Los hidalguenses medianamente informados tenemos en la memoria los sucesos políticos que se significan como los parteaguas en nuestra débil historia.

Por ejemplo, sabemos que el derrocamiento del doctor Otoniel Miranda fue cosa más de revanchismo del poder presidencial ejercido por Luis Echeverría contra Manuel Sánchez Vite, que una lucha democrática de la y para la sociedad hidalguense. Con campesinos y profesores de los estados circunvecinos concretaron un golpe contra el Ejecutivo, el Legislativo y una buena parte de alcaldes que se identificaban con don Manuel. Todo porque el profesor de Molango, Hidalgo, intentó románticamente darle el peso y valor que deben tener los ejecutivos estatales cuando llegan al poder por méritos y luchas.

Después, reinstalado el rojoluguismo y solo interrumpido por un sexenio con el arquitecto Guillermo Rossell, llegamos al fatídico sexenio del hasta hoy heredero del control político de los huichapenses, Jesús Murillo Karam, quien solo esperó al fallecimiento de su inventor y protector, y con sabia ingratitud evadió su compromiso de pagar a don Jorge Rojo Lugo haciendo gobernador a alguno de los cachorros.

El quinquenio de Jesús Murillo fue patético. Persiguió a luchadores sociales, transformó a las instituciones en entes aterrorizadoras de todo aquel que veía peligroso para sus fines caciquiles y también lucró con todos los medios y recursos del Estado, al extremo que amasó una fortuna que lo ubicó, desde 1999, como el sujeto más adinerado de una buena parte de Latinoamérica. Y algo también terrible, que sentó las bases podridas para que los gobernadores siguientes, dependieran de su entero capricho y continuaran con el saqueo desmedido.

El apetito mapachesco y ante la presión, esa sí, de una parte de la sociedad hidalguense, Murillo se vio obligado a abandonar el gobierno casi un año antes de terminar su sexenio. Algunos dicen que cayó para arriba, aunque todos sabemos que las contiendas electorales, las tenían ganadas los que contaban con la bendición de el dinero público, las leyes y los padrinos dentro del gobierno. Lo demás, era teatro o novela.

Les platico eso que es de casi todos sabido para contextualizar el como Jesús Murillo, en una de sus últimas gracias hechas en contra de los hidalguenses y como máxima expresión de su enfermedad de poder, nos encasqueta a Omar Fayad como gobernador de esta empobrecida entidad.

Sí, a ese Omar que tiene dos actas de nacimiento, lo cual lo hace indefinible hasta en su origen. Ese Omar que aprendió de su mentor e inventor todas las artes de la porquería política. Ese que de la mano de Murillo compró premios falsos para simular avance en alfabetización y salud, pero fundamentalmente para desviar dineros públicos. Ese Omar que siendo procurador se dio vuelo persiguiendo o cooptando a los opositores. El Omar que “ganó” la elección y quiso recuperar una parte la inversión de su campaña, demandando a su opositor a la gubernatura y que limpiamente le había ganado.

Tenerlo o padecerlo como gobernador es solo la prolongación del mandato de Jesús Murillo Karam. Fayad representa a lo peor de Murillo y más lo que le agrega de su cosecha, pues por eso estamos presenciando la inmoralidad de una campaña anticipada a la que le llama audiencia pública. Después que corrió a muchos injustamente y que se ha hecho menso con el combate al huachicol o que le vale la creciente inseguridad o que finge no ver, ni saber que los jóvenes indígenas hidalguenses todos han emigrado a las grandes ciudades.

Ese Fayad que cree que podrá hacer pendejo hasta al presidente Obrador al mandar a su secretario coahuilense a operar destrozos en oficinas federales. Creo que ya está rayando en los límites de la tolerancia y paciencia de una sociedad que merece otra cosa. ¡Si su jefe y amo Murillo cayó! ¿Por qué este no?

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