La felicidad contemporánea se recrea de acuerdo con nuestros valores, educación y la historia de cada uno de nosotros. Sin embargo, poco a poco la hemos venido ajustado al modelo que ofrece el modo de vida capitalista, donde gran parte de la felicidad está asociada a la adquisición de cosas. Comprar y atesorar es la consigna generalmente aceptada por la sociedad para mostrar lo felices que somos.
Esa falsa plenitud que ofrece el modo de vida capitalista contemporáneo fue estudiada por el célebre Carlos Marx (1818-1883), quien utilizó el término “fetichismo de las mercancías” para mostrar cómo los seres humanos cedemos nuestra voluntad, nuestro trabajo y la vida misma con tal de adquirir cosas para ser aceptados por otros.
Todos los días nos asaltan al por mayor marcas, etiquetas, nombres y símbolos que seducen nuestros sentidos y que se instalan en nuestros cerebros para que en el siguiente encuentro estemos dispuestos a llevar a casa tantas marcas como sea posible. A mayor número de marcas corresponde mayor felicidad y, si son extranjeras, mucho mejor.
Las marcas o “fetiches” nos seducen pero también nos imponen cosas. En cualquier visita a los centros comerciales de renombre o de mercados sobre ruedas (tianguis) se desenvuelve un espectáculo maravilloso para el análisis del consumo cotidiano desde la teoría del valor marxista.
El valor de uso, que deriva de la utilidad de las cosas, ha quedado en segundo término, porque importa más el valor de cambio (el precio) y el estatus social que puedan darnos las marcas. En el mundo del fetiche no es lo mismo comprar ropa a los textileros de Hidalgo, que la misma prenda en un aparador de una tienda reconocida.

La domesticación del tiempo: Día de Muertos y Navidad en la misma fecha

Tampoco el tiempo y el espacio nos pertenece, lo cedimos hace mucho tiempo a las marcas para que cumplan su tarea de hacernos felices. Nuestro reloj tradicional (el greogoriano) jamás alcanzará la métrica con la que miden el tiempo las empresas.
En el ritual de la domesticación capitalista del tiempo, así como El Principito domesticó al lobo al acariciarle la cabeza todos los días, las marcas nos apapachan y nos reiteran lo bondadosos que somos, porque acudimos puntualmente a regalar cosas a nuestros seres queridos en las fechas que se nos ha decretado para festejarles.
La domesticación de nuestro tiempo en México comienza con el Día de Reyes, el Día del Amor y la Amistad, la primavera, el Día del Niño, de la Madre, del Padre, del Abuelo, de la Familia, el festejo a la patria, el Día de Muertos, la Navidad, Año Nuevo… y muchos etcéteras que las empresas nos han impuesto para ser felices con tan solo comprar gajos de felicidad en los aparadores.
Por ejemplo, en pleno comienzo de octubre convive el Día de Muertos, la Navidad y el Año Nuevo, pero somos felices por haberle ganado al tiempo muchos meses para adelantar otros tantos festejos. Así nos llegará la muerte, pero qué importa, si al final de la vida compramos felicidad por adelantado y este es un lujo que las generaciones pasadas no podían tener.
Sin embargo, no todo es tan bonito como parece porque nos acompañan otros miedos y otras angustias que se han convertido en las enfermedades de la modernidad, que antes no teníamos tiempo de atenderles, porque el pan se lo ganaban todos los integrantes de la familia y no había tiempo para deprimirse. Es más, todavía recordamos la sobremesa familiar, donde practicábamos la necia forma de comunicarnos: sin celular o televisión, pero con mucha palabra y corazón compartidos.
Las falsas ilusiones de la modernidad están ocasionando que nuestras generaciones de jóvenes y de niños no se contextualicen con su historia y con su tiempo, ocasionando severos problemas a las familias por su falta de respeto a los acuerdos sociales establecidos.
Frente a ello, nos queda a los padres de familia faltar un día (o muchos) a laborar para asistir al festival de nuestros hijos, llegar a la entrega de reconocimientos, presenciar su partido del deporte que practica, leerle, jugar…y compartir con ellos la mesa. En fin, para que las marcas que valoren más sean las que le dejaron los besos, los abrazos y los consejos regalados por sus padres. Para cuando leas Mario Baruch.

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