Su falta de imaginación siempre fue evidente y siempre le llevó a tener dificultades para imaginar lo que iba a ser de él. Desde niño le fue imposible convivir con otros niños. Ellos jugaban a todo tipo de aventuras extravagantes que a él no solo no le llamaban la atención, sino que incluso le aburrían profundamente.

Prefería la realidad en cualquiera de sus formas, aunque esta fuera monótona siempre era mejor que cualquier fantasía pasajera, por lo general llena de peligros y que además solía acabar en forma catastrófica.

Su escasa fantasía no provenía de algo genético, pues tanto sus abuelos como su padre, madre y hermanos eran del tipo más fantasioso que imaginar se pueda. A todos ellos les gustaban las novelas de Emilio Salgari o de Julio Verne y, sin excepción, solían tener conversaciones de tipo romántico asociadas a historias ajenas a la realidad en que vivían.

¿De dónde, pues, provenía su acervada pragmaticidad? Ni la herencia ni el ambiente podían dar una explicación satisfactoria a tal pregunta. Pero no era tan importante dar una respuesta a algo tan fuera de lugar como aquello. Al menos eso pensaba el que debería ser el más interesado en resolver semejante cuestión.

Al fin y al cabo se podía vivir la mar de bien sin imaginación. Por tanto, no era necesario cuestionarse su falta de ella, y mucho menos encontrarla a faltar, como si su ausencia fuera un atributo negativo que hubiera que solventar a toda costa.

Se dedicó a una profesión que no la necesitaba y en su ejercicio se encontraba tan cómodo que no le hacía falta nada. Era contable y, por tanto, se la pasaba con los libros mayores y diarios, con los balances y entre cuentas financieras.

Su trabajo era una delicia para su carácter tan poco dispuesto a lo que no fuera real, al menos eso creía él, que no veía en los números su carácter intangible. Se los figuraba, por tanto, tan reales como la mano que los apuntaba.

Nunca leía un libro que no fuera una descripción “auténtica” de la vida en sus distintas modalidades. Nada de novela y por supuesto nada de poesía, una aberración absoluta para su manera de pensar y vivir.

No contrajo matrimonio, pues nunca encontró a una persona que fuera capaz de comprender su falta de imaginación. El mundo, al parecer, parecía estar lleno de ilusos que fiaban demasiado en su ilusión y, indefectiblemente, se creían mejores de lo que realmente eran.

A él, evidentemente, nunca se le pasó por la mente creerse algo que no fuera en realidad. Pero en el fondo, muy en el fondo de su corazón, sabía que eso era triste y lo hacía una persona profundamente sola y desesperanzada.

Al amanecer de su último día se levantó con un pensamiento fijo de destino cierto. Por primera vez se imaginó a sí mismo alejándose. Se sintió feliz y esperó que llegará cualquier tipo de imagen imaginada a su mente.

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