Conejo y Tortuga estaban en la línea de salida, listos para arrancar. En sus flancos un grupo más que nutrido de animales contemplaba el espectáculo que estaba a punto de iniciar. La porra de tortugas vitoreaba a Tortuga; los canarios, golondrinas y colibríes revoloteaban impacientes, los zorros tenían apuestas cinco a uno en favor de Conejo, un jaguar se mofaba que podía correr más rápido que una docena de conejos juntos, uno que otro jabalí se burlaba de la insensatez de Tortuga por prestarse a tan dispareja contienda.
–Caballeros, ambos conocen las reglas pero deberé repetirlas para asegurarme – dijo Ardilla, que hacía de árbitro frente a los dos competidores–. Primero, ganará quien complete un circuito en el sendero que rodea el bosque…
–Debo protestar una vez más por esa regla– sugirió Conejo–, con una pata amarrada a la espalda completaría cuatro circuitos completos antes que Tortuga si quiera arranque.
–Pásame la cuerda– respondió Tortuga.
–Segundo– continuó Ardilla–, nada de juego sucio, esto incluye atajos a través del bosque, ya sea por medio de madrigueras o ríos…
–Y el bar no cuenta como atajo, tenlo en cuenta Conejo.
–…nada de empujones, traspiés o caídas “accidentales” de ramas hacia el contrincante– siguió Ardilla–.
–Ya oíste Tortuga, no se vale simular una piedra para que tropiece contigo, aunque te cueste trabajo no parecerte a una piedra– dijo Conejo, en posición de arranque.
–Tercero– acotó Ardilla–, cualquier tipo de ayuda está penalizada con la descalificación, esto incluye apoyo de segundos, terceros, o cualquier uso de vehículos que no sean sus patas.
–¿Y andadera? Tortuga tendría más velocidad si ocupara una.
–Cuarta, y última– Ardilla omitió el comentario de Conejo–, la carrera no termina hasta que alguno de ustedes vuelva a cruzar la meta, sin importar cuánto tarde. Espero esté todo claro. En sus marcas.
–Recuerda Tortuga, una pata después de la otra hacen que avances, y de preferencia recuerda hacerlo hacia enfrente.
–¿Listos?
–Y tú recuerda que los piojos que tienes no te hacen más aerodinámico.
–¡Fuera!
La multitud de animales vitoreó cuando Ardilla dio el banderazo de salida, Conejo salió disparado, las golondrinas revoloteaban excitadas, los zorros cerraban apuestas, las liebres mandaban besos a Conejo, los jabalíes gruñían de emoción, el jaguar rugió, y Tortuga… Tortuga dio un paso.
Tras el sprint de salida, luego que recorrió un trecho amplio, Conejo volteó para contemplar a la lenta Tortuga, que apenas y avanzó unos centímetros. Se lo tomó con más calma y continuó con paciencia. Más o menos a la mitad del circuito contempló un recoveco entre las raíces de un árbol, el Sol calentaba y el hueco parecía fresco, así que se arremolinó en él para echar una siesta pero, mientras acomodaba sus patas se lo pensó mejor y siguió el circuito: el bar estaba a unos metros.
Pidió una jarra de cerveza y una orden de zanahorias en escabeche. Mientras bebía percató que había sido una buena idea, estaba mucho más fresco con su cerveza de lo que hubiera estado entre las raíces del árbol.
Cuando pidió la segunda jarra comenzó a llegar la multitud que estuviera en la salida. Algunos lo saludaron, los zorros le agradecieron el evento con el que aseguraban ganarían el quíntuple de dinero, incluso Ardilla se acercó a su banco y le invitó más cerveza.
Ya en la quinta jarra y la tercera orden de zanahorias en escabeche, mientras el bar bullía con graznidos, trinos y rugidos, Ardilla, con la lengua suelta por la cerveza, confesó a Conejo que había apostado en su favor el completo de dos quincenas. Conejo rió cuanto pudo y le aseguró a Ardilla que eso no era una apuesta sino una inversión.
Dos jarras más tarde, Conejo y Ardilla cantaban abrazados en el karaoke del bar, cuando un colibrí nervioso entró por la puerta para soltar que Tortuga estaba a punto de cruzar la meta. Hubo una estampida hacia la salida, luego un tapón de animales en el umbral, rugidos, gruñidos, risas, unas patas blancas que exigían liberarse del cúmulo de picos, alas y hocicos apelotonados.
Cuando por fin se liberaron, la estampida se dirigió a trompicones por en medio del bosque hacia la meta, Conejo entre la multitud. Ardilla, que aún conservaba algo de lucidez, vio a Conejo y le repitió la regla de nada de atajos.
A regañadientes saltones, Conejo partió por el circuito con brincos borrachos pero, a pesar de su esfuerzo, completó el circuito justo a tiempo para ver como Tortuga, siempre paciente y constante, era aplaudida mientras cruzaba la meta antes que él.
Tortuga estaba en lecho del río, en medio de las cinco piedras que eran su hogar, contando sus ganancias. Escuchó un chapoteo ominoso a su espalda y volvió con lentitud su cabeza; vio a Conejo de pie sobre una de sus piedras. Tortuga se puso por completo de frente a él y lo miró con fijeza: ojos rojos llenos de astucia contemplaron ojos verdes repletos de sabiduría.
Tortuga se contrajo sobre su concha, reapareció con el completo de las apuestas que logró en su favor:
–Buena carrera, buenas ganancias. Deberíamos hacer otra. Por lo mientras, aquí está tu mitad.

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