Finiquita América partido sin despeinarse

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Ciudad de México.-

Transcurridos cinco minutos, en el estadio Azteca resonaba el “tienen miedo, los Pumas tienen miedo”.

Muy rápido, Mateus Uribe liquidó a un rival agonizante. De la hazaña prometida a una realidad aplastante, al 2-1 (6-2 global) con el que América le hizo su epitafio, previo a instalarse en semifinales.

La muerte fue rápida, sin dolor. Los Pumas llegaron al Azteca pensando en ganar por cuatro goles y al minuto tres ya requerían cinco. Al 19, ya jugaban con uno menos por la expulsión a Marcelo Díaz, luego que en una misma jugada fueron amonestados tres auriazules. Al 69, Nicolás Castillo lo acompañó en vestidores.

Los auriazules fueron agresivos con la palabra y las piernas, mas no con la pelota.
Sus hinchas cantaron “es gallina, el árbitro es gallina”, señalando al árbitro Marco Antonio Ortiz de un favoritismo al América y no a sus enardecidos jugadores, que gastaron en energía en contener a Alejandro Arribas, aquel que el miércoles le pintó dedo a un fan.

Aun en la tragedia, los seguidores auriazules se aferran a su “¡cómo no te voy a querer!”, pero fue una serie tan brutal que sorprendieron por sus largos silencios, muy ad hoc a la muerte de su equipo.

El América vio cómo los Pumas se mataron solos. Díaz comprobó la calidad de Agustín Marchesín antes de irse a las regaderas, acompañado del auxiliar técnico Raúl Alpizar.
Los azulcremas fallaron a la promesa de no relajarse cuando permitieron el gol de Jesús Gallardo, al 43, con complicidad de Edson Álvarez, Paul Aguilar y Marchesín. También cuando Pablo Barrera casi les anota pese al par de expulsados. Quizá Miguel Herrera derramó bilis del coraje.

La roja a Nico Castillo, quien podría salir del equipo, fue el preámbulo al gol con el que Andrés Ibargüen sepultó a los Pumas.

El América avanzaba tranquilo a semifinales, dosificando a jugadores y alimentando la esperanza de coronarse, como ocurre cada que echa a los del Pedregal.
Ya era demasiado sufrimiento para la visita, así que el árbitro Ortiz fue piadoso. No expulsó a Arribas cuando el español impidió la jugada manifiesta de gol de Ibargüen; regañó a Diego Laínez por provocar a Alfredo Saldívar, pero no a este último por el empujón al juvenil, además de que pitó el final justo al 90 para evitar más calenturas. Habrá pensado que agregar más tiempo era rudeza innecesaria.

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