Octavio Jaimes

Ya hemos hablado en este espacio acerca de las transformaciones que se vienen para la exhibición de películas y también hemos “teorizado” sobre posibles futuros para los cines. Hoy toca adentrarnos en laberintos nostálgicos, remembranza de épocas, sensaciones y situaciones que seguramente van a mover hilos en muchos de nosotros.

Cuando Blockbuster hizo su aparición en el mercado durante 1985, rompió con paradigmas y casi de inmediato se añadió a la lista de “cosas que hacer” durante los fines de semana. Por supuesto, Blockbuster no era pionera en la renta de video, sin embargo, traía valores diferenciadores muy atractivos para los consumidores: catálogos más amplios, más días de alquiler y de manera interna, contaban con un sistema de manejo de inventarios que facilitaba la detección de preferencias de los clientes.

Estas ventajas permitieron que la empresa del entusiasta David Cook creciera de forma exponencial y agresiva, atrayendo inversiones jugosas y que más tarde resultaran en el apogeo de Blockbuster durante la época de 1990. Para el 2004, la compañía contaba ya con 9 mil establecimientos a lo largo del mundo y con el 25 por ciento de participación de mercado a nivel global. Sin embargo, ya todos sabemos el final tan amargo y las causas que provocaron la caída del más grande en alquiler de video: cuando apareció Netflix, a principios del nuevo milenio, Blockbuster tuvo en sus manos la oportunidad de adquirirlo y optó por no hacerlo, dejando que la ahora exitosa compañía de streaming creciera por su cuenta… lo demás es historia.

Pero dentro de toda esta agridulce historia se esconde el otro lado de la moneda, uno que es tan romántico y precioso que seguramente ha formado parte de las conversaciones de (casi) todos los cinéfilos del mundo: Realmente extrañamos ir a rentar películas. Dicho esto, en las próximas líneas voy a desmenuzar lo que se enmarcaba a través de dicha experiencia, una que, por desgracia, jamás volveremos a experimentar y para las nuevas generaciones solo es un viejo hábito, anticuado e innecesario.

Cuando ibas a Blockbuster, generalmente en fines de semana, ya sabías que te esperaba una velada con amigos o familia, acompañado de pizzas, palomitas, botanas y demás comida chatarra propia de los sábados nocturnos. “Saliendo del súper pasamos al Blockbuster” o “vamos a rentar películas” eran premisas muy comunes en aquellas épocas. Y es que entrar a ese recinto, abarrotado de películas en sus estantes, pósters en las paredes, y televisores en todos lados era lo más cercano a una sensación escapista –aparte de las visitas al cine, claro–, que, sin importar tu edad, te hacía vibrar.

Todos aquellos que gocen de tener un olfato con memoria me entenderán: esas tiendas expedían un aroma muy característico, personalmente es un olor que se ha quedado tan grabado en mi mente que me he dado el lujo de decir, en ocasiones, que algo “huele a Blockbuster”. Esencias que provenían de los plásticos en donde se guardaban los filmes, perfumes que, vistos en sentido figurado, adornaban el aura de las películas que ahí se rentaban.

El tiempo adentro se detenía. Podías pasar muchos minutos, tal vez hora u hora y media recorriendo los pasillos para elegir cuál te ibas a llevar, porque hasta eso, no podías rentar tantas. Cabe mencionar que, aunque los costos no eran tan altos, el tiempo que decidías invertir para aprovechar la renta era un factor importante y así también lo eran las fechas de devolución. ¿Cuántos de ustedes elegían una, dos o tal vez tres películas distintas para un fin de semana y las veían más de una vez? ¿Elegían películas de estreno o preferían revisitar clásicos? Traer tu membresía de socio era un ritual de la época. La mostrabas con orgullo a todo aquel que no la conociera y simbolizaba el acceso a una filmoteca que satisfacía las necesidades sociales de reunión frente al televisor. La llave que te abría la puerta hacia el séptimo arte que, aunque comercial, popular o de Hollywood, siempre resultaba grato.

Blockbuster también te vendía palomitas, bebidas, dulces, mercadotecnia de la película del momento y revistas de cine. Tenían campañas publicitarias bastante ingeniosas y en sus últimos años incursionaron en la venta y renta de videojuegos, otro valor agregado que fue muy exitoso ya que te permitía conocer títulos que no estaban a tus alcances económicos y garantizaban horas seguidas de juego para aprovechar al máximo los días que podías rentarlos.

Pero no todo terminaba ahí: al llegar a casa, abrías la caja y ponías la película para rebobinarla (Pues casi nunca venía así) o para reproducirla en tu DVD. Esa película se volvía el tema de conversación y de análisis amateur entre todos los que la miraban. Un placebo momentáneo, pues sabías que al llegar el día de entrega era muy probable que no la volvieras a rentar, quizá jamás la verías de nuevo. Hasta el día de hoy, hay cintas que solo he visto una vez y fueron gracias a Blockbuster.

Es una desgracia que Blockbuster haya tenido un final tan fatídico; en su ocaso, las tiendas cerraban por decenas, rematando todas las películas a precios minúsculos (recuerdo haber comprado varios títulos en 10 pesos, días antes de que la bancarrota los liquidara). La clausura de dichos establecimientos significó el cambio en los hábitos de entretenimiento de muchas personas y su incursión a plataformas digitales que aunque seguían rentando películas, ya no te ofrecían esa experiencia que he descrito.

La llegada del streaming a nuestras vidas ha tenido sus aciertos y desaciertos, pero a título personal, jamás existirá comparación entre una cosa y otra. Así como para el fanático religioso no es lo mismo ver la misa por televisión, para el cinéfilo no será lo mismo ir a empaparte de esa atmósfera de películas a solo sentarte frente a un dispositivo y esperar a encontrar un filme que te atrape. Se perdió uno de los principales rituales del ocio.

Blockbuster nos deja la enseñanza de que jamás será buena idea resistirse a los cambios ni subestimar a tu competencia, por infame que parezca. Es curioso imaginar qué hubiera sido de la actual industria del streaming si esta compañía hubiera predicho la dimensión a la cual crecería Netflix. Quizá hasta se hubieran convertido en un estudio de producción para cine y televisión, como lo es actualmente Netflix.

Actualmente, Blockbuster cuenta únicamente con un establecimiento en Oregón, que está disponible para rentarse a través de Airbnb y puedas revivir esas tardes nostálgicas, pues ha sido acondicionado con muebles, pósters y adornos propios de los noventa. En proporciones mínimas, pero al menos, siguen teniendo esas firmes intenciones de generar experiencias únicas en sus visitantes.

Será interesante presenciar la guerra del streaming que actualmente vivimos, desarrollada por las principales marcas prestadoras de estos servicios y ver quién se alzará con la presea máxima para los estudios de cine: el Óscar a mejor película. Ya lo hablaremos en otra ocasión.

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