Pasaba los días en el eco de un silencio, asombrándose de las formas que adquirían las sombras en su pensamiento. Pensaba en las dudas que lo desolaban y le hacían partir a los mares procelosos de la locura.

¿Cuándo acabaría la desolación de las herrumbres de su alma?, se preguntaba. No hallaba más respuesta que el ligero murmullo una respiración que lo anclaba a la vida desde el aire oscuro de su cuarto en penumbras.

Quiso responder a las voces que se afanaban en poseerlo, pero no encontró la fuerza necesaria para impedirlo. Se instalaron en él y le dictaron algunos actos que no eran más que reminiscencias olvidadas de un pasado incierto olvidado ya hacía muchos años.

Tomó su mano derecha con su mano izquierda e hizo un signo de rito que lo retrotrajo a su juventud. Había sido militante de aquella religión del espíritu que lo había vaciado por completo y llenado por partes iguales de fe y razón, aunque ambas no fueran más que ilusiones efímeras de su propio espíritu. Eso lo descubriría después con gran dolor.

Recordó la oración que solía rezar cuando estaba en aquella pertenencia y la repitió monótonamente sin que ya significara algo para él: “Ser supremo de luz, alúmbranos todos los días…” Solo eran palabras sin sentido.

Nada de aquello había valido la pena y la consecuencia había sido la gran desolación que lo acompañó desde entonces, como una mentira dentro de otra mentira en un juego de reflejos infinitos.

Una ligera claridad de día se asomó por la rendija de la ventana de la habitación. Era una luz verdadera en la que no había asomo de duda. Respiró profundamente como para quitarse las musarañas del ensueño, pero lo único que consiguió fue que este se enraizara más en su corazón ya debilitado por tanta lucha.

Se dejó ir y los parásitos de los interrogantes volvieron a atormentarlo con la precisión de la incertidumbre. Llegó hasta ahí, luego la luz del amanecer se hizo más intensa.

No llegó a ver esa luz que ya quemaba a esa hora de la mañana. En su cara quedó un rictus extraño que podía ser cualquier cosa, aunque todos creyeron, quizá equivocadamente, que se trataba de felicidad.

Comentarios