Cuando el señor Eustapio González Chamorro salió a la calle desde su casa, ese 6 de diciembre de 1876 no podía imaginar que nunca más volvería a ella y, lo que es más importante, que estaba a punto de iniciar una aventura tan extraña como las propias circunstancias que le llevaron a emprenderla.

Fue al poco de salir de su domicilio, situado en la calle Acacias número cuatro, que lo interrumpió una transeúnte para pedirle la hora, a lo que él, siempre galante, no tardó en querer dar cumplida y cabal satisfacción. Para ello sacó su reloj de bolsillo, de plata de ley, que tenía en su tapa la cabeza de un león perfectamente cincelada. Pero en el momento en que se disponía a dar la hora, recibió un fuerte golpe en la cabeza.

Después del tremendo impacto quedó inconsciente y no supo más de sí, por lo que al parecer habían sido bastantes horas. Cuando despertó, aunque todavía mareado, no se acordaba de lo que le había pasado y mucho menos dónde se encontraba, aunque el movimiento del suelo le sugería que se hallaba en un buque que ya navegaba en altamar.

El caso es que al salir del estrecho camarote, aunque cómodo, donde se despertó con un terrible dolor de cabeza que poco a poco se le fue pasando, no encontró a nadie en el estrecho pasillo que conducía a cubierta. Al llegar a ella, escuchó algunas palabras en mandarín y otras en perfecto español que le decían que se aproximara sin miedo. Así lo hizo, no sin cierta precaución consistente en asirse en cualquier objeto fijo que encontraba a su paso, pues no estaba acostumbrado a los vaivenes de las embarcaciones.

“Permítame presentarme, soy el capitán Rogelio Cifuentes Neumann. Claro está, nuevo en cualquier ciudad –rió, antes de continuar–. Se preguntará usted qué le sucedió y, sobre todo, dónde está y por qué se encuentra en un lugar distinto al acostumbrado. En una palabra, se interrogará sobre los motivos de… –no acabó la frase y se limitó a fingir con una oportuna tos–.

Don Eustapio, en realidad, no se cuestionaba nada y solo deseaba estar de vuelta a lo que era su vida, que repentinamente había cambiado de rumbo. Miró pues a su interlocutor con una mirada de reclamó y reposición.

El capitán Cifuentes Neumann no le prestó atención, se limitó a explicar las circunstancias de su caso. Al terminar la explicación, don González Chamorro quedó tan satisfecho que no puso ningún pero a la misión que su majestad le había impuesto en los mares del sur.

Lo que aconteció en esa aventura, que duró algunos años llenos de sucesos extraordinarios, es harina de otro costal que no nos es posible dar a conocer. Por el momento, bástenos decir que tuvo éxito en las empresas que le encomendaron.

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