vive en Pachuca. Es docente en Ecatepec, Estado de México. Estudió ciencias de la educación en la Universidad La Salle Pachuca y es maestro en estudios humanísticos en literatura por parte del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey. Gestiona sus redes sociales como @juancorvus. Es autor de Cuentos de bajo presupuesto. Edición facsimilar (Cecultah, 2014), libro merecedor del Premio de Cuento “Ricardo Garibay” 2014, y autor de la novela Rabia|Ikari (Cecultah, 2015), de la cual se extrae este fragmento.

 

La naranja mecánica

Fragmento

Anthony Burgess*

“El cheloveco que estaba sentado a mi lado -había esos asientos largos, de felpa, pegados a las tres paredes- tenía una expresión perdida, con los glasos vidriosos y mascullando slovos, como ‘De las insípidas obras de Aristóteles, que producen ciclámenes, brotan elegantes formaniníferos’. Por supuesto, estaba en otro mundo, en órbita, yo sabía cómo era eso, porque lo había probado como todos los demás, pero en ese momento me puse a pensar, oh hermanos, que era una vesche bastante cobarde. Tú estabas ahí después de beber el moloco, y se te ocurría el meselo de que las cosas a tu alrededor pertenecían al pasado. Todo lo veías clarísimo -las mesas, el estéreo, las luces, las niñas y los málchicos- pero era como una vesche que solía estar allí y ya no estaba. Y te quedabas hipnotizado por la bota, o el zapato o la uña de un dedo, según el caso, y al mismo tiempo era como si te agarraran del pescuezo y te sacudieran igual que a un gato. Te sacudían sin parar hasta vaciarte. Perdías el nombre y el cuerpo, y te perdías tú mismo, y esperabas hasta que la bota o la uña del dedo se te ponían amarillas, cada vez más amarillas. Más tarde, las luces comenzaban a estallar como átomos, y la bota o la uña del dedo, o quizá una mota de polvo en los fundillos de los pantalones se convertían en un mesto enorme, grandísimo, más grande que el mundo, y era el momento que iban a presentarte al viejo Bogo o Dios, y entonces todo concluía. Gimoteando volvías al presente, con la rota preparada para llorar a grito pelado. Todo era muy hermoso, pero muy cobarde. No hemos venido a esta tierra para estar en contacto con Dios. Esas cosas pueden liquidar toda la fuerza y la bondad de un cheloveco”.

*También conocido como Joseph Kell (Manchester, 1917-Londres, 1993).

Novelista, ensayista y periodista irlandés. En 1962 publica su novela más famosa, La naranja mecánica, llevada al cine con gran éxito por el cineasta S Kubrick en 1971.

Tuzita loca

¿Y pq narices debo seguir contribuyendo con mi trabajo a un Estado corrupto, mentiroso y mafioso? #rabia

@tonirubia

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