Llega julio y, junto con él, fechas que han quedado en los anales históricos tanto nacionales como internacionales; cabe mencionar que justo a partir del 15 de julio y hasta prácticamente el 21 de dicho mes se suceden uno tras otro efemérides que marcaron huella profunda en la colectividad.
El 15 de julio pero del año 1979 fallecía el expresidente Gustavo Díaz Ordaz a causa de un cáncer de colon, el cual para gran parte de los familiares de 1968, donde se dieron cita los sucesos de Tlatelolco, esta enfermedad ponía fin a la vida de un ser siniestro y carente de escrúpulos y que cual “justicia divina” mermaba en la salud de quien fuera en gran medida el artífice de la masacre artera y descomunal.
Quizá no lo pensó, tal vez no lo analizó a cabalidad, ni siquiera lo creyó posible, pero su recuerdo quedó grabado en el ideario colectivo y no exactamente por ser el mejor presidente de México, sino por la impunidad y la barbarie que caracterizaron su gobierno.
Justamente años atrás, para ser exactos en 1914, quien fuera presidente de México y que había llegado a ocupar el máximo cargo mediante estratagemas que carecían de valores, renunciaba a la presidencia de la República de la manera más cínica y desleal. Arengando en su discurso de despedida unas palabras que pasaron a ser reveladoras de cómo era su modus operandi de aquel apodado como Chacal. Las palabras eran: “Dejo la presidencia de la República llevándome la mayor de las riquezas humanas, pues declaro que he depositado en el banco que se llama conciencia universal, la honra de un puritano, al que yo, como caballero, le exhorto a que me quite esa mi propiedad. Dios los bendiga a ustedes y a mí también.” Aquel hombre fue Victoriano Huerta y las palabras de renuncia pareciera que las siguen a cabalidad los políticos de hoy en día.
Llega el 16 de julio y con este la fecha que hay que recordar es la de 1918 y no en el país, sino en Rusia, aquella nación distante y que fue gobernada durante 300 años por una sola familia, los Romanov. Sin embargo, el hambre y las carencias del pueblo ruso fueron terreno fértil para iniciar una revolución que se propagó justo hace 100 años en 1917 y que, como era de esperarse, terminaría con la vida de excentricidades de los llamados zares. La familia Romanov fue pasada por las armas en Ekaterimburgo, Rusia, y comenzaba una nueva era en la que se posicionaba otro régimen político, económico y cultural. La era soviética iniciaba.
En 1928, un 17 de julio caía acribillado aquel hombre que había vencido a Francisco Villa, aquel que no teniéndole miedo, lo había incluso enfrentado cara a cara y con una astucia propia de este personaje había ganado terreno frente al Centauro del Norte. Álvaro Obregón, aquel sonorense que llegó a la presidencia de la República y que fue el más honrado de los presidentes, ya que se decía que no podía robar de más puesto que solo tenía una mano para hacer de las suyas, caía abatido en el restaurante La Bombilla en San Ángel, Ciudad de México.
El 18 de julio de 1872 muere por causas naturales el conocido Benemérito de las Américas, Benito Juárez, que había logrado hacer frente a las tropas francesas y a las nacionales sabiendo imponerse y arrasando con cualquiera que no entendiera su máxima difundida: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.
El 19 de julio de 1824 en Padilla, Tamaulipas cae bajo las balas del pelotón de fusilamiento Agustín de Iturbide el primer gobernante del México independiente y que se convirtió en traidor a la patria solo por no estar de acuerdo con las juntas gubernativas de entonces y estas sin perder tiempo se opusieron al imperio declarando la República. Ningún país asesina a su libertador, sin embargo, México inicia de forma parricida y decadente.
El 20 de julio pero de 1923 en Parral, Chihuahua es asesinado Francisco Villa justo en la mañana de aquel lunes. Nadie esperaba la noticia tan artera y sin embargo era una realidad, el Centauro del Norte que había librado batallas contra ejércitos indomables e incluso extranjeros, caía abatido en una emboscada.
Por último, el 21 de julio pero de 1822 Agustín de Iturbide se coronaba emperador en la Catedral Metropolitana. El obispo le dio la bendición y le colocó la corona, justo cuando esta parecía resbalarse de las sienes del nuevo emperador, se dice que el obispo comentó: “Majestad, tenga cuidado de que no se le caiga” a lo que Iturbide contestó: “Yo cuidaré de que no se me caiga”. Sin embargo, la Corte de los Ilusos, como bien lo nombra la escritora Rosa Beltrán, no duró demasiado.

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Edad: Sin – cuenta.
Estatura: Uno sesenta y pico.
Sexo: A veces, intenso pero seguro.
Profesión: Historiador, divulgador, escritor e investigador que se encontró con la historia o la historia se encontró con él. Egresado de la facultad de filosofía y letras de la UNAM, estudió historia eslava en la Universidad de San Petersburgo, Rusia. Autor del cuento “Juárez sin bronce” ganador a nivel nacional en el bicentenario del natalicio del prócer. A pesar de no ser políglota como Carlos V sabe ruso, francés, inglés y español.