Son pocas, muy pocas las ocasiones en las que puede declararse que, sin importar quién se lleve la victoria, el aficionado es el verdadero ganador. Soñada, alucinada, esperada y bien vivida: así fue una de las finales más importantes en la historia del balompié y la más grande que el futbol argentino haya atestiguado jamás.

La historia del superclásico viene directamente del barrio, como nos recordaron el Pity Martínez y el Pipa Benedetto en un spot lanzado por la Asociación Argentina de Futbol. De entre los vecindarios rivales de Buenos Aires se formó, creció y se consolidó el choque de titanes que tuviese lugar por primera vez en 1908. Desde entonces, y hasta antes del partido de ayer, los números han favorecido a los Xeneizes: 88 triunfos para Boca, 81 para River y 78 empates.

Pero, ¿qué hace tan especial la pelea entre hermanos, hijos del barrio de la Boca? Precisamente eso: los dos conjuntos representan a Caín y Abel en una nación en la que el futbol es religión y el estadio es catedral. La pasión desbordada es el sello de la casa en la nación de la plata. Es la historia constante de un pasado que no se olvida, un presente que no se dimensiona y un futuro que se espera como el Sol de cada mañana.

Este no es un análisis de lo ocurrido en un solo partido, se trata, más bien, de la dimensión y homenaje a un espectáculo únicamente equiparable a una final de Supertazón o a su homólogo ligeramente superior: Real Madrid contra Barcelona.

Hay que decirlo, nos guste o no: el futbol mexicano le debe mucho de su presente a la cultura argentina. Desde las polémicas barras de apoyo, pasando por los cánticos y porras, hasta llegar a los rituales de celebración; el deporte estelar en tierras maradonianas se ha convertido en el acto ceremonial más parecido a las cosmovisiones antiguas que persiste en el mundo occidental.

No es coincidencia que el actual presidente de Argentina Mauricio Macri haya ocupado el mismo puesto, pero en el escritorio de Boca Juniors. En un mundo sobreexpuesto a cuestiones mediáticas, el pueblo argentino prevalece como la cultura hiperfutbolitizada por excelencia, donde el rodar del balón es la alegoría perfecta del diario vivir.

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