En la crisis del fomento nacional a la lectura, cuyos números lejos de contribuir a una paz mental, parecen apuntar más bien hacia una forma de guerra contra todo lo que no represente el apetito por el buen leer, se recogieron tres referencias enfocadas a la tarea de los escritores abocados a la tarea de promover una cultura literaria en el seno de la academia y en calidad de docentes: Borges, profesor, de Martin Arias y Martin Hadis; Curso de literatura europea, de Vlamidir Nabokov y Clases de literatura, de Julio Cortázar, dicho sea de paso, pensando en cómo los grandes creadores comunicaron alguna vez la empresa de mantener viva la cultura libresca.

Paradójicamente, salvo por el interés que cada uno de los títulos despierta y la mera posibilidad de haber mirado de frente a uno solo de los autores dando los pormenores del universo de la lengua, las experiencias de Borges y Nabokov rozan con la nostalgia, ya que en ambos casos la docencia fue relativamente amarga, debido al tradicional desinterés de sus pupilos, quienes vieron las asignaturas de ambos como un mero trámite curricular; excepto Cortázar, que disfrutó de más reconocimiento gracias a su estatura literaria cuando impartió el curso, el trabajo de los tres se encuentra entre los productos más valiosos de que las academias modernas puedan disfrutar.
No es de extrañar el desconcierto de los entonces alumnos, dada tanto la rimbombante erudición de Borges como los análisis radiográficos de Nabokov, que rebasan la mirada analítica ortodoxa, ya que ambos personajes –desde sus humildes pero generosísimos esfuerzos– desentrañaron la visión del escritor quien alcanza a entender el funcionamiento de las obras clásicas y las desmantelaron de manera tal, que en parte hablaban de sus propia experiencia elaborando textos, así como el peso que la obra de otros tenía sobre las suyas.

De igual forma, nada tiene de extraño cuando se revisa cómo desmitificaban autores consagrados, casi con idéntica facilidad que aclaraban pasajes y circunstancias oscuras de obras que parecían inaccesibles. Ahí, tanto Borges como Nabokov, coinciden en que Stevenson, famoso por La isla del tesoro y El club de los suicidas, tenía un particular interés con la dualidad que ni el mismo autor podía conciliar del todo y más tarde se convirtió en El extraño caso del Dr Jekyll y el señor Hyde, obra clásica del siglo XIX.
Así como Bram Stoker y Mary Shelley habrían de dar al mundo dos obras que en nada guardaban semejanza con todo lo conocido hasta esa fecha, Stevenson, recurriendo al género epistolar, las notas sueltas, la publicación periódica, incluso el graffiti, emprendió una de las tareas literarias más notables de la época: el horror de un tipo de identidad anómala, construida desde la mirada del otro.
Aunque la obra de Stevenson se encuentra bien definida por un conjunto de títulos que oscilan entre la aventura, el misterio y el thriller, El extraño caso… rebasa la norma y ocupa un lugar central en la cultura contemporánea, de tal suerte que el superhéroe mundano de hoy debe recurrir al principio de la doble identidad como el personaje titular.

Lo cierto es que Stevenson para nada fue un personaje tranquilo y siempre se vio cautivado con facilidad por el llamado de la aventura, así como intereses que descubría con el paso del tiempo, de modo que a los 36 años su interés por la música desembocó en el aprendizaje por los instrumentos tradicionales de la cultura escocesa, al igual que composiciones basadas en Beethoven, Bach, música popular y canciones escritas por él, con un matiz extraño que ostenta un aire fantasmagórico, sobrenatural, sin que sea el propósito ni el tema de su música.

Aunque podría considerarse una rareza, en fechas recientes la serie “Outlander” tuvo a bien instalar una composición de Stevenson para la introducción de los episodios, dado que la historia se desarrolla en el siglo XIX y parte del espíritu musical de la misma está bien representado en el trabajo del escritor y justo cuando podría considerarse que la obra de Stevenson tenía un cierre claro, sin más sorpresas ni vuelcos dignos de ser tomados en cuenta, resulta que el creador de uno de los personajes más emblemáticos de la historia de la ficción, además asomó una producción semidesconocida que sigue dando frutos, así sean esquivos, todavía en la actualidad.

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