Alba Luisa Jiménez del Ángel

Con amor, para todos esos maestros activistas y para esos niños sensibles y guerreros.

Soy activista en la protección animal y también soy maestra, y ambos aspectos son rasgos de responsabilidad civil que no puedo olvidar; los llevo conmigo orgullosamente.

Durante mi estancia de casi dos años en una comunidad a seis horas de la ciudad observé la riqueza natural que rodeaba el lugar, la tranquilidad de la forma de vivir de las personas, la fauna fantástica que vive cerca e inclusive pude valorar más mi tiempo libre de tecnología.

Trabajar con niños con diferente acento al mío, modismos y costumbres, me permitió reconocer que es todo un reto ser maestro y tener que cumplir con compromisos educativos en tiempo establecido, cuando en muchas ocasiones los contenidos son realmente irrelevantes para algunos niños por el hecho de tener un contexto diferente, sin embargo, hay que sacar el trabajo adelante con mucha creatividad y compromiso absoluto en el aprendizaje de los niños.

En este contexto, existe una realidad preocupante que enferma la mente y la realidad de esos niños, pero que bajo el criterio de muchos puede ser una situación irrelevante, se trata del trato que se le da a los animales, no importa qué tipo de animal sea: puercos, vacas, gallinas, aves silvestres, tlacuaches, burros, perros, gatos; son víctimas a diario de terribles tratos.

Los niños crecen bajo un ambiente que normaliza la muerte de un animal, el maltrato que engloba acciones que los dañan física y psicológicamente; los animales no tienen ningún valor ni por su importancia en el ambiente. A pesar de que la misma comunidad está rodeada de vida silvestre, no existen programas gubernamentales que enseñen a la gente a cuidar a muchas especies y entonces, como se vive bajo el desconocimiento, se heredan costumbres que insensibilizan a las nuevas generaciones.

Durante mi estancia en este lugar vi morir a muchos animales, los escuchaba gritar a la distancia, en algunas ocasiones actúe sintiendo coraje, tristeza y empatía por el sufrimiento de otra especie, actúe sin importar nada para salvar la vida de ese pobre animal; pero también con mucho asombro y dolor vi la indiferencia con la que los niños observan el maltrato animal, y entonces me pregunté: ¿de verdad los niños están viendo con tanta alegría cómo grita un puerco que está asustado?, ¿de verdad ese niño se está riendo porque un perro está muriendo envenenado?
En las miradas de muchos niños vi esa sed de ver morir a un animal, niños que orgullosamente comentaban que lanzaban piedras a las crías de cierto animal, que disparaban, que atrapaban, que envenenaban.

Muchos dirán “pues son comunidades, son pueblos, es gente que no sabe”, como sociedad también normalizamos estas acciones, con esos juicios conformistas sin importar que el asunto no queda ahí; en esa nula empatía por el dolor y el miedo que pueden sufrir los animales se expresa el mal social del delito, de la falta de respeto a la vida.

Bajo este ambiente atroz y violento los niños no solo crecerán pensando que está bien que un perro pase toda su vida atado, comiendo desperdicios, bebiendo agua cada que se acuerden de él, padeciendo enfermedades y muriendo sin dignidad; los niños no solo crecerán viendo a los puercos engordar en un chiquero donde ni luz entra; los niños crecerán con el corazón duro, con un espíritu egoísta, poco responsable.

Tendremos jóvenes que pensarán que su comodidad está por encima de cualquier especie, quizás también piensen que sus padres al ser ancianos serán un estorbo, inclusive ni ayudarán a causas sociales, irán por la calle tirando basura, contaminando el mar, el bosque; porque desde pequeños no se les enseñó que también son animales, que deben de respetar a las otras especies y jamás actuar en contra de algún animal.

Siento que hasta este punto iniciará el debate, pienso que el ego que envuelve a la especie humana hace que se crea superior a las demás especies; estamos tan llenos de nosotros que nunca pensamos en las necesidades de otros animales.

Es doloroso tratar de enviar un mensaje a estos pequeños, que indirectamente también viven en violencia, una violencia disfrazada con enseñanzas para que se hagan más fuertes.

El análisis conlleva más texto, pero por ahora tendremos que reflexionar hasta aquí, será hasta la siguiente semana que la segunda parte siga…

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