Cari llega a la primera reunión con los amigos de Memo, un momento importante para la relación, después de seis meses saliendo.
La casa de la reunión tiene como espacio central una sala con sillones cómodos, una pantalla de 50 pulgadas y una barra de metal en donde se encuentra una enorme estrella gris. Hay playeras enmarcadas con la misma estrella.
Memo la presenta, ella viste una playera verde con un halcón.
—¿Te gusta el futbol? —pregunta Arturo, el dueño de la casa, a manera de saludo.
—Claro, soy de Pachuca, le voy a los Tuzos —responde Cari con seguridad.
—No, mi amor, te preguntan del americano —le dice Memo.
—Me encanta y los dos somos fanáticos del mismo equipo.
Saluda a los asistentes, parejas más o menos de la misma edad, todos vestidos con playeras de diferentes equipos, platican de juegos anteriores.
Cari se sienta y acepta una cerveza, está al lado de las demás mujeres mientras los hombres, de pie, gritan.
—Ustedes, ¿a qué equipo le van?
—Yo, igual que mi papá, a los Santos, pero no van a llegar.
¿Llegar a dónde?, se pregunta Cari.
—Y, ¿tú? —le dice a una mujer rubia con una playera turquesa con naranja y un delfín al centro, parece un anuncio de balneario.
—¿Qué no se nota? —dice la rubia señalando su playera.
—¡Claro! —responde Cari.
El juego sigue, se termina tres cervezas, se acerca al platón de alitas, prefiere no comerlas por miedo a mancharse las manos, mejor toma otra cerveza y sonríe. Muchos comerciales.
Memo se acerca y le da un beso en la frente.
—¿Cómo estás, mi amor?
—Súper, ellas saben mucho del futbol.
Comienza el juego, sin prestarle atención a su novia, Memo regresa atrás con sus amigos.
Cari abre otra cerveza, no entiende por qué el marcador sube de manera tan caprichosa, por qué tienen tantas oportunidades y por qué vuelan pañuelos amarillos. Intenta repasar lo que estudió en Wikipedia antes de llegar. Deporte de contacto, claro, por eso se golpean y todo tiene que ver con ese balón que no rebota, sino que vuela como un zepelín en el cielo. No es gol, se llama anotación. Los jugadores ganan millones de dólares al mes, entran a la liga después de estudiar una carrera universitaria (eso le queda claro por las películas que ha visto en donde la porrista se casa con el capitán del equipo, son perfectos, populares, viven felices, fin).
Durante su investigación entendió que hay una polémica por los golpes en la cabeza, vio una película en donde Will Smith es un doctor africano que llega a Estados Unidos y se da cuenta que los jugadores quedan locos por tantos golpes. Se durmió una parte, despertó al final cuando los que dudaban se dieron cuenta que era verdad, conclusión, sí quedan locos.
—¿Qué opinan de los golpes en la cabeza de los jugadores? —pregunta en el siguiente comercial Cari.
Las demás novias la contemplan con molestia, ¿no puede dejar de hablar?
—Pues los cuidan mucho, ¿verdad, baby? —pregunta la rubia dirigiéndose a Arturo.
—¿Qué?
—Que cuidan mucho a los jugadores, con los cascos y eso, ¿verdad?
—Ya no se juega como antes, hay muchos castigos y eso.
—¿Vieron que ya se mató otro wey? —pregunta otro.
—¿Hernández?, pero ese cabrón estaba loco y no por el juego, era un cholo violento, llegó por suerte a profesional… —ríe Arturo antes de dar un trago largo a su cerveza.
—¿No viste el reportaje?, que el cerebro parecía de un anciano de 90 años con daño severo —asesta el otro.
—Seguro porque le pegaban las maras en su barrio cuando era chico.
Los asistentes dicen salud, se abren más cervezas, Cari acepta otra, no ve las servilletas cerca, no sabe cómo podría comerse esas alitas que se enfrían, las demás comentan casi en cuchicheo.
—Los boxeadores también se quedan locos por los golpes, ¿no? —insiste Cari al siguiente comercial.
—Menos Pepe el Toro, porque es inocente —responde Arturo.
Cari siente que todas sus conversaciones se estrellan contra un muro, no encuentra de qué hablar, los minutos en la pantalla transcurren en una lentitud desesperante, ¿por qué no se mueve ese reloj? Leyó que eran cuatro cuartos de 15 minutos, hizo sus cálculos y eso daba una hora, ¿cómo es posible que ya hayan pasado dos horas, media y 10 cervezas y este juego no termina?
—Si se golpean en la cabeza y quedan inconscientes, ¿se pueden cagar? —Cari hace la pregunta que tenía desde que vio la película de Will Smith. Después de pronunciar su duda, Memo se acercó a ella.
—¡Qué preguntas, mi amor!
Cari con la onceava cerveza en mano.
—Pues sí, cuando atropellan gente muchos se cagan y otros pierden un zapato, ellos no porque traen tenis, pero si el golpe es fuerte y se desmayan pues… pasa, ¿no?
Arturo sigue viendo el juego, la pantalla de 50 pulgadas, los gritos, es importante, se decide quién irá al Super Bowl.
—Creo que no es posible —interrumpe finalmente Arturo.
Los amigos se vuelven hacia él.
—No es posible —continúa—, no se podrían cagar, porque traen el esfínter vacío, ¿cuántas horas creen que pasen sin comer antes del juego? Y si comen, debe ser muy ligero, no puedes cagarte si no traes nada, ¿me explico?
—Aunque, podrían orinarse —agrega Memo.
—Yo nunca he visto eso –dice otro de los amigos.
—A ver, nosotros, cuando jugábamos equipados y pasaba eso, nunca vimos que nadie se cagara, solo hablaban sin lógica. Nos preguntaban ¿qué día es hoy? Y si no sabías, te mandaban al doctor.
El juego termina, este año jugarán el Super Bowl las Águilas contra un equipo con el uniforme de los colores gringos, Cari no sabe de dónde es cada uno de los equipos, no entiende cómo es posible que la línea azul de la cancha vaya cambiando de lugar y por qué los árbitros hablan y se tardan tanto en decidir si castigan o no. Con 13 cervezas se siente feliz, entiende por fin que una conmoción solo puede desembocar en alguien cagado si trae el esfínter lleno. Al final, los jugadores seguirán enloqueciendo, pero siempre darán a los fanáticos un espectáculo limpio. Come dos alitas y se chupa los dedos.

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